31/05/2026
Hoy que estoy cumpliendo 33 años, nací al medio día, y ahora hago una reflexión personal sobre el tiempo que dedicamos a estudiar, a trabajar y a la familia; indirectamente, es tiempo para uno mismo. ¿Qué tanto se puede pedir para ser feliz? Basta con saber que después de 33 años todo lo que he hecho no es suficiente: el primer ingeniero de la familia, especialista en proyectos, he visto atardeceres en Europa, he aguantado hambre así como he comido a reventar. He tenido tantos logros incontables como pocas derrotas casi insuperables; he sufrido el frío tanto como el calor, he llorado de la nada en las noches de soledad, pero he reído más veces de las que puedo recordar.
En medio de todo, tengo una gran familia y a las tres mujeres más hermosas del mundo (sin olvidar a mi mamá, y claro, a mi hermana, aunque ella si es fea), un perro tonto, una perra que come como si no existiera un fin, una gata que me sorprende cada día y un gato inolvidable que murió y que recordaré siempre. Aún siento que me falta caminar más, en medio de bosques, ríos y ciudades. Lo he hecho en el verano de París, Madrid, Múnich y Roma con el mismo asombro con el que he recorrido paisajes de los llanos, montañas, mojana y costas colombianas, entendiendo que cada paso y cada esfuerzo por los míos también ha sido para mí.
Mis 33 años puede que sean el principio para pensar con el corazón y sentir con la cabeza, un nuevo episodio que probablemente sea el mejor de mi vida. Miro hacia adelante con la certeza de que el camino recorrido ha valido la pena y con las ganas intactas de seguir descubriendo lo que viene. Acá vamos, con toda.