03/10/2025
Jacinta y las Pelotitas mágicas
En los valles dorados del Limarí, donde el sol acaricia el gran cutama Tamaya y el viento susurra secretos olvidados, vivía Jacinta, una niña de 8 años, de origen Diaguita, su piel es cálida como el barro fértil de los valles, morena y luminosa al sol de la puna. Su cabello es negro azabache, rizado como las bajadas de las quebradas en invierno, que serpentean entre los cerros, y lo lleva largo, adornado con pequeñas trenzas que se entrelazan con lanas teñidas usando pigmentos naturales. Cada amanecer, guiaba a sus llamas y alpacas por los senderos de pasto tierno, cantando melodías heredadas de sus ancestros.
Pero una tarde cuando el guachoy se ocultaba y la Pachamama se vestía de sombras, comienza a llover con talcas, por lo que Jacinta no pudo volver a casa, comenzó a sentir un temblor en su pecho. Los ruidos de la noche —el aullido del zorro, el crujir de las ramas— la llenaban de temor. Se acurrucó junto a su rebaño, deseando que el alba llegara pronto.
Durante la noche, mientras las Guaras titilaban en el firmamento, una anciana chamana apareció en su sueño. Su rostro estaba surcado por los años y su voz era como el murmullo del Mayu, sus trenzas eran largas y blancas, había mucho humo y ricos olores naturales a su alrededor. Le entregó tres pelotitas tejidas con lana de llama, cada una con un color diferente: rojo como la tierra, azul como el cielo y verde como las plantas.
—Estas son las Pelotitas de la Calma, son mágicas —le dijo—. Cuando el miedo te abrace, sostenlas en tus manos, cierra los ojos, respira profundo y aprietas la pelota, luego sueltas la respiración lentamente y también la bolita tejida, para que haga su magia en ti, repite las veces que sean necesarias, cada uno a su tiempo. Ellas te conectarán con el latido de la Pachamama, te recordarán que no estás sola.
Al despertar repentinamente, Jacinta encontró unas bolitas junto a su lecho. Esa noche, al escuchar los sonidos que antes la asustaban, tomó las pelotitas, cerró los ojos y respiró como la chamana le había enseñado. Sintió cómo su corazón se aquietaba y una paz profunda la envolvía.
Finalmente, Jacinta ya no temía a la oscuridad, ahora la enfrentaba con valentía. Comprendió que la noche también era parte del ciclo sagrado de la vida. Aprendió que los ruidos extraños tienen un origen, desde entonces se dedicó a trasquilar, hilar y teñir la lana de llamas y alpacas, para tejer muchas pelotitas de la calma. Se fue de pueblo en pueblo enseñando a otros niños y niñas a usarlas y así, el regalo de la chamana se convirtió en un legado de serenidad y conexión con la Madre Tierra.
Autora: Eva Flores.