09/06/2026
Memorias de un Biólogo Joven
Mis Primeros Años en el Campo (1998–2006)
Introducción:
Estas memorias recogen mis primeros pasos en el mundo de la biología de campo en Costa Rica.
Entre giras, aprendizajes y descubrimientos, relato cómo fui encontrando mi vocación y propósito a
través del contacto directo con la naturaleza.
Introduction:
These memoirs capture my first steps in the world of field biology in Costa Rica. Through expeditions,
learning experiences, and discoveries, I recount how I found my vocation and purpose through a deep
connection with the natural world.
Memorias de un Biólogo Joven: Mis Primeros Años en el Campo (1998–2006)
Por Andrés Vaughan – Pseudopuma Farm / Forest Guru Tours
Este relato recoge mis memorias iniciándome en el mundo de la biología, un trayecto que abarcó
aproximadamente desde 1998 hasta 2006. Fueron ocho años de descubrimientos, de
cuestionamientos personales y de una evolución que me llevó de la incertidumbre a la verdadera
pasión por la vida silvestre.
Desde pequeño se asumió que yo sería biólogo: mi padre era un biólogo reconocido, mi madre
también. Era como un destino trazado. Pero, siendo honesto, nunca me detuve a considerar otras
carreras que también me interesaban. Al principio, incluso dentro de la carrera, no me la tomaba
demasiado en serio. Salía mal en muchos cursos, especialmente en ciencias exactas como
estadística, diseño experimental, genética o biología molecular. Me cuestionaba si realmente era lo
mío. Repetí un curso de carrera, genética, lo cual era un terrible indicador para alguien que
supuestamente se iba a formar como biólogo.
Sin embargo, había otras materias donde me destacaba, y eso me ayudó a ver que sí tenía
habilidades valiosas. Tal vez por eso perseveré. Comencé a llevar cursos de biología siendo todavía
menor de edad, alrededor de los 17 años. Recuerdo con claridad mi primera gira: fue a la Reserva
Biológica San Ramón, administrada por la UCR, bajo la guía de Federico Bolaños, quien luego se
convirtió en mi tutor y figura clave en mi formación.
En esa gira también participaron Branco Hilje, Daniel Araya y Pablo Allen, que eran estudiantes de
primer año, entre otros, muchos de los cuales hoy son biólogos destacados. Nuestra generación fue
recordada por su empuje, su entrega a la biología tropical y de campo. Éramos apasionados,
soñadores y muy activos.
Más tarde, por el cambio de milenio, hubo un momento clave para mí: el verano en que dejé de surfear
para dedicarme a la biología. Renuncié a esos días en la playa con mi mejor amigo “Tite”, quien
incluso se decepcionó cuando no lo acompañé. Lo hice para asistir a un curso en Atenas de la School
for Field Studies, totalmente financiado por la organización. Fue el primer paso serio que di hacia otra
vida, hacia otra visión. Supe que no quería seguir yendo a la playa sin aportar nada. Quería más.
Quería comprender y cuidar el mundo natural.
A partir de ahí, me lancé de lleno a las giras. En una de las primeras, trabajé junto a Melania Figueroa
(quien era mi pareja en ese momento) y Laura Esquivel, en un proyecto donde invitamos a Andrés
Vega a ayudarnos con la identificación de aves pelágicas. Incluso trajimos al museo una especie
herida llamada Gallinago, sobre la que discutimos porque yo quería liberarla o preservarla.
También recuerdo una gira con Carlos Rojas (a quien llamábamos “Charlie”), quien terminó
doctorándose en micología. Pasamos una noche en una casita abandonada en Tapantí, donde él
comenzó sus estudios sobre hongos. Yo estaba empeñado en conocer todas las especies del parque.
Eva Salas conserva la foto de esa primera gira. Con Carlos, la gira no era planeada por la UCR; la
hicimos por nuestra cuenta, solo por conocer el parque.
Otro momento especial fue cuando mi padre me llevó a La Virgen del Socorro. Nos hospedamos con
Aaron Sekarak, un apasionado de las aves que había comprado una propiedad para el avistamiento.
Ya tenía un libro de aves. En ese tiempo no había muchas guías para pajareros, y Aaron había creado
su propia compañía; era uno de los pocos guías especializados en aves de Waterfall Gardens. Era un
judío pensionado que se había retirado en Costa Rica para vivir rodeado de aves. Me inspiró
profundamente.
Más adelante, comencé a distanciarme un poco de la gente de la UCR y de biología. Empecé a andar
con una estudiante de la UNA llamada Viviana Gutiérrez, con quien hice muchas giras. Viviana terminó
doctorándose en ornitología en Cornell, el mejor programa del mundo para estudiar aves. Recuerdo
especialmente una gira a Santa Rosa, junto a otro amigo veterinario, Tire. Éramos solo tres, pero la
emoción por la fauna nos bastaba. La caminata fue intensa, pero inolvidable.
Hice varias giras a Drake, algunas con estudiantes como Pavel Sancho y Natalie Villalobos, y luego
también con Guillermo Durán y una bióloga alemana interesada en murciélagos que estaba siendo
entrenada por Bernal Rodríguez. Una de esas giras fue especialmente hermosa. En otra ocasión
viajamos con una bióloga ecuatoriana especializada en chorlitos (Charadriidae), Paola Gastezzi, quien
había trabajado con Jon Fjeldså, un ornitólogo danés. Fuimos a la Laguna de Ujarrás y alquilamos una
cabaña. Fue una combinación de naturaleza y observación de aves, muy especial.
También hubo una gira con Rolando Quesada (“Tite”), buscando “olas” (murciélagos) en San Juan del
Sur. Nos fue mal: nos robaron todo y tuvimos que regresar. A pesar de eso, la experiencia quedó
marcada.
Reflexión final
Mi camino como biólogo no fue lineal ni fácil. Empezó con dudas, con cursos reprobados y con
decepciones personales. Pero también con momentos de luz, con encuentros únicos y con una
curiosidad que no se apagaba. Me encontré a mí mismo en las caminatas, en las aves, en los hongos,
en los ríos, en la niebla y en el silencio del bosque.
Hoy, desde Pseudopuma Farm, veo cómo todas esas experiencias tempranas me formaron. No solo
me dieron conocimientos, sino propósito. Porque ser biólogo no es solo estudiar especies, sino
también entender cómo queremos habitar este mundo