MANIFIESTO
-Somos un rejunte de caraduras con el portón abierto a todos los que se quieran sumar, nos proponemos crear un espacio de expresión colectiva divertida, desquiciada y compartida, en esto de buscarle nuevos significados a las palabras y a los vientos, con la fuerza del encuentro y la posibilidad de delirarnos con los demás.
-Desde aquí nos manifestamos, desde esta otra dimensión donde
bollitos de papel dictan sentencia, siguiendo los mandatos del azar. Escribimos en comunión, con las palabras de los demás. Y pateando bollitos de papel, volvemos. Digo, una cucharada de lapacho con ginseng y ya estamos nuevamente dejando la otra dimensión, tocando tierra y sabiendo que, a pata o en bici, aún nos quedan una veintena de cuadras por recorrer para llegar a casa.
-Reunidos todas las semanas, nos tomamos el tiempo para liberar nuestras mentes, escribiendo en hojas rayadas como nuestras cabezas de tanto buscar otra forma de escapar del plan.
-Empieza la semana y ahí están, sentados en una mesa rectangular, entre mates y lapiceras... y qué hiciste el fin de semana pasado y galletitas saladas, a veces dulces. Giran los bollitos de papel y ¿qué me va a tocar?, y bueno, a improvisar se ha dicho, con personajes flasheros protagonizando historias, historias de lunes por la noche.
-Papel sobre la mesa, lapicera en mano. Palabras, personajes, lugares, acciones, profesiones. Armamos el rompecabezas sobre papel. Poesías, cuentos, reales o imaginados. Sueños, miedos, deseos, fantasías, todo sobre papel. Jugamos con las palabras y la imaginación. Ni grandes poetas ni célebres narradores, escribimos a puño y letra lo que sale del alma. Hacemos bollitos y creamos historias que dicen mucho o tal vez no digan nada. Hacemos bollitos y creamos algo para hacernos escuchar. Bollitos que son míos, tuyos, nuestros. Historias que serán mías, tuyas, nuestras.
-Había gente que sabía leer lo que escuchaba. Había entusiasmo en un pellizco de nostalgia. Maestros que aprendían de otros cuantos… pero no tantos. Estuvo la tinta glorificando la esencia, de vuelo el alma y duelo el cuerpo que no podía acompañarla. PRÓLOGOS DE LA ANTOLOGÍA PUBLICADA EN 2011
Fue por el 2005. Empezamos dos, el Pela y yo, los domingos a la tarde. “Cuando el bajón te pega”, nos dijimos. Hoy creo que esa frase era un pretexto. Se fueron sumando casi inmediatamente otr@s. Era itinerante, circulando por la casa de Franco Cardinali, del Negro Valdéz, por lo de Julianita Rodríguez, de Fenoglio, en Carrá 2228. Hasta que apareció el Viento y nos instalamos acá. Ahora nos juntamos los lunes. Algun@s sólo vinieron un taller, otr@s dos, varios un año, much@s están desde el primer día o apuestan desde hace más de cuatro a “hacer bollitos”. Es que jugar con las palabras se convierte en un vicio, en algo atractivo y sublime. Como una plegaria, un salto hacia el abismo, subir a una escalera enclenque o, sencillamente, comerse un flancito de vainilla. Durante tres horas cada semana, un grupo en un pequeño lugar, un punto en el universo, se juntan y los une el acto casi revolucionario de escribir. Tomar una vida, un verso, una historia, una mugre, una indignación o una fiesta para que “palabras negras sobre papel blanco comiencen a hacer el amor”, con rabia y delicadeza. Los textos aquí publicados son el resultado del ejercicio de una noche, tal vez el principio de un trabajo, una idea que puede seguir, mutar o dormir en el bloc. La inmediatez, sin definiciones. Dos compañeras, mujeres enormes, nos dejaron. Dejaron hondo dolor, pero también sus palabras. Martina y Ana, están con nosotr@s. Todo esto es un tráfico de amor. María Depetris
Hacemos Bollitos nació haciendo bollitos de papel. Como un juego donde las palabras de uno se mezclaran con las ideas de otros y las ideas de los otros se volvieran las palabras de uno, de modo tal que ni el otro ni uno pudiesen distinguir el copyright, pero sintiesen ambos el placer de haber dado a luz un texto. O a dos. Por lo menos. Hacemos Bollitos, antes de llamarse así, recorrió cocina comedores, livings, habitaciones y cocheras de los participantes, incorporando a amigos, conocidos y a desconocidos también durante un tiempo bastante largo, hasta que un galpón que después se volvería una biblioteca popular y espacio cultural, le cedió cuatro paredes para seguir siendo. Entonces los bollitos se multiplicaron y el nombre del taller no tuvo contra. Fundamentalistamente se sostuvo el leit motiv de la escritura colectiva y el bollito de papel como su fetiche más fiel. Después hubo gente que editó algunos de esos textos y otros quedaron flotando por ahí. Y algunos se siguieron sumando y otros se empezaron a restar. Pero el sentimiento colectivo más fiel es que haciendo bollitos, nos multiplicamos. Indefectiblemente. Pelado Rodríguez