01/06/2026
¡¡UNA PLEGARIA POR LA PAZ DE COLOMBIA¡¡
Colombia acaba de atravesar una de las campañas presidenciales más tensas, agresivas y polarizadas de las últimas décadas. Los resultados divulgados por la registraduría en los boletines de la noche confirman una nación profundamente fragmentada, donde ningún liderazgo logró convertirse en un verdadero punto de encuentro nacional y donde la confrontación terminó imponiéndose sobre la construcción de consensos. Con más del 99 % de las mesas informadas, Abelardo de la Espriella obtuvo más de 10,4 millones de votos, equivalentes al 43,7 % de la votación; Iván Cepeda alcanzó cerca de 9,7 millones de sufragios, correspondientes al 40,9 %; Paloma Valencia registró poco más de 1,6 millones de votos, alrededor del 6,9 %; mientras que Sergio Fajardo obtuvo cerca del 4,3 %.
Las cifras no sólo configuran una segunda vuelta presidencial (entre de la Espriella y Cepeda); también revelan un país dividido en mitades políticas que se observan con creciente desconfianza; pero más inquietante que los porcentajes es el ambiente que dejó esta campaña; durante meses asistimos a una degradación progresiva del debate público; las propuestas de fondo sobre educación, salud, productividad, infraestructura, seguridad, ciencia, desarrollo regional o fortalecimiento institucional quedaron frecuentemente relegadas, frente al espectáculo permanente de las redes sociales, las polémicas calculadas, las frases incendiarias y el enfrentamiento emocional.
La política comenzó a parecerse más a una competencia por la viralización que a una discusión seria sobre el futuro del país; los algoritmos premiaron la indignación; las plataformas amplificaron el escándalo; las descalificaciones obtuvieron más atención que los argumentos y las emociones terminaron desplazando a las ideas. Las declaraciones cada vez más agresivas y disonantes de distintos candidatos, dirigentes y sectores políticos contribuyeron a profundizar una peligrosa espiral de violencia verbal. En lugar de reducir las tensiones, muchos optaron por alimentarlas; el contradictor dejó de ser un ciudadano con una visión distinta para convertirse en una amenaza moral que debía ser derrotada, desacreditada o humillada públicamente y cuando una democracia comienza a normalizar el lenguaje de la confrontación permanente, inevitablemente se acerca a la lógica de la violencia.
Las palabras importan. Importan porque preparan el terreno emocional sobre el que después actúan las sociedades. Importan porque ningún país puede construir convivencia si convierte el odio en estrategia electoral. Importan porque Colombia conoce demasiado bien las consecuencias históricas de transformar las diferencias políticas en enemistades irreconciliables; por eso, más allá de quién llegue finalmente a la Casa de Nariño, estas elecciones dejan una pregunta mucho más profunda y mucho más urgente: ¿estamos construyendo una democracia más madura o simplemente perfeccionando nuevas formas de destruirnos entre nosotros?. Ya que cuando se terminan los discursos y se cuentan los votos, los problemas reales continúan intactos. Siguen allí: una salud moribunda, la desigualdad, la pobreza, la corrupción, la violencia, la crisis educativa, el abandono de las regiones y la falta de oportunidades para millones de colombianos. Y ninguno de esos problemas se resolverá destruyendo al vecino que piensa distinto.
Por eso, antes de seguir hablando de vencedores o de derrotados, quiero continuar este artículo hablando de mi madre, que detestaba la violencia y era una convencida de la acción social y la búsqueda de la paz. Por supuesto vuelven a mi memoria escenas de mi infancia; la recuerdo caminando por la casa mientras realizaba las tareas cotidianas, y la escuchaba repitiendo una oración que, según decía, pertenecía a San Francisco de Asís y que quedó grabada para siempre en mi memoria:..."Señor, hazme instrumento de tu paz. Donde haya odio, ponga yo amor. Donde haya ofensa, perdón. Donde haya discordia, unión..."
No era una plegaria que simplemente repetía; era su manera de entender la vida. Mi madre era docente de formación, pero su verdadero magisterio no lo ejerció en las aulas; lo ejerció en las calles, en los hospitales, en los barrios, en los hogares humildes y en todos aquellos lugares donde alguien necesitara una mano solidaria, una palabra de aliento o una presencia fraterna. Durante toda su vida perteneció a la Orden Franciscana Seglar y acompañó con entrega ejemplar las innumerables obras impulsadas por la comunidad capuchina en Pasto. Su fe no se limitaba a los templos ni a los rezos diarios o dominicales; la convertía en acción concreta, en servicio y compromiso con los demás.
Participó y apoyó iniciativas educativas, sociales y comunitarias que dejaron una huella profunda en nuestra región. Entre ellas, el legado de instituciones como la Institución Universitaria “María Goretti” y muchas otras obras construidas silenciosamente por generaciones de hombres y mujeres que comprendieron que la caridad no consiste únicamente en sentir compasión, sino en comprometerse con el sufrimiento ajeno. Para ella, la acción social era tan importante como la oración. Nunca separó la fe de la solidaridad ni la espiritualidad del servicio. Entendía que rezar carecía de sentido si no iba acompañado de una mano tendida hacia quien sufría. Su evangelio no estaba hecho de discursos grandilocuentes, sino de gestos concretos; por eso aquella oración tenía tanta fuerza: no era una teoría ni una consigna; era una práctica cotidiana de vida.
Cuando era niño no comprendía plenamente el alcance de ese mensaje. Hoy, varias décadas después, lo entiendo mejor que nunca, y quizás por eso vuelvo a él precisamente ahora, en este momento crucial para Colombia. Porque si algo predominó durante esta campaña electoral no fue la paz, sino la confrontación; no fue la unión, sino la división; no fue la reconciliación, sino el resentimiento. Durante meses vimos cómo los adversarios políticos dejaron de ser contradictores para convertirse en enemigos. Las diferencias ideológicas se transformaron en trincheras morales. Las redes sociales se llenaron de insultos, sospechas, descalificaciones y amenazas. El miedo se convirtió en estrategia electoral y el odio en combustible político.
Muchos hablaron de esperanza mientras alimentaban temores. Otros invocaron la unidad mientras profundizaban las fracturas existentes. Y así llegamos a unas elecciones que, por momentos, parecían más una guerra que una celebración democrática. Lo más paradójico es que esto ocurre en un país que se proclama creyente. Un país donde millones de personas se reconocen como católicas o cristianas. Un país donde abundan las procesiones, las novenas, las peregrinaciones, los cultos y las manifestaciones públicas de fe. Pero también un país donde con demasiada frecuencia olvidamos las enseñanzas esenciales que decimos profesar.
El mensaje de Cristo no estaba construido sobre el odio. No invitaba a humillar al adversario ni promovía la destrucción moral del contradictor. No convertía el resentimiento en programa político. Por el contrario, insistía una y otra vez en el perdón, la reconciliación y el amor al prójimo. Y, sin embargo, pareciera que en los últimos años muchos hemos sustituido el evangelio por el fanatismo partidista. Nos resulta más fácil perdonar un acto de corrupción que una opinión política diferente. Nos cuesta más aceptar una derrota electoral que rezar una novena. Hablamos de fraternidad mientras insultamos al vecino que votó distinto. Invocamos a Dios en los discursos y, al mismo tiempo, sembramos odio en las conversaciones.
Mi madre, que dedicó buena parte de su existencia al servicio silencioso de los demás, probablemente nunca escribió tratados sobre construcción de paz ni participó en seminarios sobre resolución de conflictos. Pero comprendía algo fundamental que nosotros parecemos haber olvidado: ninguna sociedad puede sobrevivir indefinidamente alimentándose de odio. Y Colombia debería saberlo mejor que nadie.
Nuestra historia está atravesada por heridas abiertas; durante generaciones hemos aprendido a mirar al adversario como una amenaza y a convertir las diferencias en motivos de confrontación. Cambiaron las épocas, los discursos y los protagonistas, pero la tentación de dividir a los colombianos entre “patriotas y traidores”, salvadores y enemigos ha permanecido demasiado tiempo entre nosotros. Hemos pagado un precio demasiado alto para seguir alimentando esa lógica. Colombia necesita algo más importante que una victoria electoral. Necesita desarmar los espíritus. Necesita bajar el tono de la confrontación. Necesita aprender nuevamente a escucharse. Necesita reconciliarse consigo misma. Necesita recordar que ningún proyecto político puede construirse sobre el resentimiento permanente.
Y en este punto vuelvo una vez más a la voz de mi madre; la vida me llevó por caminos distintos a los suyos. Con los años desarrollé una mirada “agnóstica” sobre el mundo y sobre muchas de las certezas religiosas que acompañaron su existencia. No heredé todas sus creencias, pero sí heredé algo mucho más valioso: su profundo sentido de humanidad. Porque más allá de los dogmas, de las iglesias y de las discusiones teológicas, ella me enseñó que la solidaridad tiene valor por sí misma; que el sufrimiento ajeno nunca puede sernos indiferente; que la compasión no necesita credenciales ideológicas; y que la paz comienza cuando somos capaces de reconocer la dignidad del otro.
Tal vez por eso, cuanto más pasan los años, más comprendo la sabiduría que encerraban aquellas palabras que repetía como una plegaria y como una forma de vivir. No necesito compartir todas sus convicciones religiosas para reconocer la profundidad de su mensaje. No necesito profesar su misma fe para entender que una sociedad no puede construirse sobre el odio. No necesito creer en los mismos misterios que ella creía para aceptar que el perdón sigue siendo una de las herramientas más poderosas de la condición humana. Mi madre veía en esas palabras una expresión de su fe franciscana. Yo veo en ellas una lección universal de convivencia. Ella las pronunciaba pensando en Dios. Yo las escucho ahora pensando en Colombia.
Y ambos terminamos llegando al mismo lugar: la necesidad urgente de reemplazar el odio por la comprensión, la ofensa por el perdón y la discordia por la reconciliación. Después de todo, cuando termine la celebración de unos y la tristeza de otros; cuando se apaguen los discursos, los titulares y las consignas; cuando las redes sociales busquen una nueva batalla y la política continúe su curso inevitable, los colombianos seguiremos compartiendo la misma tierra, los mismos desafíos y el mismo destino. Por eso, quizás el acto más revolucionario que podamos realizar hoy no sea defender una victoria ni lamentar una derrota.
Quizás sea algo mucho más difícil y mucho más necesario: renunciar al odio. Porque las elecciones terminan en una noche; pero la tarea de construir un país comienza cada mañana. Y tal vez, para emprender ese camino, no necesitemos nuevas consignas políticas ni nuevos caudillos que prometan redimirnos. Tal vez baste con recuperar aquella sencilla oración que una mujer franciscana repetía mientras recorría silenciosamente los caminos de la solidaridad. Una oración que, más allá de la fe o de las ideologías, sigue conteniendo una verdad elemental para Colombia:
Que donde haya odio, pongamos amor.
Que donde haya ofensa, sembremos perdón.
Que donde haya discordia, construyamos unión....
Y que algún día podamos decir que aprendimos, por fin, a convivir sin destruirnos....