Siervo de Dios, Rvdo. Padre José Cappel Farfsing de Curepto

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Siervo de Dios, Rvdo. Padre José Cappel Farfsing de Curepto En Memoria y Honor del Siervo de Dios Reverendo Padre José Cappel Farfsing m.m. de Curepto. AMÉN. Su destino recayó en Chile. Autor: Mons. José. El P.

Padre Dios, Santo, Bueno y Misericordioso,te damos gracias por tu Hijo Jesús, hermano nuestro, que tuvo piedad con tantos necesitados cuando fue uno como nosotros. A Él, el Padre José Cappel F., Misionero deMaryknoll, consagró su vida, la que dio enteraa tus preferidos: los enfermos, los pobres,tristes y abandonados. Señor Jesús, ven ahora en nuestra ayuda.Te suplicamos que, por intercesión del Padre José Cappel de Curepto, nos concedas lo que te pedimos...Virgen María, Madre y Señora Nuestradel Rosario y de la Colina(Maryknoll),ruega también por nosotros. (Se reza un Padrenuestro, diez Avemaria y el Gloria)

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(Quien obtenga gracias y favores de Dios, pormediación del sacerdote José Cappel E, comuníquelos a:Parroquia de Curepto, 7a Región-Chile)
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© Hno. Juan Nitsch F. - Ricardo Rojas V.

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Sacerdote norteamericano José Cappel Farfsing, de la congregación de Maryknoll, quien junto a 10 misioneros de su orden llegó a nuestro país el año 1943. Durante 50 años el padre Cappel llevó su bendición a cada hogar del campo y playa de Curepto. Para movilizarse de un lugar a otro siempre usaba su bicicleta, por eso muchos lo llamaban “el padre bicicleta“.

“En su paso por tierra chilena dejó una huella imborrable. Todos lo recordamos con emoción, gratitud y admiración, porque fue incansable en darse a todos, pero especialmente a los pobres y enfermos. Alegre y positivo, nunca habló mal de nadie y para todos siempre había una palabra de cariño, consuelo y aliento para salir adelante


Nombre del Periodista: Felipe Rojas
Fecha de Edición: 12-04-2004

El presbítero José Cappel lleva 55 años como párroco de la parroquia de Curepto. Tiene 95 y todavía celebra misas pese a sus deficiencias físicas y una diabetes avanzada. Se comenta que Dios está de visita en Curepto

“Conversemos no más, a las cinco me voy a Talca para la misa crismal donde renovamos los votos como sacerdote y nos entregan los cirios bendecidos para este año. Me tiene que hablar fuerte… no escucho mucho”, con esta frase recibió el cura Cappel de 95 años al equipo periodístico de Segundo Cuerpo, en la casa parroquial de la iglesia de Curepto. Conversar con Cappel es realmente meterse en un ambiente de serenidad y de fe que conmueve. También significa estar muy concentrado para poder entender su complicado español-inglés. El hombre, a lo largo de sus 69 años de sacerdote, sencillamente quedó atrás, transformándose en un pastor de tiempo completo. En los 55 años que lleva en Curepto, todo el mundo lo quiere y le reconoce su labor pastoral a lo largo de toda su vida sacerdotal. Muchos opinan que es un santo por todo el bien que hizo en el poblado, otros van más allá y le otorgan poderes para “limpiar” de los malos espíritus a todas aquellas personas o incluso siembras que presentaban problemas. En fin, el cura por donde se quiera ver, está en cada una de las vidas de sus fieles. Su objetivo de predicar la palabra de Dios sencillamente lo sobrepasó hasta el punto de ser visto como alguien celestial... muchos dicen que Dios está de visita en Curepto desde que llegó los últimos días de diciembre del año 1949. Nacido en Estados Unidos el 16 de noviembre de 1908, el cura dejó su país y a su familia (seis hermanos) para evangelizar alrededor del mundo. A principios de la década del cuarenta se encontraba en Corea, China, cuando se produjo el ataque a Pearl Harbor. Por su condición de americano el mismo día del bombardeo fue tomado prisionero, junto a nueve sacerdotes, después de un año fue trasladado a Japón. Tras obtener la venia de sus captores, él y sus compañeros fueron canjeados como prisioneros de guerra. “Cuando estábamos en Japón, un día nos subieron a un barco y comenzamos a navegar por muchos días, yo creo que meses. De pronto un día llegamos a un puerto donde cada uno de nosotros fue canjeado por un prisionero japonés. Como a los tres días supimos que estábamos en una playa en el sur de África”, recordó el sacerdote. Una vez liberado, Cappel se puso a disposición de su congregación para ser enviado a otra parte del orbe para seguir su evangelización. LLEGA AL PAÍS
“Cuando me enviaron a Chile, me mandaron a La Serena, pero cuando estaba punto de viajar me solicitaron que fuera a trabajar a la diócesis de Chillán. Comencé a trabajar en Pemuco, ahí estuve un poco más de un año y me mandaron a Temuco”, señaló. Con un trabajo ya organizado en la Novena Región, nuevamente recibió el llamado de sus superiores. Ahora el lugar elegido para evangelizar era Curepto.
“Me acuerdo que viajé en una bicimoto que me había construido con un motor de un cilindro. Me demoré muchísimo, puesto que casi no había caminos acá en Curepto”. Acostumbrado a las adversidades -la guerra dice que le enseñó ver el mundo bajo otro prisma- comenzó a sembrar su trabajo pastoral. Lejos de quedarse en el poblado atendiendo a los fieles, el cura se dedicó a conocer cada uno de los rincones de la comuna. Al poco tiempo ya todo el mundo conocía su espíritu pastoral, razón que le hacía merecedor de acudir a los campos más alejados donde solicitaban su ayuda espiritual y muchas veces material.
“Como nunca fui bueno para el caballo, me gustaba andar en bicicleta, la que después de un tiempo se transformó en una bicimoto (…) A veces que anduve a caballo en vez de tomar las riendas me afirmaba de las orejas para no caerme”, explicó con picardía. Después de mucho tiempo el medio de transporte de Cappel fue una moto. Durante su carrera evangelizadora fundió 11 motos, las que terminaban en chatarra producto de las constantes subidas a tantos cerros. Según cuentan en el pueblo al sacerdote no le interesaba si era verano o invierno, él partía a la hora que fuese a cumplir con su misión. Varias veces partía en medio de tremendos temporales a los cerros a entregar la comunión a un moribundo volviendo en la madrugada todo mojado. “En muchas ocasiones el padre llegaba sin su chaqueta, en chaleco con pura polera, a veces hasta sin zapatos. Todo lo regalaba en los campos”, comentó Amada Correa, mujer que asiste al sacerdote en la casa parroquial y que lo conoce desde su nacimiento, “el padre me bautizó”, contó orgullosa. La encargada de la pensión La Orilla, de Curepto manifestó que nunca ha vuelto a conocer a una persona tan buena como el cura. “Siempre me mandaba a gente que no tenía donde quedarse a la pensión haciéndose él cargo de los gastos. Recuerdo una vez había un preso de Valdivia y llegaron a verlo diez familiares, el padre canceló los costos de todos ellos. Igual yo creo que muchos se aprovechaban de él”, señaló. También cuentan los fieles, que una vez el cura una noche de invierno, salió a un campo a ver a un enfermo que estaba muy grave, con su linterna y su bicicleta, comentan que anduvo más de sesenta kilómetros. Una vez de vuelta hacia el pueblo, producto del temporal el sacerdote cayó a una zanja de más de dos metros. El cura quedó atrapado sin ninguna posibilidad de salir, lo único que atinó fue hacer señales con su linterna. Luego de un par de horas y por fortuna un hombre descubrió a Cappel casi muerto de frío sacándolo de su casi mortal trampa. Otro episodio inolvidable fue cuando atacó al poblado una fiebre que dejó como saldo muchos muertos. Durante una tarde el sacerdote realizó varios funerales, subía un cortejo (el cementerio queda sobre una loma) y al rato bajaba a buscar el otro. Más de diez veces repitió el ejercicio, recordaron los habitantes. PODERES
Durante muchos años los campesinos se acercaban al presbítero en tiempo de siembra para que “espantara”, a través de sus oraciones, a las plagas de cuncunas que se comían las semillas de los porotos, arvejas y de las papas. “Muchas veces apliqué el ritual católico que tiene una oración que se debe usar con el permiso del obispo”, explicó el presbítero. Cuando el cura terminaba sus plegarias los insectos, inexplicablemente, se retiraban del lugar, causando gran admiración en los campesinos que sencillamente después veneraban al sacerdote. Lejos de importarle toda la “fama” adquirida por el desarrollo de su apostolado, el sacerdote siempre se preocupó de cumplir con sus responsabilidades eclesiásticas. Ante la pregunta de si le gustaría quedarse a vivir “para siempre” en Curepto, el sacerdote responde que le gusta mucho el pueblo, pues es el lugar donde ha estado más tiempo en su vida, sin embargo, afirma que si sus superiores lo destinan a otra comunidad el tendría que irse para cumplir su nueva misión. Pese a estar jubilado hace años sigue pensando que está activo y que lo pueden trasladar en cualquier momento. El tema de la jubilación, en realidad hay que tomarlo con cierta cautela, puesto que el padre sigue haciendo misas, prácticamente todos los días. “Los muchachos jóvenes me ayudan con las lecturas y yo hago la consagración del pan y el vino y por supuesto la predica. El problema más grande que tengo es que veo muy poco”, afirma un tanto molesto. El café que nos sirvieron para la entrevista se ha terminado, llevamos un poco más de media hora de conversación, los 95 años de edad de Cappel comenzaron a pasarle la cuenta. El padre debe descansar, pues debe tener fuerza para escuchar la misa crismal en la catedral de Talca. Lamentablemente la conversación termina; sin embargo, nos quedó la sensación de que conocimos a una persona especial o por lo menos mucho más cercana a Dios que el equipo periodístico que realizó este reportaje. Horacio Valenzuela Abarca
Fecha: 02/06/2004
País: Chile
Ciudad: Curepto

Homilía en la Pascua del P. José Cappel

Muy queridos hermanos y hermanas:


Celebramos esta Eucaristía en un día hermoso que nos regala el Señor; este día es como la Eucaristía que estamos celebrando, amaneció con pena, con un poco de niebla y de nubes y ahora viene el sol. La muerte es pena, pero el Sol la vence, Cristo Jesús Resucitado, vence siempre a las nubes, por eso es que está esa mezcla misteriosa de dolor y de gozo interno, por el paso de este hombre entre nosotros, nuestro querido P. Queremos darle juntos gracias a Dios por medio de Jesucristo, el regalo que nos ha hecho en el P. José Cappel, sacerdote misionero de Maryknoll, que encarnó tan bien, hermosa y nítidamente lo que quiere nuestra Iglesia Diocesana llegar a ser, queremos ser como él siempre misionero, sencillo, trabajador de la comunión y en conversión permanente. Quisiera comenzar con unas palabras del Santo Padre que expresa bien lo que significa un sacerdote y, expresa bien lo que ha sido esta vida larga y fecunda del P. José, dice el Papa:

“El corazón de Cristo sigue hoy teniendo compasión de las muchedumbres y dándoles el pan de la verdad, del amor y de la vida, (Mc. 6,30) el corazón de Cristo desea palpitar en el corazón de los sacerdotes... la gente necesita salir del anonimato y del miedo, ser reconocida y llamada por su nombre; la gente necesita caminar segura por los caminos de la vida; ser encontrada si se pierde; ser amada; la gente necesita recibir la salvación como el más grande regalo del amor de Dios... esto es lo que hace Jesús el Buen Pastor en sus sacerdotes...” PDV

Esto es lo que con abundancia nos pudo entregar el Señor a través de su vida larga y sencilla. La Palabra de Dios, la Eucaristía y la cercanía del Pastor que cuida y acompaña a sus ovejas para que crezcan en todas las dimensiones espirituales, humanas y sociales, así nos quiere ver Dios, creciendo en todas las direcciones”. El día lunes de esta semana, al día siguiente de Pentecostés y en la Fiesta de la Visitación de la Virgen María a su prima Santa Isabel, se nos fue a la vida eterna el P. José Cappel, sacerdote de Jesucristo. Fue una delicadeza más de Dios llevárselo en estos días, porque Pentecostés y la Visitación, son dos misterios de nuestra fe que sin duda definen la vida del P. José Cappel, nuestro querido hermano sacerdote. Pentecostés es el despertar misionero de la Iglesia, es el día en que el Espíritu Santo hizo comprensible el Evangelio a todos los pueblos y lenguas. Fue ese mismo espíritu misionero de hace 2000 años el que hace más de 50, trajo a nuestro querido padre por estas tierras desde su natal Estados Unidos. Por otro lado en la Visitación recordamos a la Madre de Dios llevando a Cristo y haciendo saltar de gozo a Juan Bautista antes de nacer, la Virgen llena de Cristo que se vuelve esclava, servidora de los necesitados, los pobres y los sencillos. Hoy podemos decir que pasó entre nosotros un misionero de Pentecostés y de la Visitación, movido por la caridad del Espíritu, y también en el servicio humilde y cotidiano a los más necesitados. José sanaba y suscitaba la alabanza a Dios en los que encontraba en su camino. Estamos aquí, para celebrar la Eucaristía dándole gracias a Dios por este hombre bueno que deja tras de sí como un perfume, como diría Pablo, el suave olor de Cristo, el P. José un misionero incansable que nos ha hecho un bien inmenso, y que será recordado porque amó a Cristo y porque lo hizo amar, ha concluido la carrera, como nos dice San Pablo, un hombre cuyo rostro como en un espejo hemos visto algo de la gloria de Dios; ha concluido la carrera y ya habrá recibido en el cielo la corona merecida. Quisimos preguntarles a los sacerdotes y algunos laicos de nuestra Iglesia de Talca, ¿qué significó el P. José en sus vidas?, en el ánimo de decir una palabra todos. Las palabras brotaron fáciles, tan fáciles, como un manantial de acciones de gracias y de palabras de admiración, decían: “un santo sacerdote, querido por todos”, “hombre de oración profunda y constante”, “amó profundamente la Eucaristía y a la Virgen María” “incansable para darse a los pobres y enfermos”. A medida que voy diciendo estas palabras, sin duda que muchos de ustedes irán diciendo: eso me tocó a mí. Cada una de estas palabras sabemos que tiene historia en rostros muy concretos que están aquí presentes también. Alguien decía: “era alegre y positivo”, “amo a la Iglesia y sus pastores, emocionaba su obediencia”, “era inquieto por dar a conocer a Jesucristo”. Nos impresionó tanto, días atrás ya semi-inválido en su casa, estaba entusiasmándose porque supo que en Santiago había una comunidad bien significativa de hermanos coreanos, para ir a apoyar también esa misión, porque él hablaba coreano, después de largos años sirviendo en tierras lejanas. ¡Qué maravilla! siempre inquieto por dar a conocer a Jesucristo, porque sabía lo que se pierden los que no lo conocen. José, decía alguien más: “tenía un corazón de niño, nunca se estacionó, siempre estaba renovándose, creciendo, aprendiendo”; otra persona decía, “siempre fue joven y murió como vivió, siempre trasladándose”, (murió trasladándose) “era silencioso y profundo como San José”, “nunca jubiló del sacerdocio”. Un diácono nos decía: “era transparente como el agua limpia, tenía una mirada cristalina como el cielo”, “era humilde y universal”, “fue sacerdote en todo y siempre”, “nunca lo vi enojado”, “fue heroico en la comunión y en el cariño con los demás sacerdotes”. Era emocionante verlo como se alegraba en las reuniones, cómo agradecía, cómo escuchaba, cómo atendía, medio oyendo, medio viendo, ahí estaba siempre anotando, escribiendo. “Amaba entrañablemente su vocación misionera y sacerdotal”, nos decía otro sacerdote: “Dios estuvo con nosotros a través de él y me invita a gastar la vida por el Señor”. También, “unió el respeto por lo sagrado con el respeto por las personas”, “un apóstol sacrificado e incansable”, decía otra persona, sus bicicletas son testigos y algo víctima de eso. Y finalmente un halago que ayer recordaba Monseñor Don Carlos González, nuestro predecesor, que tanto conoció y quiso al P. José, algo muy lindo decía: “nunca habló mal de nadie”. Todas estas maravillas, que han brotado tan espontáneamente del corazón de la gente al recordar al P. José, todas estas maravillas, nos son explicadas por el Evangelio de San Juan que hoy día hemos proclamado. Muchos recibieron y contemplaron los frutos de un árbol que siguió como dice el Salmo: “dando frutos en la vejez”. José siempre dio frutos porque tenía las raíces hundidas en Dios, la razón de tanto fruto es una sola, el P. José fue una rama, un sarmiento firmemente pegado al tronco, un sarmiento unido con fuerza a la viña, “Yo soy la viña, ustedes son los sarmientos”, dice el Señor, “todo el que vive en Mí y yo en él produce fruto abundante”. ¡Eso es verdad!, el P. José es testigo de ello. La Palabra de Dios y la Eucaristía diaria que amaba entrañablemente, explica su indomable vigor apostólico. Este es el secreto de esta vida fecunda, plena y feliz, la unión a Cristo, el amor fiel al Señor y la vida servicial y entregada, “Yo soy la viña ustedes son los sarmientos”. Las viñas son como el P. José, calladas y generosas, entregan todos sus frutos sin reclamar y puntualmente. Hemos visto el heroísmo de una vida sencilla, como una viña, oculta y cotidiana, que nos deja una herencia y nos invita a una tarea: buscar la santidad sin estridencias, en la fidelidad oculta al Señor, en el trabajo, en el hogar, en la vida pública; esa santidad oculta que tanto agrada a Dios. José es como un silencio que grita la alegría de amar a Dios en todas las cosas. Como otros sacerdotes beneméritos que hemos tenido en nuestra Diócesis, la vida del P. José ha tenido algunas cosas que nos desconciertan, son aparentes contradicciones, son cosas que apuntan a la raíz evangélica de sus gestos y palabras. Algunas cosas contradictorias, hermosamente contradictorias del P. José: era un hombre feliz, todos lo aseguramos, pero su felicidad venía de un lugar misterioso. Era una felicidad pobre, fácil de financiar tan distinta de las felicidades falsas que nos promete el materialismo y que jamás cumple. José era feliz, con una felicidad austera que tanto nos hace falta. También era contradictorio verlo porque le gustaba esconderse, no aparecer y sin embargo ustedes lo demuestran hoy con su cariño, con su presencia, al que le gustaba esconderse, es tan conocido. Es que la luz se da a conocer sin ruido. Muchos recuerdan los ojos del P. Cappel como una fuente cristalina de luz, de eso doy testimonio, también es contradictorio, uno que se esconde, que busca el último lugar y que sea tan conocido. También es contradictorio, porque el P. José nunca pudo pronunciar bien el castellano, por mucho empeño que le puso no pudo pronunciar nunca muy bien, no podía hablar muy bien, sin embargo se le entendía perfectamente. Hablaba claro con su vida, con su mirada, con sus gestos, con su cariño. También era contradictorio el P. José, aparentemente, porque era un hombre muy inteligente y culto, y sin embargo aparecía sencillo como un niño; también es contradictorio ver en él un anciano, un hombre antiguo, pero a la vez creo que era el sacerdote más joven de la Diócesis, siempre renovándose. Siempre aprendiendo, siempre cambiando, siempre buscando. Un anciano el más joven entre nosotros. José vivía en la tranquilidad de Curepto, pero tenía el corazón y la mente puesta en el mundo, en la misión universal de la Iglesia, en los grandes problemas de nuestra época, en los avances, en las guerras, en las preguntas de nuestro tiempo, estos aspectos aparentemente contradictorios son propios de las vidas gobernadas por el amor de Dios. Finalmente no quiero dejar de decir, tres agradecimientos que espero incluyan a todos. Gracias en primer lugar a la gente de Curepto y de todas sus comunidades y de la zona costa, por su cariño y su cuidado que le han prodigado sin medida al P. José, por sus oraciones, por su amistad, por su sencillez campesina que le cautivó el corazón. Gracias porque colaboraron con él y se sumaron a él en el anuncio del evangelio, porque lo acogieron y lo ayudaron tanto, con razón el P. José quiso quedarse aquí en Curepto con ustedes hasta el día de la Resurrección. Siempre cuando se enfermaba y partía a otra parte, siempre había que tenerlo sujeto porque quería volver a Curepto. Este pueblo tan hermoso por su arquitectura, pero mucho más por su gente acogedora, sencilla y campesina como los que compartieron la vida con Jesús y la Virgen en Nazareth. Gracias a Curepto que ayudó al P. Cappel a ser el pastor santo que fue. También gracias a su muy amada Congregación de Maryknoll, que lo formó y nos lo regaló por tantos años, somos testigos de que su familia religiosa, estaba muy dentro del corazón del P. Su infatigable celo misionero, sin duda lo recibió de ese carisma generoso a la que tanto le debe la Iglesia, particularmente nuestra Diócesis de Talca. Tanto le debemos a esta familia misionera y generosa de Maryknoll, gracias por tantos misioneros que nos regalaron; el Hno. Juan y las Hermanas siguen siendo regalo para nosotros. Finalmente la última gratitud, es por nuestra Iglesia Diocesana de Talca, quiero destacar en esto a los hermanos sacerdotes de nuestra Diócesis, destacarlo porque todos unánimemente y siempre, han cultivado por el P. José un cariño entrañable, un cariño cargado de admiración y de simpatía, no hay excepción, todos lo hemos querido, todos lo hemos considerado un regalo de Dios. Nuestro presbiterio los sacerdotes, consagrados y laicos supieron darse cuenta de que en el P. José, Dios nos regaló un tesoro para cuidar y para hacer crecer. Gracias por este cariño tan grande que el P. José siempre sintió de parte de nuestra Iglesia Diocesana. Que fácil nos resulta decir hoy aquí en Curepto, lo que dijera Don Manuel Larraín del P. Hurtado: “La vida del P. José ha sido una visita de Dios a nuestro pueblo”. Démosle gloria al Señor Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos.


† HORACIO VALENZUELA ABARCA
Obispo de Talca

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