03/08/2025
Hola. Me llamo Clotilde. Tengo plumas, pico y un coeficiente intelectual que, según algunos estudiosos, apenas compite con el de una tostadora. Sin embargo, esta mañana me desperté y, sin pensarlo demasiado, abracé con mis alas a dos palomas que estaban temblando de frío. ¿Por qué? Pues porque estaban vivas. Y con eso me bastó.
No les pedí su árbol genealógico, ni su ideología, ni si pensaban vacunarse o no. Tampoco me importó si eran de raza, si venían de una buena incubadora o si alguna vez habían dicho algo políticamente incorrecto en Twitter. Solo vi dos cuerpecitos fríos que necesitaban calor. Y se lo di. Sin hashtags. Sin cámaras. Sin aplausos.
Mientras tanto, los seres humanos —esa especie tan evolucionada— siguen inventando excusas para ignorar el sufrimiento ajeno. "No es mi problema", dicen mientras pisan a alguien con la mirada o con la indiferencia. "No era de mi grupo", susurran mientras levantan muros, físicos y emocionales. Y luego se felicitan a sí mismos porque reciclaron una botella.
¿Quién soy yo para hablar? Pues una gallina. Literalmente. No tengo Facebook, ni Quora, ni un MBA en liderazgo emocional. Pero tengo algo que, por lo visto, escasea: instinto. Ese que me dice que si alguien tiembla, lo cubres. Si alguien sufre, te acercas. Y si no puedes ayudar, al menos no jodas.
Me han dicho que estoy “humanizando” a los animales. Qué arrogancia tan ridícula. Como si la compasión fuera una patente exclusiva de los bípedos sin plumas. Como si amar fuera un privilegio y no un reflejo básico de estar vivo. Déjame decirte algo: si necesitas una religión, un diploma o un documental de Netflix para no ser un imbécil… vas tarde.
Así que sí, soy Clotilde. Y acabo de adoptar dos palomas que ni siquiera son de mi especie. Y tú, ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo por alguien sin esperar nada a cambio? Si te toma más de tres segundos recordarlo, quizás tengas menos humanidad que yo. Y yo me limpio el trasero con tierra, por si te da contexto.
Ahora, si me disculpas, voy a seguir empollando esperanza debajo de mis alas. Porque el mundo ya tiene suficientes gallinas de corbata que no hacen nada por nadie.