26/05/2026
El desarrollo del talento futbolístico requiere una enorme cantidad de juego libre y experiencias reales de juego entre los 5 y los 12 años. Es un proceso formativo de aproximadamente 7 años donde el niño debería acumular, idealmente, entre 35 y 40 horas semanales de juego y contacto constante con el balón para construir una base motriz sólida, creativa e inteligente.
Sin embargo, en la actualidad, esa carga formativa se ha reducido drásticamente a apenas 4 o 5 horas semanales, muchas veces centradas en estaciones, ejercicios analíticos y tareas cerradas. Esto representa una pérdida enorme de experiencias motrices y perceptivas fundamentales para el desarrollo integral del jugador. Ningún cono, escalera de coordinación o ejercicio técnico aislado puede sustituir el bagaje coordinativo, perceptivo y decisional que genera el juego espontáneo y continuo.
Las pocas horas de “entrenamiento” que hoy reciben muchos niños resultan insuficientes para favorecer un verdadero proceso de aprendizaje, maduración y desarrollo futbolístico. El talento infantil no nace de la repetición mecánica de ejercicios, sino de la resolución constante de problemas dentro de contextos lúdicos. Precisamente eso fue lo que durante décadas ofreció el juego espontáneo en la calle: creatividad, adaptación, imaginación, toma de decisiones y riqueza motriz.
El niño necesita desarrollar una auténtica cultura lúdica deportiva dentro y fuera del entrenamiento. Además, para consolidar su maduración competitiva, requiere una gran cantidad de experiencias reales de partidos. Un futbolista en etapa infantil debería disputar, idealmente, alrededor de 70 partidos por año. Entre los 6 y los 12 años, esto significaría acumular cerca de 500 partidos como parte de su proceso básico de formación.
Esta no es la etapa final del desarrollo: apenas representa los cimientos sobre los cuales posteriormente se construirá el verdadero futbolista.
Omar Hernández - Fútbol Base