19/11/2025
Les presentamos "Los Andes, ciudad que me mira", cuento ganador del segundo lugar categoría juvenil del concurso Palabras a Los Andes.
Escrito por la talentosa Josefa Ode Donoso.
A veces siento que Los Andes me conoce mejor que yo misma. Sus calles, sus plazas, sus veredas y hasta los colectivos que nunca llegan a tiempo parecen tener memoria propia. Todo aquí tiene un recuerdo pegado, aunque uno no se dé cuenta. Era pleno verano y yo esperaba en la esquina de Esmeralda con Maipú. El sol caía fuerte, los autos tocaban bocina y un perro dormía bajo el kiosko como si nada. Me sentía aburrida y convencida de que no había nada nuevo por descubrir. Hasta que una señora mayor se sentó a mi lado. - ¿Hace mucho que esperas? - me preguntó, con la naturalidad de quien habla a una nieta que recién conoce. Le sonreí y comenzamos a conversar. Me contó que había nacido en el barrio Centenario, que de niña jugaba en la vereda mientras las vecinas sacaban sillas a la calle para conversar y vigilar que nadie se quedará atrás. Habló de las fiestas patronales en la parroquia, de los trenes llegando a la estación, de los desfiles por la calle Esmeralda. Cada palabra suya parecía cargar con la historia de la ciudad misma. Mientras ella hablaba, mis recuerdos aparecían sin que los buscara: los domingos en la plaza de armas con helados derritiéndose rápido, las tardes con amigos en la Plaza de los Picapiedra, los gritos del estadio que llegan, aunque no estés dentro, el río en Río Blanco corriendo como si quisiera llevarse todos los secretos de quienes caminamos por la ciudad. Pensé también en las ferias libres, donde el bullicio de los vendedores se mezcla con el olor a fruta recién cortada, en esas caminatas eternas por la Avenida Chacabuco donde siempre me encuentro con alguien conocido, y en los cerros que, aunque no hablen, parecen mirarnos desde arriba, recordándonos que Los Andes está rodeado de montañas que nos protegen y nos desafían al mismo tiempo. Me di cuenta de que Los Andes, no es sólo un lugar donde vivo. Es un corazón que late con todos nosotros, con las historias de antes y de ahora, con cada costumbre, cada barrio y cada rostro que se cruza. Una ciudad que te mira, que guarda memoria y nunca te olvida. Cuando llegó su colectivo, la señora me miró y dijo: - Hija, aunque te vayas lejos, Los Andes no te suelta. Se subió y desapareció entre el tráfico. Yo me quedé en la esquina, todavía esperando mi micro, pero distinta. Por primera vez entendí que mi ciudad es más grande de lo que parece, infinita en recuerdos y vida, que cabe en una esquina, en una conversación, en el olor a parrilla y en el murmullo de las montañas que la rodean. Desde ese día, cada vez que camino por las calles conocidas, no pienso que Los Andes es chico. Pienso que es un espejo que me devuelve a quien soy, con todo lo que fui y con todo lo que puedo ser. Y sé que, aunque algún día me vaya, esta ciudad siempre va a estar latiendo conmigo.