El Banco de la "Memoria" de Pasto, Ciudad, País

El Banco de la "Memoria" de Pasto, Ciudad, País El banco de la memoria, está repleto de historias desconocidas de Pasto o mejor de la Colombia Austral.

¡¡UNA PLEGARIA POR LA PAZ DE COLOMBIA¡¡ Colombia acaba de atravesar una de las campañas presidenciales más tensas, agres...
01/06/2026

¡¡UNA PLEGARIA POR LA PAZ DE COLOMBIA¡¡

Colombia acaba de atravesar una de las campañas presidenciales más tensas, agresivas y polarizadas de las últimas décadas. Los resultados divulgados por la registraduría en los boletines de la noche confirman una nación profundamente fragmentada, donde ningún liderazgo logró convertirse en un verdadero punto de encuentro nacional y donde la confrontación terminó imponiéndose sobre la construcción de consensos. Con más del 99 % de las mesas informadas, Abelardo de la Espriella obtuvo más de 10,4 millones de votos, equivalentes al 43,7 % de la votación; Iván Cepeda alcanzó cerca de 9,7 millones de sufragios, correspondientes al 40,9 %; Paloma Valencia registró poco más de 1,6 millones de votos, alrededor del 6,9 %; mientras que Sergio Fajardo obtuvo cerca del 4,3 %.

Las cifras no sólo configuran una segunda vuelta presidencial (entre de la Espriella y Cepeda); también revelan un país dividido en mitades políticas que se observan con creciente desconfianza; pero más inquietante que los porcentajes es el ambiente que dejó esta campaña; durante meses asistimos a una degradación progresiva del debate público; las propuestas de fondo sobre educación, salud, productividad, infraestructura, seguridad, ciencia, desarrollo regional o fortalecimiento institucional quedaron frecuentemente relegadas, frente al espectáculo permanente de las redes sociales, las polémicas calculadas, las frases incendiarias y el enfrentamiento emocional.

La política comenzó a parecerse más a una competencia por la viralización que a una discusión seria sobre el futuro del país; los algoritmos premiaron la indignación; las plataformas amplificaron el escándalo; las descalificaciones obtuvieron más atención que los argumentos y las emociones terminaron desplazando a las ideas. Las declaraciones cada vez más agresivas y disonantes de distintos candidatos, dirigentes y sectores políticos contribuyeron a profundizar una peligrosa espiral de violencia verbal. En lugar de reducir las tensiones, muchos optaron por alimentarlas; el contradictor dejó de ser un ciudadano con una visión distinta para convertirse en una amenaza moral que debía ser derrotada, desacreditada o humillada públicamente y cuando una democracia comienza a normalizar el lenguaje de la confrontación permanente, inevitablemente se acerca a la lógica de la violencia.

Las palabras importan. Importan porque preparan el terreno emocional sobre el que después actúan las sociedades. Importan porque ningún país puede construir convivencia si convierte el odio en estrategia electoral. Importan porque Colombia conoce demasiado bien las consecuencias históricas de transformar las diferencias políticas en enemistades irreconciliables; por eso, más allá de quién llegue finalmente a la Casa de Nariño, estas elecciones dejan una pregunta mucho más profunda y mucho más urgente: ¿estamos construyendo una democracia más madura o simplemente perfeccionando nuevas formas de destruirnos entre nosotros?. Ya que cuando se terminan los discursos y se cuentan los votos, los problemas reales continúan intactos. Siguen allí: una salud moribunda, la desigualdad, la pobreza, la corrupción, la violencia, la crisis educativa, el abandono de las regiones y la falta de oportunidades para millones de colombianos. Y ninguno de esos problemas se resolverá destruyendo al vecino que piensa distinto.

Por eso, antes de seguir hablando de vencedores o de derrotados, quiero continuar este artículo hablando de mi madre, que detestaba la violencia y era una convencida de la acción social y la búsqueda de la paz. Por supuesto vuelven a mi memoria escenas de mi infancia; la recuerdo caminando por la casa mientras realizaba las tareas cotidianas, y la escuchaba repitiendo una oración que, según decía, pertenecía a San Francisco de Asís y que quedó grabada para siempre en mi memoria:..."Señor, hazme instrumento de tu paz. Donde haya odio, ponga yo amor. Donde haya ofensa, perdón. Donde haya discordia, unión..."

No era una plegaria que simplemente repetía; era su manera de entender la vida. Mi madre era docente de formación, pero su verdadero magisterio no lo ejerció en las aulas; lo ejerció en las calles, en los hospitales, en los barrios, en los hogares humildes y en todos aquellos lugares donde alguien necesitara una mano solidaria, una palabra de aliento o una presencia fraterna. Durante toda su vida perteneció a la Orden Franciscana Seglar y acompañó con entrega ejemplar las innumerables obras impulsadas por la comunidad capuchina en Pasto. Su fe no se limitaba a los templos ni a los rezos diarios o dominicales; la convertía en acción concreta, en servicio y compromiso con los demás.

Participó y apoyó iniciativas educativas, sociales y comunitarias que dejaron una huella profunda en nuestra región. Entre ellas, el legado de instituciones como la Institución Universitaria “María Goretti” y muchas otras obras construidas silenciosamente por generaciones de hombres y mujeres que comprendieron que la caridad no consiste únicamente en sentir compasión, sino en comprometerse con el sufrimiento ajeno. Para ella, la acción social era tan importante como la oración. Nunca separó la fe de la solidaridad ni la espiritualidad del servicio. Entendía que rezar carecía de sentido si no iba acompañado de una mano tendida hacia quien sufría. Su evangelio no estaba hecho de discursos grandilocuentes, sino de gestos concretos; por eso aquella oración tenía tanta fuerza: no era una teoría ni una consigna; era una práctica cotidiana de vida.

Cuando era niño no comprendía plenamente el alcance de ese mensaje. Hoy, varias décadas después, lo entiendo mejor que nunca, y quizás por eso vuelvo a él precisamente ahora, en este momento crucial para Colombia. Porque si algo predominó durante esta campaña electoral no fue la paz, sino la confrontación; no fue la unión, sino la división; no fue la reconciliación, sino el resentimiento. Durante meses vimos cómo los adversarios políticos dejaron de ser contradictores para convertirse en enemigos. Las diferencias ideológicas se transformaron en trincheras morales. Las redes sociales se llenaron de insultos, sospechas, descalificaciones y amenazas. El miedo se convirtió en estrategia electoral y el odio en combustible político.

Muchos hablaron de esperanza mientras alimentaban temores. Otros invocaron la unidad mientras profundizaban las fracturas existentes. Y así llegamos a unas elecciones que, por momentos, parecían más una guerra que una celebración democrática. Lo más paradójico es que esto ocurre en un país que se proclama creyente. Un país donde millones de personas se reconocen como católicas o cristianas. Un país donde abundan las procesiones, las novenas, las peregrinaciones, los cultos y las manifestaciones públicas de fe. Pero también un país donde con demasiada frecuencia olvidamos las enseñanzas esenciales que decimos profesar.

El mensaje de Cristo no estaba construido sobre el odio. No invitaba a humillar al adversario ni promovía la destrucción moral del contradictor. No convertía el resentimiento en programa político. Por el contrario, insistía una y otra vez en el perdón, la reconciliación y el amor al prójimo. Y, sin embargo, pareciera que en los últimos años muchos hemos sustituido el evangelio por el fanatismo partidista. Nos resulta más fácil perdonar un acto de corrupción que una opinión política diferente. Nos cuesta más aceptar una derrota electoral que rezar una novena. Hablamos de fraternidad mientras insultamos al vecino que votó distinto. Invocamos a Dios en los discursos y, al mismo tiempo, sembramos odio en las conversaciones.

Mi madre, que dedicó buena parte de su existencia al servicio silencioso de los demás, probablemente nunca escribió tratados sobre construcción de paz ni participó en seminarios sobre resolución de conflictos. Pero comprendía algo fundamental que nosotros parecemos haber olvidado: ninguna sociedad puede sobrevivir indefinidamente alimentándose de odio. Y Colombia debería saberlo mejor que nadie.

Nuestra historia está atravesada por heridas abiertas; durante generaciones hemos aprendido a mirar al adversario como una amenaza y a convertir las diferencias en motivos de confrontación. Cambiaron las épocas, los discursos y los protagonistas, pero la tentación de dividir a los colombianos entre “patriotas y traidores”, salvadores y enemigos ha permanecido demasiado tiempo entre nosotros. Hemos pagado un precio demasiado alto para seguir alimentando esa lógica. Colombia necesita algo más importante que una victoria electoral. Necesita desarmar los espíritus. Necesita bajar el tono de la confrontación. Necesita aprender nuevamente a escucharse. Necesita reconciliarse consigo misma. Necesita recordar que ningún proyecto político puede construirse sobre el resentimiento permanente.

Y en este punto vuelvo una vez más a la voz de mi madre; la vida me llevó por caminos distintos a los suyos. Con los años desarrollé una mirada “agnóstica” sobre el mundo y sobre muchas de las certezas religiosas que acompañaron su existencia. No heredé todas sus creencias, pero sí heredé algo mucho más valioso: su profundo sentido de humanidad. Porque más allá de los dogmas, de las iglesias y de las discusiones teológicas, ella me enseñó que la solidaridad tiene valor por sí misma; que el sufrimiento ajeno nunca puede sernos indiferente; que la compasión no necesita credenciales ideológicas; y que la paz comienza cuando somos capaces de reconocer la dignidad del otro.

Tal vez por eso, cuanto más pasan los años, más comprendo la sabiduría que encerraban aquellas palabras que repetía como una plegaria y como una forma de vivir. No necesito compartir todas sus convicciones religiosas para reconocer la profundidad de su mensaje. No necesito profesar su misma fe para entender que una sociedad no puede construirse sobre el odio. No necesito creer en los mismos misterios que ella creía para aceptar que el perdón sigue siendo una de las herramientas más poderosas de la condición humana. Mi madre veía en esas palabras una expresión de su fe franciscana. Yo veo en ellas una lección universal de convivencia. Ella las pronunciaba pensando en Dios. Yo las escucho ahora pensando en Colombia.

Y ambos terminamos llegando al mismo lugar: la necesidad urgente de reemplazar el odio por la comprensión, la ofensa por el perdón y la discordia por la reconciliación. Después de todo, cuando termine la celebración de unos y la tristeza de otros; cuando se apaguen los discursos, los titulares y las consignas; cuando las redes sociales busquen una nueva batalla y la política continúe su curso inevitable, los colombianos seguiremos compartiendo la misma tierra, los mismos desafíos y el mismo destino. Por eso, quizás el acto más revolucionario que podamos realizar hoy no sea defender una victoria ni lamentar una derrota.

Quizás sea algo mucho más difícil y mucho más necesario: renunciar al odio. Porque las elecciones terminan en una noche; pero la tarea de construir un país comienza cada mañana. Y tal vez, para emprender ese camino, no necesitemos nuevas consignas políticas ni nuevos caudillos que prometan redimirnos. Tal vez baste con recuperar aquella sencilla oración que una mujer franciscana repetía mientras recorría silenciosamente los caminos de la solidaridad. Una oración que, más allá de la fe o de las ideologías, sigue conteniendo una verdad elemental para Colombia:

Que donde haya odio, pongamos amor.
Que donde haya ofensa, sembremos perdón.
Que donde haya discordia, construyamos unión....

Y que algún día podamos decir que aprendimos, por fin, a convivir sin destruirnos....

¡¡EL MITO DE SÍSIFO Y LA REALIDAD DE NARIÑO!!Para escribir esta reflexión tengo que recordar a mi amigo Xócimo Cepeda, q...
23/05/2026

¡¡EL MITO DE SÍSIFO Y LA REALIDAD DE NARIÑO!!

Para escribir esta reflexión tengo que recordar a mi amigo Xócimo Cepeda, quien hace algunos días, en medio de una conversación sobre literatura y filosofía alrededor de una taza de café, evocó el viejo mito griego de Sísifo y su condena eterna. Casi sin pensarlo, relacioné aquella historia con mi departamento de Nariño, porque en Colombia existen regiones periféricas cuyo destino parece haber sido escrito para cargar piedras cuesta arriba por una montaña interminable.

Y no hablo únicamente de piedras metafóricas. Hablo de montañas enteras de abandono, burocracia, promesas incumplidas, discursos grandilocuentes y proyectos eternamente inconclusos. Allí apareció con absoluta claridad la imagen perfecta para explicar la tragedia histórica del sur colombiano.

Fue Albert Camus quien convirtió El mito de Sísifo en un símbolo universal del absurdo humano: un hombre castigado por los dioses del Olimpo a subir eternamente una enorme roca hasta la cima de una montaña, solo para verla rodar nuevamente hacia el abismo. Camus veía en Sísifo la representación del ser humano moderno: condenado a repetir esfuerzos aparentemente inútiles, pero obligado a encontrar dignidad en la persistencia. Nariño entiende demasiado bien ese castigo.

Desde su creación en 1904, hace ya ciento veintidós años, este departamento ha vivido empujando la misma piedra. Su primer gobernador, Julián Bucheli, imaginó una región conectada con el mundo, articulada con el Pacífico, integrada con el Ecuador y abrazada por la Amazonía hasta alcanzar el Atlántico. Mientras buena parte del país todavía viajaba a lomo de mula y discutía disputas parroquiales, Bucheli soñaba con corredores internacionales, puertos estratégicos, integración continental y comercio interoceánico; el estaba mirando el siglo XXI desde finales del siglo XIX y principios del XX. Pero Colombia, fiel a su vieja costumbre republicana, decidió archivarlo; su pecado geográfico fue haber nacido demasiado lejos de Bogotá.

Bucheli comprendió algo que todavía muchos dirigentes nacionales y regionales no terminan de entender: Nariño jamás podría desarrollarse viviendo encerrado entre montañas y de espaldas al mar. Mientras el centro del país miraba obsesivamente hacia el río Magdalena, él miraba hacia el Pacífico. Mientras otros soñaban con haciendas, él imaginaba puertos. Mientras Bogotá apenas veía a Nariño como una provincia lejana y turbulenta, Bucheli entendía que esta esquina del continente poseía una ubicación geopolítica excepcional: conexión natural con el Pacífico; articulación estratégica con Ecuador; acceso potencial a la Amazonía; salida hacia Brasil y el Atlántico; y capacidad de convertirse en un eje bioceánico de enorme importancia continental.

Hoy los tecnócratas descubren esas ideas con nombres sofisticados como “integración multimodal”, “corredores logísticos” o “plataformas geoestratégicas”. Bucheli ya hablaba de ello cuando Colombia todavía confundía desarrollo con discursos patrióticos, estatuas de mármol y retratos solemnes de próceres colgados en oficinas públicas. Pero este país tiene una habilidad extraordinaria: convertir las grandes visiones regionales en archivos polvorientos y las oportunidades históricas en ceremonias de inauguración sin obra terminada.

Desde entonces comenzó el ritual nacional; cada cuatro años en cada en las campañas presidenciales se promete la conexión al Pacífico.; cada gobierno revive el puerto de aguas profundas; cada ministro anuncia la integración amazónica y de contera cada candidato descubre, con conmovedora sorpresa electoral, “el enorme potencial del sur”.... Pero después la piedra vuelve a caer, siempre cae.

La carretera al mar continúa atrapada entre derrumbes, inseguridad, paros, contratos eternos y presupuestos mutilados. La vieja conexión ferroviaria Tumaco – El Diviso – Puerto Asís desapareció como desaparecen en Colombia las ideas incómodas para el centralismo: lentamente, en silencio y sin responsables.

La integración con Ecuador avanza más por necesidad espontánea y muchas veces por el contrabando, que por una verdadera política binacional seria y planificada. Y la Amazonía sigue siendo una palabra hermosa para adornar discursos ambientales, mientras las conexiones multimodales continúan siendo promesas gaseosas pronunciadas en auditorios con aire acondicionado. Mientras tanto, Nariño permanece atrapado en la paradoja más absurda del país: tener una posición geográfica privilegiada y vivir aislado como si fuera una isla medieval rodeada no de océanos, sino de indiferencia estatal.

En la tragedia griega eran los dioses quienes condenaban a Sísifo; en Colombia el castigo tiene otro nombre: centralismo. Durante décadas el país construyó un modelo político y económico diseñado para que casi todo gravitara alrededor de Bogotá y, en menor escala, Medellín, Cali y Barranquilla. El resto debía conformarse con las sobras presupuestales, los discursos patrióticos y las visitas ministeriales cuando ocurría una tragedia, un paro indígena o un bloqueo camionero.

La infraestructura nacional fue diseñada casi como si Colombia terminara en Popayán. Por eso Nariño aprendió a sobrevivir entre carreteras frágiles, presupuestos recortados y funcionarios que descubren el sur únicamente cuando explota un conflicto fronterizo, un carro bomba, colapsa un puente o se bloquea la vía Panamericana. Y por eso la historia de Bucheli resulta tan dolorosamente contemporánea: porque sus sueños siguen siendo exactamente los mismos proyectos pendientes de hoy.

Pero hay algo todavía más trágico en esta versión "sureña" del mito de Sísifo: mientras la región empuja la roca del desarrollo, otros aprendieron a enriquecerse en las grietas del abandono. Porque donde no llegan carreteras, puertos, universidades e inversión legal, inevitablemente llegan otros poderes. Las mafias y las economías ilegales no aparecen por generación espontánea. Florecen allí donde el Estado administra territorios completos desde la distancia, la negligencia y la indiferencia.

Hoy buena parte de esta esquina estratégica de Colombia terminó convertida en corredor del narcotráfico, laboratorio de economías ilegales, territorio de minería criminal y escenario de bandas armadas disfrazadas de insurgencia que comprendieron mucho más rápido que el propio Estado el valor estratégico del Pacífico nariñense, de la frontera ecuatoriana y de los corredores amazónicos. La ironía produce escalofríos. Mientras algunos gobiernos todavía discuten si Nariño “tiene potencial estratégico”, las mafias lo entendieron hace décadas.

Es decir, el crimen organizado entendió antes que la propia República el sueño de Julián Bucheli. Y eso debería producir algo más que consejos de seguridad televisados e informes técnicos llenos de eufemismos burocráticos. Debería producir vergüenza histórica.

Ha llegado la hora de exigir, con rigor técnico y no con folclorismos electorales, que Colombia deje de mirar a Nariño como un rincón marginal y empiece a entenderlo como una oportunidad geopolítica continental. Porque esta no es cualquier frontera; aquí convergen: el Pacífico; la conexión andina con Suramérica; las rutas hacia Asia; la Amazonía; y uno de los corredores geográficos más importantes del continente. Pocas regiones poseen semejante ubicación estratégica y pocas han sido tan desperdiciadas por sus propios gobiernos. (locales, regionales y nacionales)

Durante décadas nos ofrecieron patriotismo, pero no infraestructura. Nos hablaron de soberanía, mientras el abandono entregaba territorios enteros a las economías ilegales. Nos prometieron integración, mientras las comunidades fronterizas sobrevivían prácticamente solas. Y luego algunos funcionarios aparecen sorprendidos porque el narcotráfico ocupa espacios donde nunca llegó el desarrollo. Es como abandonar una casa durante años y luego indignarse porque alguien más terminó habitándola.

Por eso, frente a las próximas elecciones presidenciales, Nariño debería exigirles a todos los candidatos, sin importar su ideología, menos discursos heroicos y más compromisos verificables. Porque el departamento ya está cansado de servir como escenario para caravanas políticas, abrazos cuidadosamente fotografiados y promesas solemnes, mientras las obras reales siguen atrapadas en estudios, consultorías y maquetas digitales. Las prioridades son evidentes y perfectamente posibles.

La terminación de la vía Pasto – Mocoa, incluyendo la variante San Francisco – Mocoa y la conexión Santiago – El Encano – Pasto, no es un capricho regionalista; es una necesidad estratégica nacional.
Ese corredor permitiría: conectar el sur andino con la Amazonía y el centro del país; fortalecer el comercio; integrar territorios históricamente aislados; consolidar presencia estatal; y abrir rutas hacia Brasil y el Atlántico.

Pero en Colombia ciertas obras adquieren una dimensión casi filosófica: duran tanto tiempo inconclusas que terminan convirtiéndose en patrimonio emocional de varias generaciones.
Hoy muchos jóvenes escuchan hablar de la variante San Francisco – Mocoa exactamente igual a como sus abuelos escuchaban hablar del antiguo ferrocarril de Nariño: como un mito nacional sobre algo maravilloso que supuestamente algún día llegará.

La doble calzada Pasto – Popayán, incluyendo la variante Timbío – El Estanquillo, tampoco debería seguir atrapada en el museo republicano de las promesas incumplidas. La Panamericana no es simplemente una carretera; es la arteria vital que conecta al sur de Colombia con el resto del país y con Suramérica. Sin embargo, cada derrumbe deja a Nariño suspendido en una especie de insularidad terrestre absurda, como si una región completa pudiera quedar aislada en pleno siglo XXI mientras en Bogotá continúan organizando foros sobre competitividad, logística e integración nacional. Resulta incluso irónico escuchar ciertos discursos oficiales sobre “modernización económica”, mientras miles de ciudadanos siguen viajando por una vía cuya fragilidad parece diseñada por enemigos del progreso.

Y quizá el símbolo más dramático de este fracaso histórico sea el eterno aplazamiento de un puerto de aguas profundas en el Pacífico nariñense. Mientras Perú avanza con proyectos como el mega puerto de Puerto de Chancay, concebido con inversión china como plataforma estratégica hacia Asia, Colombia continúa observando el Pacífico como si fuera únicamente una postal turística, una zona de conflicto o un lugar apropiado para discursos acompañados de marimba y fotografías folclóricas. El mundo está girando hacia el Pacífico. Asia domina buena parte del comercio global. Las nuevas rutas marítimas están redefiniendo la economía planetaria.

Y Colombia, poseedora de una ubicación privilegiada sobre ese océano, sigue comportándose como un país encerrado mentalmente entre montañas burocráticas. Un puerto moderno en el Pacífico nariñense transformaría: la logística nacional; el comercio exterior; la integración regional; el empleo; y la competitividad del sur colombiano. Pero aquí seguimos atrapados entre estudios, anuncios, aplazamientos y primeras piedras inauguradas con extraordinario entusiasmo… sobre proyectos que jamás comienzan.

Y quizá la discusión más incómoda aparece cada cuatro años, cuando los candidatos presidenciales descubren milagrosamente que Nariño existe. Aterrizan caravanas políticas. Aparecen abrazos con campesinos o indígenas cuidadosamente fotografiados. Se multiplican los discursos sobre “la deuda histórica con el sur”.
Y los mismos que jamás lograron terminar una carretera de dos carriles comienzan a hablar con solemnidad de competitividad global, integración continental y transformación regional.

La escena se repite con una fidelidad casi religiosa. Cambian los colores de las campañas, cambian los slogans y cambian las ideologías, pero el libreto permanece intacto: prometer el Pacífico, anunciar la Panamericana y jurar que “ahora sí llegó la hora del sur”. Luego pasan las elecciones y la piedra vuelve a caer.... desde la cima de las promesas.

Tal vez ha llegado el momento de que Nariño deje de votar únicamente movido por emociones ideológicas o fanatismos partidistas, y comience a votar con memoria histórica y sentido estratégico. No se trata de abandonar convicciones políticas; se trata de entender que ningún discurso nacional tiene sentido si el territorio continúa aislado, atrapado entre derrumbes, bloqueos, abandono e infraestructura inconclusa. El compromiso que debe exigir el sur no puede reducirse a escuchar discursos épicos desde tarimas improvisadas. Debe traducirse en proyectos concretos, cronogramas verificables y financiación garantizada dentro del próximo Plan Nacional de Desarrollo.

Porque en Colombia existe una vieja tradición política profundamente creativa: prometer obras gigantescas sin un solo peso asignado. Es una especie de realismo mágico presupuestal donde los discursos inauguran carreteras imaginarias, los renders sustituyen a las excavadoras y las maquetas terminan siendo las únicas obras realmente concluidas.

Por eso Nariño debería exigir compromisos específicos y medibles:
financiación real para la variante San Francisco – Mocoa; culminación de la doble calzada Pasto – Popayán; estructuración definitiva de un puerto de aguas profundas en el Pacífico nariñense;
consolidación de una verdadera zona de integración fronteriza con Ecuador; y una estrategia seria de conexión amazónica y bioceánica.

No más promesas abstractas sobre “impulsar el desarrollo del sur”.
No más discursos sentimentales sobre “el pueblo valiente de Nariño”. No más patriotismo ceremonial acompañado de abandono presupuestal. Porque el problema no es que Colombia no tenga diagnósticos sobre Nariño; el problema es que llevamos décadas archivando diagnósticos mientras las mafias avanzan más rápido que las excavadoras y los derrumbes tienen mayor estabilidad que las políticas públicas.

Tal vez la forma más digna de romper finalmente el mito de Sísifo no consista únicamente en seguir empujando la piedra, sino en dejar de entregarle el voto a quienes llevan décadas viviendo precisamente de verla caer. Porque hay algo todavía más absurdo que el castigo de Sísifo: elegir eternamente a quienes contemplan cómo la roca vuelve al abismo mientras prometen, elección tras elección, que ahora sí van a ayudar a subirla.

Camus decía que el absurdo nace cuando el ser humano comprende la distancia entre sus aspiraciones y la realidad.
Pocas cosas más absurdas que observar una región con salida al Pacífico, frontera internacional, potencial amazónico y ubicación estratégica continental… condenada durante más de un siglo al aislamiento, la pobreza estructural y la improvisación. Y, sin embargo, aquí seguimos. Empujando la piedra.

Insiste el campesino que sigue sembrando en las montañas; insisten los habitantes del Pacifico nariñense mirando al Pacífico como quien contempla una puerta todavía cerrada hacia el futuro.
Insisten los empresarios sobreviviendo a carreteras destruidas.
Insisten las universidades formando talento en medio de la precariedad. Insisten los soñadores que todavía hablan de corredores bioceánicos, puertos profundos e integración continental.

Tal vez esa sea la verdadera lección del mito de Sísifo aplicada a Nariño: no basta con resistir; también hay que exigir, con dignidad, memoria y terquedad histórica, que algún día dejen de poner la montaña en contra nuestra....

Y quizá, cuando eso ocurra, este pueblo aprenda finalmente a coronar solo la montaña y dejar la piedra en la cima como el símbolo definitivo de una región AUTONOMA que logró vencer, después de más de un siglo, al viejo y odioso centralismo colombiano......... Esta historia continuara.... porque ya vienen las elecciones.....?????.

¡¡EN CHINA, DONALD TRUMP MOSTRO SU VERDADERO ROSTRO¡¡Esta nota, tiene su origen en una conversación que tuve en estos dí...
17/05/2026

¡¡EN CHINA, DONALD TRUMP MOSTRO SU VERDADERO ROSTRO¡¡

Esta nota, tiene su origen en una conversación que tuve en estos días, con un entrañable amigo del colegio; uno de los temas finales de ese improvisado coloquio, fueron las elecciones en Colombia, el voto y los candidatos; casi al finalizar la charla mi amigo puso al presidente Donald Trump como ejemplo de lo que puede ser un presidente y espejo para las elecciones en Colombia; ante esa amable insinuación yo le respondí desde mi postura "anarco-demócrata" que fraternalmente no estaba de acuerdo y le expuse mis impresiones frente a ese "personaje" y le sustente mi postura con lo que acabó de pasar la semana pasada en Pekín y que intentaré resumir en este espacio.

Empecemos diciendo que: hay reuniones diplomáticas que pueden transforman el planeta; pero hay otras cómo la que acaba de terminar en China, que simplemente evitan que el planeta explote mientras los mercados financieros hiperventilan, como corredores de bolsa encerrados en un ascensor. La reciente reunión entre Donald Trump y Xi Jinping (14 y 15 de mayo de 2026) pertenece, por ahora, a esta segunda categoría. No hubo paz universal, no desaparecieron las tensiones sobre Taiwán; no se acabó la guerra comercial. Y desde luego, Trump no regresó a EEUU convertido en un super "líder mundial" con peluquín naranja.

Pero sí ocurrió algo mucho más importante, para el verdadero dios del "capitalismo contemporáneo": el petróleo dejó de dispararse durante unas horas y Wall Street dejó de sudar gasolina premium; porque detrás de las fotografías diplomáticas, los apretones de manos y los discursos sobre “cooperación estratégica”, estaba el verdadero protagonista de la reunión: el estrecho de Ormuz.

Si ese pequeño corredor marítimo por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial y buena parte del gas natural licuado del planeta. Un estrecho tan importante que cuando se altera, el mundo entero empieza a sentir síntomas de abstinencia energética; eso al menos es lo que dice: "The Economic Times"; por eso el "matón de barrio" (léase Trump) descubrió que las guerras sí cuestan dinero, si se asumen directamente y que pueden colapsar su ya asfixiada economía.

Durante años, Trump nos ha vendido la idea de que la geopolítica podía manejarse, como los episodios televisivos de "El aprendiz": esto es a punta de amenazas, sanciones, aranceles, discursos rimbombantes y selfies patrióticas. La teoría era simple: gritar fuerte, intimidar al adversario y luego esperar que los mercados aplaudieran. Pero el mundo real tiene la desagradable costumbre de enviar facturas y la cuenta de cobro llegó desde Ormuz y por supuesto desde el gigante asiático.

La tensión militar con Irán, el cierre parcial del estrecho, el aumento de primas de seguros marítimos y el disparo del precio del petróleo comenzaron a golpear directamente la economía estadounidense; la gasolina subió, los mercados se desplomaron y el fantasma de la inflación volvió a aparecer como un cobrador de impuestos medieval; eso es lo que dice el medio digital: "MarketWatch".

La ironía histórica es casi obscena: Trump pasó años insultando el multilateralismo y a la ONU, debilitando alianzas y lanzando guerras comerciales… para terminar viajando a Beijing a pedirle ayuda a China para estabilizar el comercio global. Es decir: el sheriff del mundo terminó llamando al "banquero"; para que le ayudara a proteger su propia casa.

Pero hay un detalle muy revelador de este viaje; cuál fue el verdadero gabinete que acompañó a Trump en su viaje a China: sus compañeros de viaje no fueron únicamente la delegación diplomática oficial; sino más bien la junta directiva del capitalismo global; ya que los nombres mencionados por las agencias: Reuters, Bloomberg y otros medios internacionales fueron: Elon Musk,
Tim Cook, Larry Fink, Jane Fraser, David Solomon y Jensen Huang, dueños y altos ejecutivos de las empresas más grandes del mundo como: Boeing, Qualcomm, Visa, Mastercard, Cargill, GE Aerospace e Illumina.

Es decir, la gente que realmente tiene un "super poder" en el siglo XXI, no fueron a China por turismo cultural; nadie cruza el Pacífico para admirar la Ciudad Prohibida mientras el petróleo amenaza con destruir las cadenas logísticas mundiales. Fueron porque el capitalismo global estaba entrando en pánico. Tesla necesitaba estabilidad para su mercado chino. Apple necesitaba mantener sus cadenas de suministro. BlackRock necesitaba evitar otro terremoto financiero global. Nvidia necesitaba seguir vendiendo chips. Boeing necesitaba pedidos. Goldman Sachs necesitaba que el mundo siguiera existiendo unas semanas más.

Y todos entendieron algo que: "el simpático" Trump nunca comprendió: esto es qu las guerras modernas ya no se ganan solamente con portaaviones; se ganan controlando cadenas logísticas, minerales estratégicos, energía, inteligencia artificial y rutas marítimas. China lo entendió hace más de veinte años y Washington apenas está comenzando a sospecharlo; es decir mientras Xi Jinping jugaba ajedrez, Trump seguía jugando póker o golf; la diferencia entre ambos líderes fue brutalmente evidente; ya que mientras Trump llegó buscando resultados inmediatos; Xi apareció pensando y planificando para los próximos treinta años.

Trump necesitaba que China ayudara a contener la crisis de Ormuz, porque la economía estadounidense comenzaba a "agrietarse" peligrosamente. Reuters reconocía que Trump llegaba a Beijing con “la mano debilitada” por la inflación, la guerra y la presión económica interna. Xi, en cambio, lo esperaba tranquilo; porque China hace rato diversificó mercados, consolidó reservas estratégicas, expandió su influencia energética y construyó relaciones con el Medio Oriente y el mundo sin disparar un solo misil.

Mientras Estados Unidos gastaba billones de dólares exportando "democracia" con drones y portaaviones, China exportaba puertos, carreteras, fibra óptica y créditos. O dicho en términos más simples; EEUU atacando y destruyendo países y el otro comprándolos lentamente; el resultado está a la vista; solo basta revisar en el mapa mundo en donde esta llegando China con sus inversiones y productos y de dónde esta saliendo el "coloso del norte".

La gran tragedia económica estadounidense, es que este país todavía quiere sostener un imperio global, que ya no existe; puesto que ya no tiene la fortaleza fiscal, ni industrial de los años noventa del siglo XX; ya que su deuda pública estadounidense supera niveles históricamente delicados, mientras los costos militares, logísticos y energéticos aumentan peligrosamente. Y aquí aparece el verdadero drama: Washington necesita estabilidad global para sostener el dólar y controlar la inflación; pero su propia política exterior muchas veces produce exactamente lo contrario.

Es cómo la economía de un "pirómano": esto es provocar incendios y luego sorprenderse porque sube el precio del agua. La crisis de Ormuz demostró precisamente eso. Cuando el petróleo superó los 100 dólares por barril y los mercados comenzaron a desplomarse, Trump entendió algo aterrador: ni siquiera Estados Unidos puede controlar solo el sistema mundial.

Mientras Occidente sigue atrapado en guerras culturales y campañas electorales convertidas en espectáculos televisivos, China y Rusia avanzan con una lógica mucho más fría. China aporta:
manufactura, tecnología, financiamiento e infraestructura. Por su parte Rusia aporta: energía, recursos naturales y capacidad militar. Estas dos grandes potencias, no son aliados sentimentales; son socios funcionales y frente a un Estados Unidos desgastado por guerras interminables, polarización política y déficit fiscal, esa combinación resulta extraordinariamente eficiente. En esencia entonces mientras Washington habla de un extraño "liderazgo moral". Beijing y Moscú hablan de corredores energéticos y es bueno recordar que el mercado, naturalmente, escucha al que controla la energía.

Por su parte la Unión Europea sigue apareciendo como ese aristócrata elegante que llega impecablemente vestido a una pelea callejera. Mucho discurso; mucho protocolo; mucho seminario climático. Pero cuando el petróleo sube y el gas escasea, Europa vuelve a descubrir su vieja fragilidad estructural: dependencia energética, debilidad militar y subordinación estratégica frente a Washington. Mientras China negocia silenciosamente y Estados Unidos presiona con amenazas, Bruselas organiza conferencias; muy refinado todo; muy civilizado; muy inútil en medio de una crisis energética global.

Y finalmente nuestra América Latina observa este nuevo tablero mundial con la misma mezcla histórica de oportunidad y resignación; con la honrosa excepción de Brazil y algo de Mexico.
China avanza comprando litio, cobre, puertos, alimentos y telecomunicaciones. Estados Unidos intenta a la brava como en el caso de Venezuela conservar influencia y reservas de petroleo. Europa busca materias primas. Rusia vende energía y armamento. Todos quieren algo; mientras tanto América Latina sigue corriendo el riesgo de hacer lo que mejor sabe hacer desde hace siglos: exportar recursos baratos e importar dependencia cara.

La región podría aprovechar este nuevo orden multipolar para negociar mejor, industrializarse y fortalecer soberanía económica; pero para eso necesitaría algo extremadamente escaso en la política latinoamericana: visión estratégica de largo plazo.

Digamos finalmente que la reunión Trump-Xi no resolvió la crisis mundial; pero sí dejó una verdad absolutamente evidente: Estados Unidos ya no puede ordenar solo el planeta. Y China ya no necesita desafiar frontalmente a Washington para convertirse en la potencia decisiva del siglo XXI. Le basta esperar, negociar, invertir, comprar y conectar. Y dejar que Estados Unidos se desgaste intentando seguir siendo policía, juez y bombero del mundo al mismo tiempo.

Trump, mientras tanto, continúa creyendo que la geopolítica funciona como un mitin electoral: mucho ruido, mucho ego, mucho eslogan, y una fe conmovedora en que los problemas complejos pueden resolverse gritando más fuerte.

Pero el petróleo no escucha discursos; los mercados no votan; la inflación no aplaude. Y finalmente una verdad que la avala la historia universal: los imperios, incluso los más arrogantes, también envejecen y finalmente desaparecen.......

Fuentes consultadas para esta nota:

reuters.com⁠
bloomberg.com⁠
marketwatch.com

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