08/04/2025
Nota de Santiago García Scardigno
En la historia política argentina, la relación entre los presidentes y el Estado ha sido profundamente oscilante. Algunos lo han concebido como un instrumento de transformación y emancipación; otros, como un botín a repartir o un obstáculo a destruir. Esta diferencia no es menor, porque define el rumbo de una Nación. En ese contexto, es necesario rescatar el concepto de *estadista*, tan ausente en los debates actuales como vital para comprender los desafíos de fondo que enfrenta el país.
Un estadista, como bien lo describe la nota de Jorge Bernetti en ICN Diario, es aquel que trasciende la inmediatez de lo electoral, que gobierna para el largo plazo, pensando en el interés general y con una visión estratégica que incluye al conjunto de la sociedad. Es alguien que construye futuro, incluso a costa de su propia conveniencia política. En la Argentina moderna, pocos encarnaron esta figura como lo hizo Hipólito Yrigoyen.
Yrigoyen no sólo fue el primer presidente elegido por el voto popular bajo la Ley Sáenz Peña: fue, sobre todo, un constructor de Estado. Su concepción del Estado como regulador de las fuerzas económicas concentradas, su impulso a los ferrocarriles estatales, a las universidades nacionales y, especialmente, a YPF, lo ubican en una tradición profundamente nacional y latinoamericanista. La creación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales en 1922 no fue un acto administrativo, sino una gesta geopolítica. Yrigoyen entendía que el control del combustible era una condición sine qua non para la independencia efectiva de los pueblos del sur. Soñaba con una red de empresas petroleras de bandera en América Latina para liberarnos del yugo del imperialismo energético.
A su lado, Marcelo T. de Alvear —embajador en París antes de ser presidente— advertía sobre los peligros de la Liga de las Naciones, anticipando que su diseño injusto y excluyente alimentaría un resentimiento profundo en Alemania. No se equivocó: apenas unas décadas después, el mundo se vio envuelto en la Segunda Guerra Mundial. Esa capacidad de anticipación, esa lectura estructural de los procesos internacionales, es también propia de un estadista. La Unión Cívica Radical, desde sus orígenes, ha demostrado tener figuras con una mirada integral y comprometida con el largo plazo.
En contraposición, el presente político argentino parece atrapado en una lógica cortoplacista y efectista. Cristina Fernández de Kirchner, en sus años de gobierno, optó por una estrategia populista: la redistribución sin reforma estructural, la confrontación como método, y la construcción de poder sobre la base de la división social. Su relación con el Estado fue patrimonialista: el Estado al servicio de un relato y de una causa, pero no como una herramienta transformadora que garantice equidad y desarrollo sustentable.
Javier Milei, por su parte, representa la cara opuesta del mismo fenómeno. Donde Cristina estatizaba para consolidar poder, Milei privatiza para destruir al Estado. Su discurso es deliberadamente rupturista, antipolítico, y profundamente ajeno a cualquier tradición latinoamericana. En vez de fortalecer al Estado para que este sea garante de justicia y desarrollo, propone su licuación en favor de un supuesto mercado que, en los hechos, se traduce en mayor desigualdad y concentración.
Ni uno ni otro pueden ser llamados estadistas. Ambos gobiernan (o gobernaron) para el aplauso del momento, sin un proyecto de país que piense más allá de sus electores y de su mandato. Frente a eso, figuras como Yrigoyen deben ser reivindicadas no por nostalgia, sino por urgencia: necesitamos reconstruir una tradición de dirigentes capaces de pensar en términos de Nación, no de facción. Capaces de fundar instituciones, no de usarlas. Capaces de pensar en décadas, no en encuestas.
La UCR debe reclamar esa herencia para sí, no como un acto retórico, sino como una hoja de ruta para volver a poner al Estado al servicio de un proyecto nacional.
UCR - Comité de Quilmes Unión Cívica Radical