09/05/2026
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"Los héroes son ellos porque fueron los que permitieron que se quedaran los murciélagos ahí", Jorge Ayala, investigador de la UNAM.
Un sótano en Natívitas, Tlaxcala (centro de México), utilizado como trastero para guardar muñecas, carriolas y cacharros, se convirtió durante dos meses en el hogar de miles de murciélagos. La historia parece una leyenda urbana, pero es real. Cuando el señor Jorge Nocelo bajó a buscar la tapa de una olla, se encontró con cientos de pequeños quirópteros colgando boca abajo. No era una especie cualquiera. Eran murciélagos magueyeros menores (Leptonycteris yerbabuenae), polinizadores clave del agave azul (el tequila). La familia, al principio, se alarmó. Llamaron a Protección Civil para ahuyentarlos. Pero el doctor Jorge Ayala, de la Estación Científica La Malinche (UNAM), les propuso una alternativa: dejarlos. Explicó que la especie es migratoria, que no se quedaría para siempre, y que su presencia era beneficiosa. La familia aceptó. Durante dos meses, convivieron con más de mil murciélagos (en algún momento llegaron a 2.000) en su propiedad. Los vecinos, asustados por mitos (rabia, ataques), protestaron. El equipo de Ayala dio talleres para desmentir la desinformación: solo tres de las 1.500 especies de murciélagos del mundo chupan sangre, este no es una de ellas; los murciélagos no atacan a menos que se sientan amenazados; el riesgo de rabia es mínimo. La familia Nocelo soportó el mal olor (excrementos y el hedor de los machos para atraer a las hembras) y las críticas. Aceptaron dos limpiezas del sótano, coordinadas con autoridades ambientales. A principios de septiembre, los murciélagos se fueron. La familia recibió un reconocimiento de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA) y, previsiblemente, un premio de Bat Conservation International. No es una historia de terror. Es una historia de coexistencia. Una familia humilde (Natívitas es un municipio pequeño) decidió no matar, no ahuyentar, no envenenar. Decidió aprender. Y aceptar. La imagen de los murciélagos colgando del techo del sótano es una imagen de confianza. No es fácil compartir tu casa con miles de animales. La mayoría de la gente los exterminaría. Los Nocelo no lo hicieron. Son héroes anónimos. No llevan capa. Llevan conocimiento. Y compasión. No es poco. Es mucho. Es un ejemplo.
La imagen de los murciélagos en el sótano de la familia Nocelo es la versión más esperanzadora de todas las historias de conflictos entre humanos y fauna que hemos contado. El ciervo en el parking de Zamora fue rescatado, pero no hubo convivencia. El jabalí en el metro de Valencia fue abatido. Los murciélagos de Tlaxcala fueron acogidos. No es un caso aislado. En todo el mundo, familias y comunidades aprenden a convivir con la fauna. No siempre es fácil. Los murciélagos son vectores de enfermedades (aunque el riesgo es bajo), causan mal olor, ruido, y pueden dañar las estructuras. Pero también son esenciales para los ecosistemas. Controlan plagas de insectos (los murciélagos insectívoros), polinizan plantas (como el murciélago magueyero), dispersan semillas. Los servicios ambientales que proporcionan son invaluables. La familia Nocelo entendió eso. No solo por el tequila, sino por la biodiversidad. No recibieron compensación económica. Recibieron un reconocimiento. Y la satisfacción de haber hecho lo correcto. No es poca cosa.
Las causas de la llegada de los murciélagos al sótano de los Nocelo son naturales. La especie migra siguiendo la floración de los agaves y otros cactus. En julio, encontraron un refugio adecuado: oscuro, húmedo, con entrada desde una cañada. No era una cueva, pero funcionaba. La familia no interfirió. Los murciélagos se quedaron. No es un fenómeno excepcional. Ocurre en muchas casas rurales de México y otros países. La diferencia es que los Nocelo no los mataron. Pidieron ayuda científica. Escucharon. Aprendieron. Y actuaron en consecuencia. No es heroísmo, es sentido común. Pero el sentido común, a veces, escasea.
El impacto ecológico de esta historia es indirecto: la conservación de los murciélagos depende de la tolerancia humana. Si las familias matan o ahuyentan a los murciélagos, las poblaciones disminuyen. Si las familias los acogen, las poblaciones prosperan. Los murciélagos polinizan el agave azul, del que se obtiene el tequila. Sin murciélagos, no hay tequila. Es una relación simbiótica. No es poesía. Es economía. Los Nocelo no lo sabían al principio. Lo aprendieron. Y ahora, son embajadores. El reconocimiento de PROFEPA y Bat Conservation International es un premio a la pedagogía. No solo a la paciencia.
El espacio para la esperanza realista, en este caso, es la educación ambiental. El doctor Ayala no solo estudia murciélagos, sino que se toma el tiempo de dar talleres a comunidades. Desmiente mitos. Explica beneficios. Genera confianza. No es suficiente, pero es necesario. La pregunta que la imagen de los murciélagos colgando boca abajo en el sótano debería dejarnos resonando es la siguiente: ¿cuántas otras familias en México y en el mundo están en este momento compartiendo su hogar con murciélagos (o con otros animales considerados "plaga"), sin saber qué hacer, sin acceso a información científica, con miedo a enfermedades y a la reacción de los vecinos, condenados a tomar decisiones basadas en mitos? ¿Y hasta cuándo seguiremos demonizando a los murciélagos, cuando la ciencia nos muestra que son beneficiosos, y cuando la mejor manera de protegernos de enfermedades zoonóticas es no estresarlos ni manipularlos, sino dejarlos en paz? Porque lo que está en juego aquí no es solo el futuro de los murciélagos magueyeros. Es la relación entre los humanos y la fauna. Una relación basada en el miedo, en la desinformación, y en la falta de políticas públicas de convivencia. Los Nocelo son una excepción. Deberían ser la regla. El gobierno, las escuelas, los medios, deben promover la educación ambiental. No es caro. Es efectivo. La familia Nocelo no recibió dinero. Recibió información. La información es poder. Y el poder, bien utilizado, salva vidas. De murciélagos. Y de humanos. No es una utopía. Es una necesidad. Aplaudamos a los Nocelo. Y aprendamos de ellos. No después. Ahora. Por los murciélagos. Por la convivencia. Por el tequila. No es una exageración. Es una realidad. Celebremosla. Y trabajemos para que se repita. No es poco. Es mucho. Gracias, familia Nocelo. Gracias, doctor Ayala. No son superhéroes. Son personas comunes. Pero su historia es extraordinaria. Compartámosla. No la olvidemos. Por favor. Nunca.