Sierra de Lúcar

Sierra de Lúcar Naturaleza

Entre los pinares de Mal Pasillo, la sierra conserva formas extrañas, modeladas con lentitud por el tiempo, el viento y ...
24/05/2026

Entre los pinares de Mal Pasillo, la sierra conserva formas extrañas, modeladas con lentitud por el tiempo, el viento y la tenacidad de la vida. Son deformaciones vegetales que el habla antigua llamó “escobas de bruja”: masas densas de brotes nacidas de un mismo punto, como si el árbol hubiera perdido su medida y se hubiera vuelto nido, escoba o señal. La ciencia las explica hoy como alteraciones del crecimiento, asociadas a fitoplasmas y otros agentes que desordenan la arquitectura secreta del pino.

Juan Ruiz

20/05/2026

Hay lugares que no se explican… se sienten. Y hay libros que no se leen… se escuchan. La Memoria de las Raíces es mucho más que un libro: es la voz de la Sierra de Lúcar contada desde dentro, desde la memoria, desde la tierra. Un viaje donde la historia se mezcla con la emoción, donde los ca...

14/05/2026
16/04/2026

El Hondonero y su leyenda

Entre los parajes que guardan la memoria de Lúcar, pocos despiertan una mezcla tan intensa de admiración y misterio como el Hondonero. No es solo un lugar; es una forma de silencio, una hondura donde la tierra parece haber decidido conservar, intacta, una parte de su pasado.

Allí, en medio de un paisaje que alterna lo áspero con lo fértil, se levanta un gran cortijo, sobrio y resistente, testigo del paso de generaciones que habitaron estas laderas. Sus muros no solo guardan vida, sino también tiempo: jornadas de trabajo, inviernos largos, veranos de sol duro, y ese modo antiguo de estar en la sierra sin necesidad de nombrarla.

A sus pies se abre el barranco del Hondonero, profundo y majestuoso, como una herida antigua que la tierra no ha querido cerrar. Sus paredes, abruptas y verticales, se elevan como si quisieran proteger lo que en su interior se esconde. Cada grieta, cada recodo, cada sombra proyectada al caer la tarde sugiere la presencia de algo más: no solo piedra, no solo tierra, sino memoria.

A mediados del siglo XIX, la fiebre minera dejó aquí su huella. Un hombre —quizá movido por la necesidad, quizá por la ambición— o simplemente por estar en el lugar adecuado, perforó la tierra con un pozo profundo —el de los Pájaros— y abrió una galería que aún hoy permanece como una cicatriz visible. Aquella empresa no transformó el paisaje, pero sí dejó en él una señal: una tentativa humana de arrancar a la Sierra de Lúcar parte de su secreto.

Pudo ser aquel hombre don Antonio Ayala y Ricalde, alto funcionario de la Corona, de trato cortesano y vastas influencias, cuya vida transcurría entre los despachos de Madrid y los salones granadinos donde se codeaba con la aristocracia local. Corría entonces el rumor —más que la certeza— de que gozaba de la amistad personal de la reina Isabel II, y esa cercanía al trono le abría puertas que para otros permanecían cerradas.

Pero en él había algo que desbordaba el perfil del funcionario al uso. No era, en esencia, un hombre de mina, sino de monte. Formado en la primera promoción de la recién creada ingeniería forestal, su mirada no se dirigía únicamente al interior oscuro de la tierra, sino al equilibrio silencioso de lo que crece sobre ella. Y, sin embargo, fue él —o alguien muy próximo a su tiempo y a su círculo— quien dejó abierta esa herida en la sierra.

Amigo del marqués de Valdemediano —también alto cargo de la Corona—, acabó comprándole media sierra, una vez abolida la ley de señoríos y mayorazgos, rompiendo así el antiguo dominio de los linajes que durante siglos habían ejercido su autoridad sobre estos parajes, entre ellos el Hondonero. Con ese gesto, discreto pero decisivo, se convirtió en el primer propietario ajeno a aquella vieja estirpe.

La operación no pasó desapercibida: quedó registrada en la Gaceta de Madrid, el equivalente al actual boletín oficial del Estado. No fue solo un trámite administrativo, sino el reflejo de un cambio más profundo. Porque mientras la galería minera abría una herida en la roca, aquella compra abría otra —más silenciosa y más definitiva— en la historia de la sierra.

No fue la mina la que cambió la sierra. Fue la propiedad.

Sin embargo, lo que verdaderamente envuelve al Hondonero en un halo de leyenda pertenece a un tiempo más antiguo, más incierto, más cargado de emoción que de historia escrita. Se remonta a los días de la expulsión de los moriscos, cuando muchas familias se vieron obligadas a abandonar de forma abrupta aquello que había sido su mundo.

Se dice que, antes de marcharse, y convencidos de que el destierro sería breve, ocultaron en los lugares más inaccesibles del barranco sus bienes más preciados: monedas, objetos, recuerdos, fragmentos de vida. No los escondieron para perderlos, sino para protegerlos. El Hondonero se convirtió entonces en depósito de una esperanza: la de volver.

El tiempo, sin embargo, no siempre cumple las promesas que los hombres depositan en él.

Y aun así, la historia no se perdió.

Siglos después, ya en el XIX, algunos lucareños que emigraron a los viñedos de Orán en la Argelia francesa, regresaron con palabras que no eran solo suyas, sino heredadas. Traían consigo relatos de los descendientes de los antiguos moriscos, que hablaban del barranco del Hondon, de riquezas ocultas, de caminos que conducían a lo invisible. No eran historias precisas ni comprobables, pero tampoco eran invención: eran memoria transformada, transmitida de generación en generación, como se transmiten las cosas que importan.

El Hondonero no es solo su barranco. Es todo lo que lo rodea.

Hacia sus alturas se extiende el Collado del Toro, que fue durante siglos cruce de caminos de herradura, de una belleza inusual, lugar de paso y de encuentro. Más al este, el Tornajo de la Solana ofrece todavía hoy el rastro de una utilidad antigua: un abrevadero en un lugar inhóspito próximo a la famosa cueva Las Yeguas que sostuvo la vida de ganados y caminantes, hoy convertida en una preciosa fuente que hace las delicias de la fauna de la la zona. Y cerca de allí, el Cortijo de la Solana guarda la memoria de los años difíciles, cuando el hambre era una realidad compartida y la supervivencia dependía de lo que la tierra y los animales pudieran ofrecer. El apeo de Lúcar del siglo XVI, ya hace mención a Los Solanos, todo ese terreno a los pies de las actuales Coberteras, como el nacimiento de la importante rambla de Cela.

Aquellos ganados pastaban en la amplitud de una sierra que entonces se entendía sin divisiones estrictas: el pinar del Zurdo, el de los Pollos, el Collado del Toro y toda la extensión de Piedra Lobera formaban un territorio continuo, vivido y compartido.

Todo ello configura un paisaje que no puede entenderse solo desde lo visible.

Porque el Hondonero no es únicamente un lugar geográfico: es un espacio donde el tiempo se acumula, donde las historias no desaparecen, sino que se sedimentan. Allí, el viento no solo mueve las hojas, también remueve recuerdos. Y el silencio no es ausencia, sino presencia contenida.

Y quizá por eso, si hoy —en este año de 2026— quedara aún algún tesoro escondido en sus entrañas, puede afirmarse con bastante tranquilidad que estaría más seguro que nunca. No por cerraduras, ni por guardianes, ni por mapas perdidos, sino por algo mucho más eficaz: la propia sierra.

Porque donde antes había sendas, hoy hay espesura. Donde hubo paso, ahora hay resistencia. Zarzas que no negocian, pinos jóvenes que se cierran como un ejército paciente, y una maraña vegetal que ha hecho del barranco Hondonero un lugar donde entrar ya no es aventura… sería toda una utopía.

Así que, si alguien aún sueña con encontrar aquellos tesoros, quizá deba tener en cuenta un pequeño detalle que los antiguos no pudieron prever: que la sierra no solo guarda los secretos…
también se encarga de que nadie venga a reclamarlos.

Juan Ruiz. Abril — 2026

17/03/2026

EL LLANO FÉLIX

De la Dehesa del Saúco al Llano Félix: memoria histórica de una frontera viva en la vertiente atlántica de nuestro término.

En el confín septentrional de Lúcar, allí donde la verticalidad de la sierra se rinde ante la caricia de la llanura, se despliega el Llano Félix — la gran dehesa del Saúco: así la define el apeo de 1573. Es un espacio donde la geografía deja de ser mapa para convertirse en memoria. Bajo la vertiente atlántica, este páramo no es solo tierra; es un umbral vivo, una frontera que late entre Granada y Almería, uniendo lo que la política un día pretendió separar.

Las Tres Edades del Paisaje
La historia del Llano es la crónica de una metamorfosis. Hubo un tiempo en que fue una dehesa indómita, un océano de sombras frescas donde el quejigo, la encina y el alcornoque ofrecían su tributo de bellota y madera, infinidad de ganados, galeones, iglesias y conventos se sirvieron de ella. Aquel mundo salvaje cedió su sitio al pan de los hombres, convirtiéndose en el granero dorado de Lúcar, donde el cereal ondulaba bajo el sol.
Hoy, el paisaje ha mudado su piel una vez más: cientos de hectáreas de almendrales que, al despertar la primavera, visten el llano con un sudario de nieve y rosa. Es un ciclo eterno; quizá, en el susurro de los siglos venideros, el bosque reclame lo suyo y el territorio vuelva a vestirse con el manto noble de su dehesa original.

Los Centinelas de la Sierra: El Vuelo de los Pinos
A oriente y poniente, el Llano Félix permanece custodiado por dos linajes de supervivientes: el pinar de los Pollos, de tronco recio y carácter carrasco, y los Pinos Blancos, cuya variedad laricio se alza con una elegancia señorial hacia el azul.
Estos bosques son islas de resistencia. Ni la ambición imperial de Felipe II, que buscaba en cada monte la quilla de sus naves o la viga de sus monasterios, logró doblegarlos. Mientras la Sierra de Lúcar se desangraba bajo el hacha real para alimentar la voracidad de la Armada y la piedra de El Escorial, estos pinos permanecieron intactos. Son los guardianes del silencio, testigos mudos que sobrevivieron al fuego y al acero para recordarnos lo que un día fue un bosque sin fin.

Porque cuando hoy pronunciamos Llano Félix, pronunciamos una pregunta histórica.

¿Quién fue aquel Félix?

La tradición oral vuelve a ofrecernos una pista.
Según recordaba don Rafael Berruezo, conocido por los lucareños como Rafael Roscos, en los primeros años del siglo XX tanto el Cortijo del Llano como el Cortijo del Molino —hoy dentro del término de Cúllar— pertenecían al señor Félix.

Ese dato permite imaginar una misma unidad territorial bajo un mismo propietario.

Y explica que el nombre personal terminara imponiéndose sobre todo el paraje.

A veces el paisaje conserva mejor que los documentos la memoria de quienes pasaron por él.
Y junto a ese nombre aparecen otros muchos:
Casalavá, Carpintera, El Gigante, Las Chabarras, El Panzón…
Cada uno de ellos habla del siglo XIX y comienzos del XX.
Habla de herencias.
De ventas.
De divisiones.
De nuevas explotaciones agrícolas sobre antiguos espacios de monte y dehesa.
Por eso el llano no es solo una extensión abierta.
Es una página escrita lentamente por generaciones sucesivas.
Una página donde conviven antiguos señoríos, ingeniería forestal, propiedad moderna, memoria oral y nombres familiares convertidos en geografía.

Y quizá esa sea la gran lección de la sierra:
que aunque cambien los dueños, aunque cambien las leyes, aunque cambien los siglos, el territorio nunca olvida del todo.
El llano sigue allí.
Silencioso.
Pero en realidad sigue hablando.
Y habla, sobre todo, de una tierra que ha cambiado de manos muchas veces sin dejar nunca de pertenecer a su memoria profunda.

La Herida de 1833: La Escisión del Saúco

La burocracia de Javier de Burgos impuso en 1833 una frontera de papel sobre una tierra que siempre fue una sola. El antiguo Cortijo del Saúco quedó exiliado en Granada, mientras que el cerro gemelo permaneció en Almería, rebautizado como Cerro del Sabuco. Esa leve variación fonética —de la suavidad del "saúco" a la aspereza del "sabuco"— es la cicatriz lingüística que marca la división de un territorio cuya alma, sin embargo, se niega a partirse en dos.

Epílogo: El Sueño del Bosque

El Llano Félix sigue ahí, escribiendo su historia entre los surcos del arado y el polen de las flores. Es bosque recordado, es pan cultivado, es flor pasajera. Cada estación deja sobre su llanura una escritura distinta: el verde breve de la primavera, el dorado extenso del verano, la desnudez serena del invierno y el temblor de la escarcha cuando el amanecer todavía guarda silencio.

Los viejos pinos, eternos centinelas del borde serrano, continúan susurrando al viento el nombre de la antigua dehesa, mientras el cerro y el cortijo se contemplan con una nostalgia callada a través de la frontera. Allí donde la mirada se abre hacia el norte, el paisaje parece conservar todavía la respiración lenta de otro tiempo, como si bajo la tierra cultivada permaneciera intacta una memoria vegetal más antigua que los propios lindes.

No es casual que aquel lugar conservara durante siglos el nombre de Saúco, voz que en la tradición popular también aparece como Sabuco, dos formas para nombrar un mismo árbol: Sambucus nigra. Árbol humilde y discreto, cercano al agua, a los márgenes frescos y a las pequeñas umbrías, cuya presencia debió de dejar alguna vez suficiente huella como para fijarse en la toponimia y sobrevivir al paso de los siglos.

Bajo el manto efímero de los almendros en flor persiste una promesa silenciosa: que un día el gran bosque vuelva, no como conquista, sino como memoria recuperada. Que regresen, poco a poco, las sombras largas, el rumor de las copas y la continuidad vegetal que un día cubrió aquella llanura abierta entre dos provincias.

Porque el Llano no ha dejado de esperar. Incluso cuando el arado sustituyó al monte, incluso cuando el paisaje se hizo agrícola y la frontera administrativa pareció imponer otra lectura del territorio, algo profundo siguió latiendo bajo la superficie: la antigua vocación forestal de la tierra.

Y quizá por eso, cuando sopla el viento de la sierra y atraviesa los pinos, todavía parece escucharse una voz antigua, casi imperceptible, que recuerda que ninguna dehesa desaparece del todo mientras alguien conserve su nombre y comprenda su memoria.

Juan Ruiz. Marzo 2026

22/02/2026

Donde el Cielo se Estrecha: Un Paseo por la Garganta del Barranco Mora

Hoy quiero compartir con vosotros un nuevo recorrido por la Sierra de Lúcar, pero tomando una ruta distinta a las anteriores. Mi destino vuelve a ser ese gigante silencioso que domina el horizonte, ese faro geológico que vigila desde las alturas todo el Valle del Almanzora: el imponente Morrón de Escuntar.

En esta travesía rescataré nombres antiguos, recogidos en el Apeo de Lúcar de 1573, voces que el tiempo fue desdibujando y que otros nombres ocuparon después, cuando la memoria oral comenzó a apagarse entre generaciones.

Parto caminando desde el mismo corazón de Lúcar. El equipaje es ligero: mochila, agua, un puñado de frutos secos y, sobre todo, el bastón de caminante, fiel compañero indispensable para adentrarme, como es habitual en mí, por parajes hoy inhóspitos, campo a través.

Mi camino comienza junto a la fuente del Marchalillo, para ascender hacia el cortijo de la Pertenencia, buscando la antigua cuesta de la Mora, en el paraje conocido como Las Morenillas. Desde allí, me adentro en las entrañas del barranco Mora.

Para quien no conozca esta geografía, se trata de la amplia franja que se despliega ante la vista cuando se viaja por la carretera hacia Lúcar: una muralla natural que se extiende desde el Cerro San Marcos hasta la cumbre del Morrón de Escuntar. Hoy, casi en su totalidad, vestida de un denso pinar: Las Morenillas.

Este sendero me conduce hasta el famoso barranco Mora, breve en su recorrido, pero profundamente evocador, tanto por la historia que lo envuelve como por su singularidad geológica.

Ya he nombrado: cuesta de la Mora, paraje de Las Morenillas, barranco Mora. ¿De dónde procede este topónimo persistente? ¿De "moro/a", término con el que desde la Edad Media se designó en la península a los habitantes musulmanes? ¿O acaso del dulce fruto del moral, la mora?

El nombre Morenillas descarta lingüísticamente cualquier relación con el árbol o su fruto. La palabra "moro" procede del latín Maurus, que en la Edad Media perdió su sentido puramente geográfico —originario de la Mauritania romana— para designar a la población islámica de Al-Ándalus. Todo este paraje guarda, pues, una íntima vinculación con el pasado andalusí, como tantos otros rincones de Lúcar, aunque aquí el eco parece más tenue, más velado.

Adentrarse por este barranco en esta época no es tarea fácil, pero cuando el ánimo busca algo, no hay obstáculo que lo detenga.

Y lo que busco hoy es rescatar un nombre antiguo, casi olvidado: Piedra Bermeja. Para alcanzarla, sigo un pliegue lineal descendente que termina por precipitarse en el barranco, formando una maravillosa y estrecha garganta. La Piedra Bermeja se alza justo sobre la Risca Colorá —cuyo nombre ya delata su tono—, y da nombre a toda la cuerda que se extiende desde la Risca del Pocico hasta el Morrón de Escuntar, pasando por Los Callejones, las majás de los Gallardos y el propio Morrón.

Hoy, a la Piedra Bermeja algunos la llaman también Risca del Enjambre.

Atravesar esa pequeña garganta, donde los pinos se elevan hasta casi ocultar el cielo, es uno de esos momentos mágicos que justifican con creces todas las dificultades del camino. El aire huele a resina y a tierra húmeda, y el silencio solo se quiebra con el crujir de las ramas bajo los pies.

Ascendiendo por el barranco, llego finalmente a Los Callejones, donde se alza el famoso vértice geodésico, atalaya de piedra con vistas que quitan el aliento.

Los Callejones son dos cicatrices tectónicas, dos heridas abiertas en la montaña que, por fortuna, acumularon tierra fértil y se vistieron de pino carrasco durante las repoblaciones del siglo pasado. El tiempo ha cumplido su tarea, transformando el lugar en una suerte de paraíso secreto. Lástima que hoy solo lo frecuenten las cabras montesas. Ojalá algún día un sendero lo atraviese y este trabajo de décadas —de siglos— pueda ser contemplado y disfrutado por más personas.

Cerca de estas grietas verdes se encuentra uno de los cocones más conocidos de la sierra: el cocón de Cuerda Bermeja.

¿Qué es un cocón? Es una oquedad natural en la roca, de tamaño y profundidad variables, que recoge y almacena el agua de la lluvia. Su capacidad para retener el líquido es tal que, incluso en los meses más áridos, conserva un pequeño tesoro hídrico. Esto los convierte en refugios vitales para la fauna, que acude a beber, y también en hitos de supervivencia para el ser humano, que durante siglos dependió de ellos en la sierra.

“Cocón” es un término muy nuestro, un localismo lucareño que no hallarás en el diccionario de la Real Academia con este significado. En otras tierras se les llama pilancones, pilancras, cazoletas o piletas. Su eco trasciende generaciones, pues en su día fue el único punto de agua en kilómetros a la redonda, rodeado de esparto y tomillo, testigo de un paisaje y una forma de vida ya desaparecidos.

Y ya, en plena cuerda, con el terreno allanándose, alcanzo las proximidades del Morrón. Me tomo mi tiempo, porque contemplar casi toda la Sierra de Lúcar y el Valle del Almanzora desde esta atalaya es un deleite reservado a muy pocos.

Trepar hasta la cima del Morrón cada vez me cuesta más, pero la energía que me infunde, la sensación de plenitud al coronarlo, es un reto al que no puedo renunciar. Todos los años subo, al menos, tres veces.

El regreso lo emprendo por el Paso del Mal Pasillo, otro desafío más entre los muchos que tallan el carácter de esta sierra. Desde allí, bajando por el cortijo del Pocico, tomo el trayecto más directo hacia Lúcar. Llego al pueblo con la mochila cargada de silencio, de esencia de montaña y de cielo; al fin, con la sierra entera latiéndome en la espalda.

Juan Ruiz. Febrero 2026

22/12/2025

🌳 El Lamento del Bosque: Soy la Sierra Olvidada

Yo, que he vivido siglos mirando de reojo al mundo. Me convertí en la gran desconocida, la tierra a la que nadie llegaba. Las rutas de los hombres, las grandes arterias del comercio, siempre me rodearon, pero jamás se atrevieron a herirme. Mi propia piel, tan majestuosa y abrupta, fue mi muralla, manteniéndome al margen de su historia y sus prisas.

Durante milenios, solo conocí mis propios caminos: las ramblas y los senderos que mis cortijos me pedían prestados a mis laderas para unirse.
Y así seguí, hasta que el hierro y el ruido me alcanzaron. Fue bien entrada la década de los setenta del siglo pasado cuando el Estado, con sus planes de reforestación, trazó las primeras cicatrices en mi carne: las pistas forestales. Aquel cambio me hizo más accesible, sí, pero fue el preludio de un dolor más profundo.

Mi largo aislamiento, como un protectorado sagrado, me trajo una dualidad de consecuencias. Por un lado, mi espíritu se mantuvo intacto; mis paisajes vírgenes, mis especies endémicas y mi misterio, se conservaron. Por otro, ese silencio retrasó dramáticamente que la gente entendiera mi incalculable valor, la riqueza que yo, la madre tierra, ocultaba en mis entrañas.
Fui mi propia guardiana. Mi compacidad, mi inmensidad y mi lejanía a sus vías importantes me preservaron hasta el siglo XVI. ¡Imaginen! Me salvé de las garras del periodo romano, considerado el más destructivo, para caer más tarde.

La traición llegó con un rey. A partir de 1580, Felipe II centró su interés en la calidad de mis robles y encinas. ¡Mi madera! Fui cortada para armar sus galeones y adornar sus iglesias. ¿De qué sirvió mi aislamiento entonces?
Peor aún, ese escudo no me libró de las roturaciones y deforestaciones que vinieron con el supuesto progreso agrícola en los siglos siguientes. Me hirieron, me despojaron y después... me dejaron.

El Eco Persistente del Abandono

Y hoy, ¿qué soy? Una paradoja. Estoy comunicada por mis caminos forestales, y hasta sueñan con una carretera que una Lúcar con Cúllar. Pero mi alma sigue olvidada.

Soy el Monumento Natural más extenso de Andalucía, con más de 200 hectáreas, y carezco del reconocimiento que merezco. Soy el guardián de un Yacimiento Prehistórico con pinturas rupestres, un Bien de Interés Cultural, y ni siquiera me dan una simple senda de acceso.

¡Negligencia! No me estudian, no me valoran.

Sigo siendo un secreto a voces, un mapa sin leyenda.
Exijo que me vean. Soy la "Olvidada" y debo abandonar por fin ese estigma. Soy la Sierra, y es mi imperativo recuperar mi reconocimiento perdido, tanto por la fortaleza de mis bosques como por la voz callada de mi patrimonio.

Salud y feliz navidad.

La Sierra.

13/12/2025

Dehesas Olvidadas: El Bosque Que Fue Lúcar y el Precio del Imperio
Ya no se habla de ellos, pero estos lugares son tan lucareños como la plaza o la iglesia. Los cortijos de Zapata, el Canuto o la Rula no surgieron de la nada. Sus cimientos se asentaron en lo que fue el corazón de la gran dehesa de los Sachez, famosa en el siglo XVI por la calidad de sus maderas y su excelente bellota. En aquel entonces, cuando aún no existían estos cortijos, el paisaje era otro: un ecosistema seminatural, crucial para la subsistencia local, donde la fauna y la ganadería prosperaban bajo la sombra del arbolado.

La Impronta de la Corona de Felipe II

Todo cambió cuando la mirada de la Corona de Felipe II se posó sobre estos lugares. El Siglo de Oro exigía recursos colosales para sostener un vasto imperio. La imperiosa necesidad de madera —el material estratégico por excelencia— para construir la Armada, erigir conventos suntuosos y levantar iglesias y palacios, exigía un tributo.
Y ese tributo, entre otros muchos, lo pagaron los bosques de Lúcar. Aquí, en estos mismos parajes, se inició la gran tala que diezmó las encinas y alcornoques centenarios. El valor de estas maderas era incalculable: la encina ofrecía una madera dura y resistente, ideal para las estructuras navales y vigas de soporte, mientras que el corcho del alcornoque también tenía múltiples usos.
La dehesa de los Sachez desapareció. Este ecocidio histórico no solo eliminó árboles, sino que alteró permanentemente el ciclo hídrico y la fertilidad del suelo. El paisaje se transformó radicalmente, pasando primero a ser dorados trigales (un cultivo intensivo que erosionó aún más el suelo) y, finalmente, en el almendral que vemos hoy, reflejando el cambio de una economía forestal a una agraria de secano.

La Verdadera Escala de lo Perdido

Sin embargo, es crucial entender la verdadera escala de lo perdido. Los terrenos de Lúcar tradicionalmente abarcan lo que hay al oeste de la rambla de los Cinchados o Chaparral. Pero esa división es engañosa. Toda la vasta extensión llana que separa la sierra de Lúcar y Las Estancias –miles de hectáreas que hoy llamamos Campos de Oria– estaba en otro tiempo repoblada por un denso manto forestal de encinas, robles y alcornoques.
Frente a esa inmensidad, las reconocidas dehesas de Lúcar —Sachez y Saúco—no eran más que un grano de arena en un océano de bosque. La tala de Lúcar fue parte de un patrón nacional de deforestación masiva para financiar el poderío militar y eclesiástico de la monarquía, un proceso que dejó profundas cicatrices en la ecología de la península.

Así, la historia de estos cortijos olvidados es en realidad la historia de un cambio ecológico y económico monumental, impulsado desde lejos, cuyo eco resuena aún en la tierra labrada y en el silencio de las sierras. La vida de los habitantes de Lúcar se redefinió por el comercio de la madera y, posteriormente, por la lucha por la subsistencia en las tierras de cultivo que quedaron.

Juan Ruiz

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