01/07/2026
Una reflexión para analizarla y conversarla en familia.
"No vivimos para envejecer. Vivimos para florecer."
Así lo dijo, sin dudar, una persona adulta mayor de la Asociación de Adultos Mayores San Antonio de Padua en Pavas.
Y tenía razón.
Solemos hablar del envejecimiento en términos de lo que se pierde. Raramente de lo que puede permanecer —y crecer— con los años: la capacidad de vincularse, de sentir, de desear compañía, afecto, intimidad.
La evidencia lo confirma: las relaciones significativas en la vejez reducen el riesgo de deterioro cognitivo, fortalecen el sistema inmune y están asociadas a mayor longevidad. No son un lujo emocional. Son un determinante de salud.
Y sin embargo, la afectividad y la sexualidad en las personas adultas mayores siguen siendo territorios incómodos —para las familias, para los sistemas de salud, para la sociedad. Se invisibiliza lo que debería protegerse.
El derecho a los vínculos significativos, al afecto y a la expresión de la sexualidad no caduca con la edad. Es parte del envejecimiento digno consagrado en la Ley N.° 7935.
La foto no necesita explicación.
Una cabeza que encuentra dónde descansar.
Eso también es salud. Eso también nos importa.
"Si Dios quiere —y gracias al promedio de esperanza de vida de los ticos— todos llegaremos a ser adultos mayores. Tratemos a las personas adultas mayores como luego quisiéramos ser tratadas. Con respeto. Con dignidad."
Kennly Garza Sánchez
Directora Ejecutiva, CONAPAM