14/07/2025
Bateman: el comandante que bailaba y creía en el amor
En una época de solemnidades armadas, Jaime Bateman Cayón desentonaba con picardía. Fundador del M-19, rompió con la rigidez de las FARC y el Partido Comunista para liderar una revolución caribeña, humanista y festiva. Murió en la selva panameña mientras tejía caminos de paz. Su historia aún nos interroga.
“Bateman era el más carismático y audaz de los jefes guerrilleros que ha tenido Colombia. Un hombre que hablaba de política como quien cuenta una historia de amor, y de la guerra como si todavía creyera en la paz.”
— Gabriel García Márquez
Por Keshava Lìévano
A Jaime Bateman Cayón no se lo puede encasillar. Quien intente definirlo con una sola palabra —guerrillero, comandante, líder, rebelde— se queda corto. Fue, más bien, un personaje que se movía entre el mito y la sonrisa, con una lucidez política que no renegaba del deseo, del humor, ni del baile. Nacido en Santa Marta en 1940, traía el Caribe en la risa y la rebeldía en los huesos.
Desde niño incomodaba con preguntas. Su padre, liberal radical, le hablaba de luchas como quien siembra ideas. Su madre, costera y firme, le enseñó que el mundo también se transforma con ternura. La política se le volvió pronto un deber moral. Militó en el Partido Comunista, luego en las FARC, pero no tardó en sentirse enclaustrado entre los dogmas. La rigidez del marxismo ortodoxo le parecía ajena al pueblo real: el de las plazas, las canciones, los chistes y los abrazos.
Por eso rompió. Y fundó, con otros inconformes, el Movimiento 19 de Abril (M-19). Una guerrilla urbana, audaz, simbólica. Robaban espadas en lugar de bancos, escribían comunicados con sabor a calle, y hablaban de democracia mientras empuñaban fusiles. No por contradicción, sino por convicción. El M-19 fue, en parte, su invento más vital: un intento de hacer la revolución sin renunciar a la vida.
Gabo lo entrevistó a fondo en 1981, en una conversación que hoy es pieza histórica. Lo apretó con preguntas, lo llevó al límite de lo ideológico y lo humano. Bateman respondió con inteligencia fresca, con frases que parecían más escritas para novela que para comunicado. Una quedó para siempre:
“Nosotros no vamos a tomarnos el poder para que el país se vuelva triste.”
Eso era él. Un revolucionario que creía en la alegría como derecho popular.
Hablaba del amor sin pudor. Amaba con alma política y cuerpo presente. No temía mostrar su afecto, ni su deseo. Reconocía en las mujeres no un papel secundario en la lucha, sino un protagonismo silencioso y decisivo. A muchas las admiraba más que a sus pares masculinos. Para él, el amor no distraía la causa: la sostenía. La ternura era también una forma de resistencia.
Y el baile… El baile era parte de su táctica. Bailaba bolero, cumbia, son cubano. Decía que si el pueblo no puede bailar, no es su revolución. Y bailaba con quienes lo seguían, sin grados, sin solemnidad. Sabía que en medio del combate, el cuerpo también necesita recordarse vivo.
Cuenta la leyenda urbana que es suyo un graffiti escrito en el baño del Goce Pagano que decía
LA TRISTEZA ES UN COSTEÑO CON GABARDINA.
En sus últimos meses, pensaba en otra cosa: en la paz. Había establecido puentes de diálogo con el gobierno de Belisario Betancur. Imaginaba una salida negociada, política, en la que el M-19 dejara las armas no por derrota, sino por transformación. Soñaba una Colombia reconciliada, sin cinismo ni rendición.
Y entonces, la tragedia.
El 28 de abril de 1983, una avioneta Cessna que lo transportaba desapareció sobre la selva del Darién, en territorio panameño. Iba camino a un encuentro para explorar el cese del fuego. El mal tiempo los desvió. Días después, hallaron los restos del avión en la espesura de la selva. Bateman murió en el aire, con altura, como si la tierra que soñaba aún no estuviera lista para recibirlo.
No hubo cuerpo. Solo ausencia. Y un vacío en la historia que aún pesa.
Lo lloraron combatientes, líderes sociales, intelectuales y hasta adversarios que respetaban su diferencia. Gabriel García Márquez escribió sobre él con tristeza y lucidez: sabía que con Bateman se había ido no solo un jefe guerrillero, sino una posibilidad humana en medio de la guerra.
Hoy, cuando Colombia aún camina sobre brasas y pactos frágiles, su nombre vuelve como una pregunta urgente:
¿Y si la revolución también puede tener música, alegría, y rostro de mujer?
¿Y si se puede creer en la paz sin perder la risa?
¿Y si bailar también es una forma de luchar?
Hasta la Ternura Siembren
Posdata
La revolución no puede ser mercancía ni negocio...
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