Alcaldia de plato para cristo

Alcaldia de plato para cristo gestionando para armar oportunidades a la comunidad plateña

Cerrado permanentemente.
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15/12/2025

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Capitulo 1....5

Pero José maco que de maco no tenía nada solo el nombre y su pasividad, no solo tejía tormentas. También decían que tenía el rezo contra los gusanos, un poder que heredó de los antiguos. Cuando los cultivos de los agricultores aparecían invadidos, o cuando algún animal sufría con heridas llenas de gusano, lo llamaban. José pedía que durante dos días nadie se acercara al cultivo o al animal señalado. Entonces rezaba en secreto, murmurando palabras que nadie entendía. Y al cumplirse el tiempo, el milagro: todos los gusanos amanecían mu***os. No era fantasía aseguraban los campesinos, era verdad.
José, conocido en todo el pueblo como “El Maco”, tenía una habilidad que parecía heredada de un linaje antiguo, de esos que mezclan manos de artesano con misterios que nadie se atreve a preguntar. Tejía los sillones de paja seca para los mulos y para los burros de carga, elaboraba burriquetes de madera para transportar los bultos de los campesinos y ganaderos, y cada pieza suya tenía un acabado tan perfecto que muchos decían que no era obra de un solo hombre.
Nunca cobraba dinero.
A quien le encargaba un trabajo, simplemente le entregaba una lista de granos y comestibles básicos para su sustento. El resto el tabaco, el ron, la carne seca lo conseguía con las limosnas que recogía contando cuentos y leyendas que estremecían al más incrédulo. José vivía de historias y para muchos, también vivía dentro de ellas.

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15/12/2025

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Capitulo 1...4

Juntos recorrían las polvorientas avenidas del pueblo, y los niños, al verlos pasar, estallaban en un coro que era más un himno que una burla:
—¡Ahí van el José Maco y la Papelito!
José siempre llevaba un tabaco en la boca, una bolsa al hombro, una hamaca rota y un telar de madera que, según la voz popular, no servía para tejer ropa, sino para tejer tormentas.
Mientras tanto, la Papelito pedía comida, recitaba cantos y arrancaba risas y tristezas al mismo tiempo con su canto desafinado, mitad canción, mitad lamento, mitad alegría.
Al amanecer también se les veía en el puerto de las chalupas, lugar donde llegaban y salían las lanchas que cruzaban el gran río Magdalena rumbo a diferentes destinos. El río era ancho como una bendición, para atravesarlo, todos preferían la chalupa antes que el ferry que solía demorar más que las lluvias en verano. Así que la gente madrugaba para tomar ese transporte ligero y ruidoso que los llevaba al otro lado, donde podían seguir camino hacia los pueblos vecinos, tomar buses para las capitales o subirse a los jumbos, las chalupas grandes y veloces que iban directo a Barranquilla.
A esa hora, el puerto se convertía en un hormiguero de viajeros: mujeres cargando bebés dormidos, hombres con bultos al hombro, comerciantes, pescadores y agricultores que iban y venían entre el v***r de las ollas y el polvo que levantaban las mulas. El Maco y la Papelito llegaban allí a pedir limosna, a contar historias y a echar chistes que hacían reír hasta a los recién llegados.
Aquel puerto era un festival improvisado: el bullicio de la venta de granos, carnes, pescados y verduras se mezclaba con los relinchos de las mulas, el rebuzno de los burros, el ladrido de los perros y el rugir de los motores. Entre aguardiente, tinto y cerveza, sonaban rancheras tristes y alegres, como si los cantantes quisieran enviar sus p***s río arriba para que se perdieran entre las aguas.

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13/12/2025

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Capitulo 1...3

También estaba el Cara Larga, un perro criollo de color balsino, hocico extenso y ojos tristes, como quien carga todos los dolores del mundo en la mirada. Y no podía faltar el Chapolo, perro largo, hocicón, de orejas caídas, hecho para la cacería; el Maco lo llevaba en las noches al monte cercano cuando la pesca o las propinas no daban, para buscar conejo y así resolver la proteína del día.
Además de sus perros, José compartía la vida con una mujer a la que todos conocían como La Papelito. Era una mujer flaca, menudita, andariega, vestida siempre con un traje deshilachado, cargando bolsas repletas de papeles recogidos en las calles. Rápida como la brisa, se aparecía en todas las conversaciones sin ser llamada. Tenía la lengua afilada y ligera como hoja seca que arrastra el viento. Bastaba verla doblar la esquina con sus trenzas apretadas para que el barrio entero supiera que las noticias correrían más rápido que el telégrafo.

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09/12/2025

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Puerto de leyenda 2
En medio de todo ese bullicio vivía un anciano al que llamaban José “El Maco”. Así lo bautizaron los habitantes del pueblo, y él cargaba su apodo como si fuera una segunda piel. Ahí estaba el Maco: un hombre bajito y desgarbado, que se pasaba el día entre chistes y trabalenguas, burlándose de medio mundo sin mala intención, regalándonos lecciones de vida en cada ocurrencia. Uno nunca sabía si reírse de él o aprenderle.
Su figura parecía confundirse con el humo del cigarro que siempre llevaba encendido y con el eco de sus carcajadas, que retumbaban hasta la plaza cuando callaba la música de los pick-up y las papayeras.
José el Maco no tenía hijos ni casa propia, pero sí tenía a sus “hijos de crianza”: unos perros callejeros que iba adoptando en su andar por las calles. A uno de ellos lo llamaba el Pulgoso, un perro lanudo cuya abundante mata de pelo parecía una manta viva cargada de garrapatas y pulgas. En sus horas libres, el Maco se sentaba a acariciarlo y a espulgarle la lana, como si fuera un ritual de cariño. Aquel animal, de pelaje espeso como los perros de clima frío, sufría a la hora del mediodía, cuando el sol arreciaba y el calor se volvía insoportable.

Américo del Guercio y Carlos Llera Restrepo inauguración de las compuerta https://www.facebook.com/share/p/17UJMcr3x5/
08/12/2025

Américo del Guercio y Carlos Llera Restrepo inauguración de las compuerta

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Pueblo de leyenda... capítulo 1 de

EL HOMBRE QUE TEJIA TORMENTAS
En un rincón olvidado de la costa caribeña, a orillas del gran río Magdalena, quedaba el barrio Culebra, puerto de los pescadores, donde hombres curtidos por la brisa y el desvelo llegaban después de una larga jornada nocturna. Venían en sus canoas artesanales, movidas por canaletes de madera, instrumentos que les daban velocidad y maniobra a esos vehículos acuáticos que parecían flotar al ritmo del río.
Aquel lugar, llamado por todos el Puerto de los Pescados, se transformaba con los primeros rayos del amanecer en una mezcla de puerto y plaza de mercado. No solo atracaban las canoas cargadas de balbulito, bocachicos, coroncoro, mojara, blanquillo, y bagres rallado; también llegaban, desde los pueblos ribereños, bultos de productos agrícolas: yuca, ñame, maíz y plátano. El agua del río, tibia y gruesa, olía más a recuerdos que a pescado.
Además, el puerto se convertía en una feria viva donde los nativos y vecinos vendían productos de elaboración casera: arepas de viento recién infladas, peto humeante, café colado en medias viejas, y, cómo no, los traguitos de ron caña, fuerte y ardiente, original del departamento. Era una fiesta que todos los niños madrugaban para vivir y para ser parte del espectáculo.
FOTO DON AMERICO DEL GUERCIO ALCALDE Y CARLOS LLERAS RESTREPO PRESIDENTE INAUGURACIÓN DE LA COMPUESTAS

24/11/2025

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