30/08/2022
UN VIAJE DE GUADALUPE PARA DESCUBRIR SAN JOSÉ, EN TRANVÍA, ANTES DE LAS ELECCIONES DE 1948.
Girando a paso lento en torno a la Plaza de Guadalupe, viendo muchachas que venían en sentido contrario de nuestras edades (o más jóvenes pues todos habíamos nacido en 1933: teníamos 15), a la salida de la misa de 12, coincidimos un grupo de compañeros del alma un domingo primero de febrero de 1948.
Habíamos recibido paga el sábado como aprendices de zapateros (en la Fábrica de los Miranda) y queríamos hacer algo nuevo o diferente. Sugerí ir a San José, en tranvía, para ver cómo estaba el ambiente pre electoral para el domingo siguiente, aunque nosotros no teníamos derecho a votar.
El grupo lo formábamos diez. Enrique Jiménez Acuña (Mechas), Roberto Badilla Carmona (Loco), Ricardo Badilla Corrales (Mono), Roberto Jiménez Castro (Pata), Ricardo Calvo Nigro (Nigro), Mario Segura Fonseca (Jalao), Arturo Muñoz Retana (Viejito), Gerardo Araya Almanza (Almanza), con Guillermo Díaz (Memo) y yo.
Nos conocimos de niños llevando de primero y hasta sexto grado en la Escuela Pilar Jiménez, en las aulas o pateando bola, aunque algunos no pudimos graduarnos porque debíamos trabajar para la casa.
Éramos muchachos orgullosos de nuestra Escuela, fundada el 12 de octubre de 1920, por el Presidente Julio Acosta. Con ese nombre porque el terreno fue una donación del Gran Músico Don Pilar Jiménez Solís, nacido en la modestísima Villa de Guadalupe en 1835.
Las elecciones estaban muy encendidas tanto en los grandes centros de poder como en las calles por los seguidores de los partidos tradicionales.
Pero, en nuestra ignorancia, confundíamos la democracia con el derecho a votar, y pensábamos que quien obtenía la mayoría de votos era electo Presidente de la República. Entonces ese viaje a la capital iba a ser significativo en nuestras vidas.
Para nosotros lo primero era la aventura. Estar con la gente. Recorrer lo más posible barrios y lugares desconocidos. Era una especie de diversión. No nos importaba contra quien o favor de quien íbamos a ir porque no teníamos 21 años para votar el domingo siguiente.
Lo importante era participar de la algarabía recorriendo calles capitalinas con bellos faroles fulgurantes, nada más y nada menos que en la primera capital latinoamericana y tercera del mundo (después de París y Nueva York) con iluminación eléctrica propia (superado el aceite y el querosén).
Tomamos el Tranvía en la misma parada de la Plaza. Era algo maravilloso. Con máquina amarilla, puerta adelante y otra atrás. Dos bancas para 20 personas cada una. Aparte dos varillas horizontales, colocadas en el techo, nos permitieron viajar de pie asidos a unas fuertes tiras de cuero, en un simpático vaivén. ¿Para qué sentarnos si era más divertido ir viendo a ambos lados?
Para nosotros era de lo más lujoso y ordenado nunca visto. Las reglas de urbanidad y decencia eran ostensibles. Pero como íbamos limpios y bien vestidos con nuestras gorras estilo inglés, en pleno verano, estábamos en regla.
Tenía prohibiciones porque en él solo podía viajar gente educada y aseada: nada de palabras indecorosas o molestar a los demás, no se podía fumar, botar basura ni escupir dentro del vagón. El conductor, a diferencia del maquinista, cobraba, recibía tiquetes, avisaba las paradas y ordenaba ponerse en marcha. También decidía quien no podía utilizar el servicio público, como desaseados, en estado de embriaguez, enfermos con aspecto desagradable o que causaren recelo a los demás usuarios.
Llegando a la Estación al Pacífico, nos acercamos a la puerta trasera. Nos hicimos lanzados uno a uno antes de que el conductor autorizara la llegada a la estación y la posibilidad de salir del Tranvía. Verdaderos zapateros en la capital.
Caminamos cuesta abajo hacia el distrito El Carmen. Vimos todos aquellos edificios, el lugar, y desde luego las bellas damitas preciosamente acicaladas.
Nuestro recorrido siguió con rapidez pero viendo todo cuanto se nos ponía a la vista. Árboles, parques, Iglesias, el Edificio de Correos, el Club Unión y el imponente Teatro Nacional desconocido hasta en fotografías.
Nos detuvimos en el Parque Central, el espacio más antiguo de la capital, ornamentado con miles de flores. Nos ubicamos en sus bancos de cemento desconocidos en Guadalupe. Leímos varias placas: 1920 de la creación del Parque. Recién habían construido el Kiosco según inscripción fundacional de 1944. Empero lo más interesante fueron otras placas donde se testimoniaba el recibo y confirmación del Ayuntamiento de San José, así como la Declaración de Independencia de Centroamérica en 1821.
¡¡¡Qué belleza!!!! Pero nuestro recorrido debía continuar. Seguimos la ruta del Tranvía, sin montarnos en él. Encontramos la parada de Catedral para luego seguir a Merced y Hospital.
En esa forma habíamos recorrido a pie, históricamente, y para satisfacción infinita nuestra, los cuatro distritos capitalinos.
No fue posible llegar hasta otros sitios de terminales anunciadas, calificadas por la educada gente con que hablamos como muy interesantes: Estatua de León Cortés, Ferrocarril al Atlántico, San Pedro del Mojón. Ni otras secundarias como las del Liceo de Costa Rica que tras tantas horas de caminar nos parecían imposibles.
El ambiente pre electoral que buscábamos, y donde se percibía mayo actividad era en Catedral y la Avenida Central, como a las 6 de la tarde.
Anduvimos para arriba y para abajo por los lugares donde había más ruido. Pero la gente se ofendía entre sí e incluso se golpeaban. Señoras y señoritas no estaban más. La prudencia nos aconsejó no meternos en nada. Caminábamos en fila india al lado de las paredes de los edificios.
La multitud de los gritos del partido oficialista decían “Viva Calderón Guardia”, “Abajo el Mono”, “Viva el Partido Republicano Nacional”.
Del otro lado se encontraba la oposición, conformado por una coalición que eligió como candidato único a Otilio Ulate, gritaban “Viva Ulate”, “Abajo Calderón Guardia”.
Dentro de aquel ensordecedor ambiente, donde se percibía un brote de violencia en cualquier momento, surgían por aquí y por allá la soldadesca. Armados, proclives al Gobierno, caras duras y de pocos amigos, como invitándonos a regresar a Guadalupe.
Pasaron muchos años para lograr comprender la verdad de aquellos hechos, en un país donde el fraude electoral había sido la regla desde hacía más de un Siglo.
Los candidatos debían ser seleccionados en el Club Unión, conocido desde hacía mucho tiempo como la “Fábrica de Presidentes”. Porque, como decían sus miembros, “quien no fuere electo en el Club Unión no sería Presidente de Costa Rica”. Era un lugar espléndido. Fundado en 1925, frente al Edificio de Correos en armonía con el Teatro Nacional. Concebido como centro de reuniones de negocios y placer. Construido por los ricos de la época que los conocieron en sus viajes a Europa, y decidieron construirlo a la usanza de Londres, donde concurrían a la venta del café nacional.
Para la oligarquía se enfrentaban el reformador social Rafael Ángel Calderón Guardia: a quien acusaban de haberse salido de los moldes de su concepción por unirse a los obreros, con sus Garantías Sociales y el Código de Trabajo. Su opositor era Otilio Ulate Blanco, periodista y gran orador, a quien sus detractores llamaban “El Mono” por su fea fisonomía, y no aceptaban por el apoyo social demócrata que se gestaba en otros países.
Las horas se nos fueron pasando. Habíamos perdido hasta el cálculo del horario del Tranvía. Y lo peor algunos aun llegando a tomarlo al Pacífico no tenían plata en el bolsillo.
De noche tomamos la decisión solidaria y riesgosa de regresarnos todos juntos a pie hasta nuestro destino o punto de salida: la Plaza de Guadalupe. Aquella oscuridad terrible sirvió para bromas y sustos, gritos a casas y grandes carreras como si alguien nos persiguiera. A propósito escogimos pasar por el panteón. Ahí algunos tomaron a Nigro y lo metieron contra su voluntad en aquel res sacrae donde diambulan de noche las ánimas en pena, con sus temidos llantos. Ello creo una enemistad de años, sobre todo porque él debía continuar de la Plaza hasta Santa Cecilia.
Una semana después de la aventura pre electoral en San José, el 8 de febrero, se celebraron las elecciones y el Tribunal Nacional Electoral tardó mucho en un recuento donde se sospechaba como victorioso a Don Otilio Ulate. El Tribunal dictaminó hasta el 28 de febrero con un voto mayoritario de dos y un voto salvado. En el segundo las elecciones no tenían ningún vicio. El de mayoría encontró inconsistencias en el conteo, declaró la nulidad del padrón, se encontró una diferencia de 14.000 votos entre los emitidos para Presidente y los emitidos para diputados, inconsistencia porque el ganador había sido Ulate y se anularon las elecciones.
El Congreso anuló la elección para Presidente no así para diputados, donde tenía mayoría.
Dentro de este complejo ambiente surgió el enfrentamiento callejero, se creó una peligrosa emergencia nacional, y así se originó la “Guerra Civil de 1948”, o “La Guerra del 48”, entre febrero y mayo. Así cambió la Historia de Costa Rica.
Los jóvenes de aquella época, muy viejos o mu***os hoy, aprendimos el significado de la democracia, la pureza del sufragio, el amor a la Patria, valorización de todo lo construido por nuestro Pueblo en su historia ejemplar, el respeto a nuestros padres y nuestra cultura, solo que no logramos convencer a las juventudes de todo cuanto tienen y deben defender.
Por Ricardo Zeledón Zeledón