25/09/2016
Elogio de la palabra
De todos los seres vivos de la creación solo el ser humano se dio vuelta para contemplar lo que había, y le dio a cada cosa su nombre.
Y solo el ser humano pudo decir “yo soy”, revelando que existía dentro de sí también un universo interior que merecía ser nombrado, y que lo hacía único. Así en el principio Dios nos dio el LOGOS. La palabra.
Aquella cristalización del pensamiento que ponía en armonía el mundo exterior con el mundo interno que se agitaba.
Y la palabra como semilla penetró en la tierra, y dio como fruto la experiencia.
Con la experiencia comenzó a tejerse la historia, con hacendosas manos invisibles que hilaban el sueño humano, primero en los mitos de los ancianos, después en la palabra escrita, en el canto de los juglares, en la poesía y hoy... en la red de redes.
Con la palabra, se construyeron y cayeron imperios.
Fue la palabra y no la fuerza bruta, la que sostuvo a Occidente tanto en Termópilas como en Lepanto.
Fue la palabra la que inspiró a 150.000 atenienses libres para fundar la portentosa civilización griega que hoy nos sigue iluminando.
Fue una palabra la primera plegaria.
Con la palabra se tendieron puentes entre pueblos distantes , lazos entre comunidades, se dio vuelo al espíritu , se construyo el arte y la ciencia .
Y por la palabra seremos juzgados en la historia.
Hoy la palabra está herida, debilitada por el cliché y el slogan, por el intento de muchos de vaciarla de su contenido propiamente humano. Es nuestro deber devolverle su sentido primigenio.
La armonía de los dos universos, el exterior y el interior.
Sin la palabra correcta no habrán proyectos humanos ni crecimiento económico sustentable.
La palabra...la comunicación genuina, resguarda la paz social y es vía segura de educación y desarrollo.
Nuestros abuelos hicieron culto de la palabra, en las plazas, en sus labores, en las frescas veredas después de cada jornada.
Y aún hoy, si sabemos escuchar, puede sentirse el eco de sus voces, en la canción de nuestras acequias, en los parrales cargados de frutos...bajo la sombra de las montañas milenarias que nos cuidan.
No permanezcamos más en el viejo egoísmo de nuestro mundo actual.
Abramos nuestras puertas y nuestros corazones de par en par a nuestra comunidad. Que el mayor tesoro que poseemos es el otro. Nuestra gente.
Dejemos fluir de nuevo aquella canción, que nos es propia, y que nos llama desde una remota infancia.
Volvamos a mirarnos a los ojos. Reconozcámonos en los demás. Esa es la cuestión.
Todo es posible.
Para eso existe la palabra.