25/11/2025
| El país que se sostiene sobre los cuerpos de las mujeres
Hay países que se explican desde su economía.
Otros desde sus disputas políticas.
Ecuador, en cambio, solo puede explicarse desde sus cuerpos.
Y particularmente, desde los cuerpos de las mujeres.
Porque en este país el cuerpo femenino se volvió frontera: frontera entre Estado y abandono, entre crimen y poder, entre obediencia y castigo, entre quién vive y quién muere.
Entre enero y noviembre de este año, 349 mujeres y niñas fueron asesinadas.
Una mujer o niña cada 22 horas.
Cuarenta eran niñas.
Catorce estaban embarazadas.
Ciento nueve eran madres.
Ciento treinta y siete niños quedaron huérfanos.
No es violencia aislada.
Es la evidencia de un país que colapsa desde adentro.
La violencia contra las mujeres se produce, se permite, se sostiene.
Crece donde el Estado se retira, donde las instituciones agonizan, donde el poder elige no proteger y a veces, incluso, elige castigar.
Por eso no sorprende que el mismo gobierno que eliminó el Ministerio de la Mujer en el año más violento de nuestra historia, sea también el que ha construido un patrón claro de hostilidad hacia mujeres que no se someten.
Los nombres importan, porque revelan el método:
Verónica Abad, marginada, enviada al exterior como castigo político y convertida en advertencia para toda mujer que se rehúse a ser decorativa.
Gabriela Goldbaum, víctima de violencia vicaria, tratada como nota de farándula para no asumir lo que realmente significan estas denuncias.
Alondra Santiago, expulsada por pensar y decir lo que el poder no tolera.
María Sol Borja, censurada mediante el cierre de su programa, un mensaje para toda periodista que se atreva a ser independiente.
Andrea Arrobo, expuesta y ridiculizada para disciplinar a toda mujer que ose tener criterio propio.
Y las madres de los niños asesinados en Las Malvinas, abandonadas incluso en el duelo, obligadas a enfrentar la muerte de sus hijos sin un Estado capaz de acompañarlas.
Cada una sufrió un tipo distinto de violencia.
Pero todas comparten la misma raíz: fueron castigadas por no encajar en el molde de docilidad que este gobierno exige a las mujeres.
Ecuador hoy funciona bajo una lógica perversa:
el crimen domina territorios, el Estado domina mediante el abandono, y el poder domina mediante el castigo.
Uno mata cuerpos.
El otro intenta matar voces.
Ambos necesitan que las mujeres tengamos miedo.
Y sin embargo, seguimos hablando.
Seguimos denunciando.
Seguimos incomodando.
Seguimos existiendo fuera del guion.
Y lo digo con claridad: sé que los ataques continuarán.
Quieren vernos calladas.
Quieren vernos sumisas.
Quieren vernos pidiendo permiso para existir.
Pero yo (como tantas otras) no nací para obedecer ese mandato.
No sirvo para callarme.
No sirvo para agachar la cabeza.
No sirvo para acomodarme al silencio.
Soy rebelde, soy contestona y soy persistente.
Y en un país que castiga a las mujeres que hablan,
seguir hablando es una forma de resistencia.
Así que,
Si quieres saber qué tan violento es el poder,
mira a las mujeres que necesita destruir.
Si quieres medir la fragilidad de un presidente,
mira cuántas voces femeninas debe callar para sostenerse.
Si quieres comprender la enfermedad de una sociedad,
mira cuántas niñas entierra sin exigir respuestas.
Y si quieres saber hacia dónde va Ecuador,
mira cuántas mujeres deben caer
para que este gobierno permanezca en pie.
Un país que normaliza la muerte de sus mujeres
ya perdió el rumbo.
Un país que castiga a sus mujeres
ya perdió la ética.
Y un país que abandona a sus mujeres
empieza, inevitablemente,
a perder su futuro.