12/01/2026
Nueve décadas de una hazaña aérea cubana.
Estos días de vuelos interoceánico frecuentes y seguros, nos recuerdan las epopeyas aéreas de inicios de la aviación, que propiciaron el desarrollo aeronáutico actual, fruto de la entereza y voluntad de varias generaciones.
Posterior a la Primera Guerra Mundial, el empleo de la aviación como medio de transporte comercial inicio su despegue y la búsqueda de rutas aéreas interoceánicas fue sueño y prioridad de visionarios que con su protagonismo abrieron la puerta de los cielos del mundo.
Para finales de la década de 1920 varios exploradores aéreos fueron noticias por sus intentos y fracasos de volar más alto y más lejos, pero unos pocos lograron ser los vencedores de rutas aéreas sobre mares y océanos, como el reconocido aviador norteamericano Charles Lindbergh con su vuelo en solitario desde Nueva York a Paris en mayo de 1927, después de atravesar el Atlántico Norte.
La aviación de Iberoamérica destacaba igualmente, cuando se realizó la proeza del mitológico vuelo del avión “Cuatro Vientos” sobre el Atlántico Central, entre las ciudades de Sevilla y Camagüey, protagonizado por los aviadores hispanos Mariano Barberan y Joaquín Collar, en junio de 1933, quienes abrieron esta ruta de vuelo para beneficio del tráfico aéreo internacional actual.
A dicha proeza, tres años más tarde, respondió un aviador de nacionalidad cubana y raíces hispanas, que en la mañana del domingo 12 de enero de 1936, se lanzó a la aventura del vuelo respuesta desde Camagüey, intentando volar en solitario, a la ciudad de Sevilla.
Era el desconocido aviador Antonio Menéndez Peláez, quien después de numerosas vicisitudes y acuerdos para un apoyo oficial desde la aviación naval cubana de la época, en un pequeño avión remodelado y a cabina descubierta, emprendiera una travesía de más de nueve etapas, que sobrevolando los cielos de Venezuela, Guyana, Trinidad, Brasil (desde donde realizo el salto Atlántico en la noche del 9 de febrero de 1936), Gambia y el actual Marruecos, arribo al aeródromo de Tablada en la significativa tarde del día de San Valentín, llevando consigo el mensaje de amor y solidaridad en las alas de su avión, convertido en el primer Iberoamericano en volar del hemisferio occidental a Europa, y en el quinto aviador del mundo en protagonizar un vuelo en solitario sobre las rutas del Atlántico, demostrando que la entereza, el valor y la vocación son valores humanos que trascendiendo épocas contribuyen al desarrollo y bienestar de todos los pueblos y naciones.
El vuelo de Menéndez es un hecho aeronáutico admirable, que recordamos modestamente de ambos lados del océano, después de nueve décadas, pues es parte y motivo suficiente para agradecerle a su protagonista, cada día, en que surcan numerosas aeronaves, de forma frecuente y segura, los cielos de Iberoamérica y del mundo.
Por: Carlos Concepción Puentes