29/01/2026
La lobotomía social
Hubo un tiempo en que la sociedad, incapaz de lidiar con el sufrimiento psíquico, decidió apagarlo a martillazos.
La lobotomía prometía orden, silencio y normalidad.
No curaba: anulaba.
Hoy nos horrorizamos —con razón— de ese pasado.
Pero conviene hacerse una pregunta incómoda:
¿estamos tan lejos de esa lógica?
En la Argentina ya no se perforan cráneos, pero se perfora otra cosa: el sentido.
El dolor social se traduce en diagnósticos individuales, la angustia estructural en recetas rápidas, la desesperación en “trastornos” que deben ser controlados para no interrumpir la maquinaria.
La consigna ya no es “quedate encerrado”, sino “seguí funcionando”.
La desmanicomialización fue un avance necesario, pero llegó incompleta. Cerramos instituciones sin construir redes sólidas. El resultado no fue libertad, sino intemperie. Antes el Estado encerraba; hoy muchas veces se corre. Y cuando no hay acompañamiento, la medicación se convierte en la nueva herramienta de silenciamiento.
La lobotomía social no corta lóbulos frontales: corta tiempos, palabras, escucha. No destruye neuronas, pero anestesia preguntas. No busca personas sanas, sino personas adaptadas.
El problema nunca fue la locura.
El problema fue —y sigue siendo— una sociedad que no tolera el sufrimiento que ella misma produce.
Mientras la salud mental siga midiendo su éxito en términos de productividad y no de dignidad, seguiremos cambiando métodos, pero no lógica.
Ya no hay picahielos.
Hay prisa, ajuste, soledad y pastillas que ayudan a aguantar.
Tal vez el verdadero desafío no sea “normalizar”, sino animarnos a escuchar lo que el malestar viene diciendo hace rato:
que algo, profundamente, no está bien.