26/03/2026
Entre 1976 y 1983, la Argentina no solo perdió la democracia: conoció el abismo. Un régimen de terror que dejó heridas abiertas en la Nación y una enseñanza imborrable en su conciencia. Como diría Raúl Alfonsín, después de aquello ya no hubo lugar para la frivolidad: nadie puede coquetear con la dictadura sin traicionar la memoria de un pueblo.
La democracia dejó de ser una consigna para convertirse en una certeza vital. No como palabra vacía —aunque hoy abunde en todos los discursos— sino como límite moral. Como frontera entre la dignidad y el horror.
Porque el horror tuvo nombres concretos. Tuvo vidas interrumpidas. Personas comunes, con rutinas simples, fueron empujadas a la clandestinidad, al miedo, a la incertidumbre diaria. Lo que algunos habían llamado con liviandad “dictablanda”, se reveló como lo que realmente era: la antesala de una tragedia feroz.
En medio de ese silencio impuesto, hubo quienes eligieron hablar. Cuando callar era más fácil —y más seguro—, alzaron la voz. Desde Propuesta y Control hasta cada encuentro clandestino, la palabra se volvió resistencia. Y allí quedó una definición que todavía interpela: el radicalismo no como una estructura, sino como una ética; no como una doctrina cerrada, sino como una causa al servicio de la dignidad humana, la libertad y los derechos esenciales.
Pero esa convicción tuvo costo. En agosto de 1976, el terrorismo de Estado secuestró a Mario Amaya y a Hipólito Solari Yrigoyen. Amaya, enfermo, frágil, fue torturado hasta morir. Le quitaron sus medicamentos, su aire, su vida. Tenía 41 años. Ni siquiera la muerte le devolvió la dignidad: su despedida fue clandestina, vigilada, casi robada.
Ese era el país real.
Y sin embargo, la política no murió. Se hizo trinchera. En casas, en bares, en mesas largas que disimulaban conspiraciones bajo la excusa de una cena, se sostuvo lo esencial: la idea de que la Argentina podía —y debía— ser otra cosa.
En 1979, cuando el miedo todavía gobernaba, Alfonsín lo dijo sin rodeos: no era solo una dictadura, era un proyecto regresivo, un intento de arrasar con cualquier posibilidad de desarrollo y de democracia verdadera. Era, en definitiva, un país puesto de rodillas.
Pero los pueblos no se arrodillan para siempre.
La caída del régimen no fue un accidente: fue el resultado de la resistencia, de la memoria que se negó a desaparecer, de hombres y mujeres que eligieron no rendirse. Y cuando la democracia volvió, no lo hizo como un gesto formal: volvió como una conquista cargada de dolor, pero también de esperanza.
Por eso, cada vez que se banaliza, cada vez que se la reduce a una consigna vacía, conviene recordar: la democracia argentina está escrita con ausencias, con coraje y con sangre.
Y no admite retrocesos.