14/06/2026
UN VIAJE AL HMS GOOD HOPE:
Salimos entonces hacia la Plaza 21 de Mayo, en Coronel. Allí, frente al mar, se alza un monolito de hormigón levantado en la década del ochenta por la colonia inglesa. No es un monumento. Es una herida vertical.
En sus extremos, dos placas de bronce: una con la silueta del HMS Good Hope, otra con la del Monmouth. A sus pies, un ancla, como si incluso el hierro hubiese querido rendirse ante la profundidad del océano. Y en su frente, una inscripción que no se lee: se escucha.
“A los oficiales y gente de mar… Su único sepulcro es el mar.”
Richard permaneció en silencio.
Y en ese silencio, todo su pasado comenzó a hablar.
A los veintiocho años, en 1976, había escrito una carta al Ministerio de Defensa. No pedía honores. Pedía respuestas. Quería saber quién había sido su abuelo. Quería, quizá sin saberlo, empezar este mismo viaje medio siglo antes de realizarlo.
Durante años no tuvo más que un nombre.
Hasta que, como sucede en las historias que parecen guiadas por una voluntad invisible, apareció una prima lejana: Susan Lay, en Darlington. Él no sabía de su existencia. Pero ella, desde otra orilla del tiempo, había reconstruido lo que la historia le había negado. Fue ella quien le mostró por primera vez el rostro de su abuelo, quien le entregó imágenes, fechas, raíces.
Sin ella, Richard no habría tenido un rostro al cual mirar.
Antes de viajar, me había enviado esas fotografías: un joven en Malta, de no más de dieciocho años… y una mujer, su bisabuela Jessie, cuyo nombre parecía sostener toda una genealogía de ausencias. En esas imágenes no había nostalgia. Había una pregunta abierta que el tiempo no había logrado cerrar.
Era su primer viaje a Sudamérica.
Había recorrido el Caribe, los Estados Unidos, Cuba. Había sido miembro de la Royal Navy, alcalde de Gospot. Había vivido lo suficiente como para comprender el mundo. Y, sin embargo, todo aquello parecía ahora apenas un rodeo. Porque el verdadero destino no estaba en los mapas.
Estaba aquí.
Tenía dos hermanos. Uno ya mu**to. El otro, agonizando. Y aun así, o precisamente por eso, había decidido cruzar el océano. No para huir de la muerte, sino para encontrarse con ella en su forma más antigua: la memoria.
Su abuelo, James Johnston Dickson, había dejado un hijo de cinco años: el padre de Richard. Un niño que creció con un vacío que ningún relato pudo llenar. Y ese vacío, silencioso y persistente, había atravesado generaciones hasta llegar a este hombre que ahora estaba de pie junto a mí, frente a un monumento, frente al mar… frente a lo irremediable.
Entonces lo comprendí con una claridad que me estremeció.
Este no era su viaje.
Tampoco era el mío.
Era el viaje de un niño que nunca conoció a su padre.
Era el viaje de un padre que creció sin respuestas.
Era el viaje de un hombre que, al final de su vida, había decidido no morir sin antes mirar de frente aquello que lo había llamado en silencio durante décadas.
Y en ese instante —frente a ese monolito, frente al océano que no devuelve nada— sentí que mi historia comenzaba a ceder.
Porque ya no lo estaba acompañando.
Lo estaba continuando.
Y sin darme cuenta, sin haberlo decidido jamás, su búsqueda había comenzado a latir dentro de mí… como si ambos, desde orillas distintas, hubiésemos sido llamados por una misma memoria.
Su abuelo había tenido cuatro hermanas.
Y, sin embargo, al pronunciarlas, no eran nombres: eran ecos.
Melita Dickson —la mayor—, de quien apenas sobrevivía una fecha incierta, alrededor de 1870. Un nombre maltés, como si ya en su origen llevara consigo el rumor de otros mares.
Luego Jane (1880–1920), Cecilia (1894–1930), Mary Queenie (1896–1955).
Fechas.
Sólo fechas.
Pero en esas cifras —tan breves, tan contenidas— se escondía una vida que no alcanzó a desplegarse del todo. Me estremeció la temprana edad en que muchas de ellas partieron, como si el tiempo, en aquellos años, hubiese sido más severo con quienes aguardaban que con quienes combatían.
Porque entonces comprendí algo que no había querido mirar.
Las guerras no terminan en el campo de batalla.
Continúan en las casas vacías.
En las cartas que no llegan.
En las noches interminables de quienes esperan.
Matan a los hombres en el instante del combate…
pero consumen lentamente a quienes quedan.
A las madres.
A las esposas.
A las hermanas.
A las hijas.
Las matan por dentro, en un desgaste silencioso que no figura en los registros, pero que persiste, como una herida que atraviesa generaciones.
Y entonces, con una claridad casi dolorosa, entendí que las guerras no acaban nunca.
Sólo cambian de forma.
Se repliegan en la memoria… y desde allí, continúan.
Fue en ese mismo fluir de revelaciones que Richard me habló de una figura inesperada, casi como un desvío en el relato, pero que en realidad lo profundizaba aún más: Katherine Routledge.
Había nacido en 1866, en Darlington, en el seno de una familia tan sólida como su apellido. Antropóloga, exploradora, mujer de una determinación inusual para su tiempo. En 1913, junto a su esposo, había zarpado en su propio barco, el Mana, hacia la Isla de Pascua.
Mientras Europa se preparaba para destruirse a sí misma, ella navegaba hacia el origen.
Su obra —me explicó Richard— constituía uno de los registros más precisos sobre las estatuas de Rapa Nui, recogido no sólo desde la observación, sino desde la escucha profunda de quienes habitaban ese misterio. Había llegado antes de la guerra, y había permanecido allí mientras el mundo comenzaba a arder.
Pensé entonces en la extraña simultaneidad de la historia.
Mientras unos hombres se hundían en el océano frente a Coronel…
otros buscaban descifrar el sentido de la existencia en una isla perdida del Pacífico.
Y en ambos gestos —tan opuestos, tan humanos— latía la misma pregunta.
¿Qué queda de nosotros cuando todo ha pasado?
Richard mencionó también que, cerca de su casa en Inglaterra, existía un hotel que había pertenecido a los antepasados de Katherine. Una placa azul recordaba su nombre. Otra forma de permanencia. Otra manera de no desaparecer del todo.
Pero su voz cambió apenas al hablar de su hermano.
Había mu**to pocos días antes del viaje.
No hubo dramatismo en sus palabras. Sólo una aceptación serena, casi compasiva. Había estado enfermo durante mucho tiempo —me dijo— y, en cierto modo, su partida había sido una liberación.
Y sin embargo, yo sentí que ese viaje llevaba también ese peso.
No era sólo un nieto buscando a su abuelo.
Era un hermano que partía mientras otro cruzaba el océano.
Era la vida, una vez más, desdoblándose en direcciones opuestas, como si todo encuentro llevara consigo una despedida.
Su abuelo había nacido en Tredegar Road, en Southsea, frente a ese puerto inmenso de Portsmouth donde la historia naval de Inglaterra parecía haberse concentrado durante siglos. Gosport, al otro lado, completaba ese paisaje de hierro, sal y disciplina, donde los hombres eran formados para obedecer al mar incluso cuando este exigía lo irreparable.
Richard había nacido en Londres, en la casa de su abuela, la viuda de aquel hombre que nunca regresó. Allí convivían generaciones bajo un mismo techo, como si el vacío dejado por uno obligara a los otros a acercarse más, a sostenerse en una proximidad casi inevitable.
Su vínculo con el Mediterráneo era apenas un hilo: su bisabuelo escocés trabajando como policía en el astillero naval de Malta, el día en que su abuelo vino al mundo. Nada más. Y, sin embargo, ese pequeño dato parecía contener el germen de todo lo que vendría después.
Porque la historia —lo comprendía ahora— no se construye sólo con grandes acontecimientos.
Se teje con detalles mínimos.
Con decisiones invisibles.
Con desplazamientos que, en su momento, parecen insignificantes… pero que terminan arrastrando generaciones enteras.
Su padre, James Wallace Dickson, llevaba en su nombre esa antigua tradición escocesa: el apellido materno como segundo nombre, como si la sangre necesitara recordarse a sí misma en cada generación. Wallace.
No pude evitar pensar entonces en William Wallace, en esa obstinación casi indomable que atraviesa la historia de Escocia. Y, por un instante, muchas cosas en Richard comenzaron a cobrar sentido.
No era sólo su viaje.
Era su manera de sostenerse frente a la vida.
De avanzar sin concesiones.
De no abandonar nunca aquello que, en lo más profundo, sabía que debía hacer.
Y mientras lo escuchaba, mientras cada fragmento de su historia se iba entrelazando con la mía, sentí que ya no era posible distinguir con claridad dónde terminaba su pasado… y dónde comenzaba el mío.
Porque, sin darme cuenta, su memoria había comenzado a habitarme.
Y el viaje —ese viaje que creí guiar— empezaba, silenciosamente, a transformarme también en su heredero. La historia de su infancia no se deja contar: se revela, a retazos, como esas cartas que llegan tarde y, sin embargo, llegan.
Ingresó a la Royal Navy el 11 de mayo de 1964. Tenía dieciséis años. Antes de ese día —que podría parecer un comienzo— había vivido ya tres años en un hogar de menores. No fue una elección: fue una forma de no caer.
Sus primeros recuerdos pertenecían a Shepherdswell, un pueblo suspendido entre Canterbury y Dover. Luego vino Wingham, otro punto en el mapa, otro intento de arraigo. Pero la infancia —comprendí al escucharlo— no es un lugar: es una continuidad que, cuando se rompe, no vuelve a unirse del todo.
Su madre murió cuando él tenía diez años.
Y en esa edad —en la que el mundo aún no se comprende— el mundo se quebró.
Un año después, se trasladó a Londres con su padre. Pero la casa ya no era casa: era un tránsito. Sus hermanos mayores se habían marchado. Uno al mar. El otro a ese otro mar, más hostil aún, de la pesca en las aguas heladas de Groenlandia e Islandia.
Luego, tres años y siete meses más tarde, murió su padre.
Hay cifras que parecen inocentes, pero que encierran una violencia silenciosa.
Tres años. Siete meses.
El tiempo exacto que tarda una vida en quedarse sin sostén.
Antes de ese último golpe, había sido internado en un hogar en el norte de Londres. Tenía doce años. Aún no cumplía trece. Y ya estaba solo.
Por eso, cuando decidió ingresar a la Marina, no lo hizo por vocación.
Lo hizo por continuidad.
Porque el mar —ese mismo mar que le había arrebatado a su abuelo— era también el único camino que le ofrecía una forma de permanecer.
Hoy tiene setenta y siete años.
Pero en él, el tiempo no se mide en años, sino en resistencias.
La Marina lo llevó a Gosport. Allí, en 1970, cuando el HMS Centurion inauguró sus nuevas instalaciones, Richard ya formaba parte de ese engranaje invisible que sostiene a los grandes sistemas. Había llegado antes, en 1967, tras dejar el HMS Victorious. Y así, sin estridencias, sin heroísmos visibles, fue ascendiendo hasta alcanzar el grado de suboficial mayor.
Pero lo que me conmovía no era su carrera.
Era la forma en que había habitado su vida.
Porque mientras el mundo avanzaba hacia la modernidad —hacia la informática, hacia la precisión, hacia la eficiencia— él seguía sosteniendo, en silencio, una historia que no había sido resuelta.
En Gosport, la vida continuó.
Allí estaba la Escuela de Ingeniería Marina HMS Sultan, donde incluso marinos chilenos habían sido formados. Allí los antiguos depósitos de armamento, los hangares de helicópteros, las instalaciones que durante siglos habían alimentado el poder naval británico. Y también —como una metáfora inevitable— los espacios cerrados: el hospital Haslar, los astilleros convertidos en viviendas, las bases desmanteladas.
Todo cambia.
Todo se transforma.
Pero hay algo que permanece.
Richard hizo de Gosport su hogar. No porque lo eligiera del todo, sino porque, en algún punto, la vida también elige por uno.
Mientras aún servía en la Marina, comenzó a conducir un taxi. Primero como complemento. Luego como destino. En 1983 compró el suyo. Después vinieron otros. Y así, de manera casi imperceptible, pasó de transportar hombres a transportar historias.
Un amigo —Peter Edgar— lo invitó a repartir folletos políticos. Un gesto menor. Una tarde cualquiera. Y, sin embargo, de esos gestos nacen los desvíos que transforman una vida.
Fue elegido concejal. Luego alcalde.
El hombre que había crecido en un hogar de menores, que había perdido a sus padres antes de comprender la pérdida, que había ingresado a la Marina para no quedarse sin rumbo… se encontraba ahora representando a su comunidad.
No hay épica más profunda que esa.
Y, sin embargo, todo aquello —los cargos, los reconocimientos, los años— parecía, en él, apenas una antesala.
Porque antes de viajar a Coronel, Richard hizo una última visita.
Fue al monumento de Southsea Common War Memorial.
Allí están inscritos los nombres de aquellos cuyo sepulcro no existe.
De aquellos que el mar no devolvió.
Entre ellos, los hombres del HMS Good Hope.
Richard no habló. No rezó. No se detuvo en gestos visibles.
Tomó una fotografía.
Una simple imagen.
Pero en ese acto —tan silencioso como definitivo— comprendí que no estaba registrando nombres.
Estaba reuniéndolos.
Porque aquel viaje que estábamos a punto de emprender no era sólo el suyo.
Era el de todos ellos.
Y en ese instante —con una claridad que ya no me abandonaría— supe que nosotros no íbamos hacia el mar.
Era el mar el que, desde hacía más de un siglo, venía a nuestro encuentro.
Antes de retirarnos del memorial de la Plaza 21 de Mayo, cuando ya el silencio comenzaba a cerrarse sobre nosotros como una marea lenta, Richard hizo algo que no estaba previsto en ningún itinerario… y que, sin embargo, contenía el sentido entero de su viaje.
Se acercó al monolito con una delicadeza casi reverencial. No como quien deposita un objeto, sino como quien devuelve algo que nunca debió haberse perdido.
De su bolsillo extrajo una pequeña cruz de madera.
Era sencilla.
Demasiado sencilla para el peso que cargaba.
En su superficie podía leerse: “In Remembrance”. Y en su centro, como un latido detenido en el tiempo, una amapola de pétalos rojos y corazón negro —la misma que nos había entregado días antes—, ese símbolo silencioso que en Inglaterra no recuerda una guerra, sino a los hombres que no regresaron de ella.
Sin decir palabra, buscó una hendidura mínima entre el bronce y el hormigón —una grieta casi invisible, como esas fisuras por donde la historia aún respira— y allí, con un gesto firme pero contenido, incrustó la cruz.
No la dejó.
La ancló.
Y en ese instante, comprendí que no estaba colocando un recuerdo… estaba cerrando un círculo.
Allí, entre las siluetas del HMS Good Hope y del Monmouth, entre nombres que el mar había guardado durante más de un siglo, esa pequeña cruz adquirió una dimensión que ninguna piedra monumental podría alcanzar.
Porque habían pasado ciento doce años.
Ciento doce años de ausencia.
De nombres repetidos en voz baja.
De generaciones que heredaron un silencio sin rostro.
Y ahora, ese hombre —que había cruzado un océano no por aventura, sino por fidelidad— devolvía, con un gesto mínimo, aquello que la historia había dejado inconcluso.
No hubo ceremonia.
No hubo testigos.
No hubo palabras.
Sólo el viento leve del mar…
y esa cruz, que permanecía allí, sola, como si siempre hubiese pertenecido a ese lugar.
Entonces lo miré.
Y comprendí que ya no estaba frente a Richard.
Estaba frente a un nieto que había llegado demasiado tarde…
y, sin embargo, en el único momento posible.
Porque hay actos que no obedecen al tiempo de los hombres.
Hay gestos que esperan décadas —a veces siglos— para encontrar su instante.
Y aquel, en medio de la plaza, frente al océano que no devuelve nada…
fue uno de ellos.
Al alejarnos, no volví la vista atrás.
No era necesario.
Sabía —con una certeza que aún hoy me estremece— que esa cruz no quedaba allí para recordar a los mu**tos.
Quedaba para recordarnos a nosotros…
que incluso frente al olvido más vasto,
el amor —cuando es verdadero—
siempre encuentra el modo de regresar.
Andrés Castillo Aguilera
Coronel, Junio de 2026