19/05/2026
¿ES APEGO O SON RECUERDOS?
Lino Patricio Aguilar
Hay conductas humanas que atravesamos sin detenernos a mirarlas, como si fueran parte del aire que respiramos. Una de ellas es el apego: ese vínculo afectivo recóndito y perdurable que nace entre individuos, y que nos ata, casi sin darnos cuenta, a personas, animales, lugares y objetos. Es una necesidad de cercanía física y emocional que se instala en lo profundo y gobierna, en silencio, buena parte de nuestra vida afectiva.
El apego y los recuerdos están indisolublemente ligados. Los estilos de apego que formamos en la infancia —seguro, ansioso, evitativo, desorganizado— moldean no solo cómo nos vinculamos en el presente, sino también cómo almacenamos y resignificamos la memoria emocional. Un recuerdo intenso, cargado de afecto, puede convertirse en refugio o en cadena. Genera lo que algunos llaman “hambre emocional”: esa nostalgia que confunde el anhelo con la dependencia, y que complica el desapego, la aceptación y la idea de que la vida sigue su curso.
Hago este preámbulo porque ahí nace el arraigo que muchos sentimos por nuestro pueblo. Son vivencias que se grabaron en la infancia y que, querámoslo o no, acompañan nuestro día a día hasta el final. La memoria no guarda solo hechos; guarda olores, sonidos, climas, voces. Guarda el eco de las tardes en las equinas, el ruido del viejo molino, los rostros familiares de los amigos. Y eso no se borra con el tiempo ni con el cambio.
Quizá esa sea la razón por la que, por más que todo haya cambiado, Portovelo no se borra de nosotros.
Hoy Portovelo vive partido entre el viejo y el nuevo. El nuevo avanza con sus negocios, su ritmo de ciudad pequeña. Pero mi apego está en el viejo Portovelo, en el campamento de la SADco. Ahí están los símbolos que sostienen la memoria colectiva: sus casas de madera, los árboles de mango, sus instituciones y su vieja gente que ahora ya son muy pocos.
Y aquí entra la diferencia entre recuerdo y apego:
El recuerdo es selectivo y amable. Recuerda lo bueno, suaviza lo difícil, y nos permite volver al pasado sin el riesgo de quedarnos atrapados. El apego, en cambio, es posesivo. Quiere que el lugar siga siendo como lo dejamos, que el tiempo se detenga, que las personas no cambien. Por eso duele tanto ver un Portovelo transformado: no es que el presente sea peor, es que choca con la imagen idealizada que guardamos de lo ya vivido.
El peligro del apego excesivo es convertirnos en habitantes del pasado, negándonos a construir en el presente. Pero también tiene su valor: el apego nos da identidad, nos da raíces. Sin él, seríamos nómadas afectivos, sin un lugar al cual volver en la memoria cuando el mundo aprieta.
Por eso creo que no se trata de elegir entre recordar o desapegarse. Se trata de recordar sin depender, de honrar el viejo Portovelo sin negarle al nuevo el derecho a existir. Algunas casas de madera siguen ahí para contarnos quiénes fuimos. Lo que hagamos con esa historia, para construir quiénes seremos, es nuestra responsabilidad.
Portovelo no vive solo en las calles. Vive en nosotros, en la forma en que contamos su historia y en lo que hacemos para que esa historia no muera.
(Tomado de la Página “Las Memorias de Portovelo”