11/04/2026
La calle Buenos Aires, la ciudad de Parral en aquellos años lejanos, se extendía como una cicatriz de polvo abierta al sol inclemente del verano, a las nubes errantes de las estaciones inciertas o a las lluvias torrenciales de los inviernos más severos. Era una calle de tierra, flanqueada por hileras de casas de adobe que, con sus muros fatigados y techos de tejas deslucidas, se erguían como guardianas inmóviles del tiempo, testigos mudos de vidas que nacían, crecían y partían. Alguna vez, a ambos lados del camino, se alzaban casas de adobe, humildes, de paredes gruesas y alma tibia, con techos de teja que crujían al paso del viento. Cada una guardaba historias que ya nadie cuenta, risas que se apagaron, llantos que se secaron como la tierra en verano.
Hoy, sólo quedan huellas disimuladas, borradas por edificaciones nuevas, sombras que el sol no alcanza a borrar. El adobe, sacudido por el temblor, se desmoronó; la lluvia lo deshizo, el tiempo lo borró, el olvido lo sepultó sin epitafio.
Donde antes se cocinaba pan y se tejían sueños al calor del fogón, ahora se erigen viviendas modernas
Desde esas moradas humildes, a veces los vecinos se asomaban a puertas y ventanas para contemplar un rito inseparable de la existencia: el paso lento y grave de los cortejos fúnebres, que avanzaban con la pesadumbre de lo inevitable hacia el camposanto. El murmullo sombrío de las plegarias de la multitud que los seguía se confundía con el crujir de las ruedas de los carrozas y el repique apagado de los cascos de caballos engalanados para la última travesía. Sobre la tierra húmeda y los charcos, cada sonido parecía resonar con un eco de eternidad.
Los niños, sorprendidos en sus juegos por la solemnidad del instante, guardaban silencio y observaban con ojos grandes y serios; las mujeres, ocultas tras los visillos, cruzaban las manos sobre el pecho en recogimiento; y los hombres, con ademán pausado, se descubrían los sombreros y se santiguaban en respeto. Entonces, la calle entera se convertía en un pasillo sagrado, en un corredor de recogimiento que llevaba siempre al mismo umbral: el cementerio parroquial de San José.
Allí, tras el arco donde aún se leía la palabra “PAX”, los portones de hierro se abrían hacia un reino de quietud, donde el murmullo del mundo quedaba atrás y los cipreses alzaban sus sombras como custodios de los que dormían, abrazados para siempre por la calma del sueño eterno.
José Urrutia