28/03/2013
Compartimos con Ustedes el testimonio de nuestra nueva ex paciente, a quien despedimos con mucha felicidad y orgullo por haber enfrentado y dejado atrás para siempre a la enfermedad!!!TESTIMONIO
Estoy esperando el alta desde el día que entré, desde la primer vez hasta la decimonovena vez que amagué con dejar el tratamiento. Pero lo que siempre quise esquivar de este día era esto justamente, el testimonio. Ponerme a pensar, sentarme a escribir, por momento llorar quizás, no quería hacerlo. Pro igual pudieron mas las ganas de terminar que las pocas ganas de pensar.
Y me acordé del día que me junté con una amiga de hockey a hablar de lo que me pasaba para que días más tarde me metiera al loquero.
Pero ¿Por qué tuve que ir tan desesperadamente a buscar ayuda en aquel momento? Creo que es una buena pregunta, porque a veces pasa que cuando uno está bien, se olvida de todo lo que pasó y tuvo que superar, y acá es que me doy cuenta de todo lo que tuve que esforzarme para hoy estar acá.
Me acuerdo cómo empezó todo.. Si bien no hubo una causa particular, pasaron muchas cosas que unidas a mi personalidad me hicieron caer en la patología.
De chica odiaba mis caderas, me sentía más gorda que el resto siempre. Tengo una imagen (que seguro mi mamá también se acuerda) en la que estábamos comprándome una maya tipo short y remera (horrible a todo esto) y yo mirándome al espejo y golpeándome las caderas con los puños enojadísima.
También me acuerdo de un viaje a Chile con hockey, todas en el mar en maya y yo con short y remera. ¡Qué ridícula! Y qué tristeza a la vez por no poder disfrutar como cualquier niña.
Y como ese, muchos otros momentos que dejé de disfrutar por sentirme mal conmigo misma.
Mi mayor obsesión por el cuerpo y las comidas empezó después de que mi entrenador de hockey a los 16 años me mandara a una nutricionista para balancear mi alimentación porque estaba creciendo. De Agosto a Diciembre hice dieta con nutricionista y gimnasio. Bajé algunos kilos y me sentía bien. En enero me fui de vacaciones y mi cabeza quería seguir a dieta pero a la vez se prendía en las comidas del verano. Los meses que siguieron a mi vuelta de vacaciones fueron de puros cambios en mi mente. Quería adelgazar los kilitos que había subido en las vacaciones pero a la vez no podía dejar de comer normalmente. No sabía qué hacer. Volvía al gym por tiempos, comía poco, comía de mas a veces también. A fin de año había subido un poco más y peor me sentía. Era el último año del colegio, se venía la fiesta, el vestido, el viaje y empecé a hacer dieta de nuevo. Gimnasio, hockey y dieta. No comía nada en el colegio, almorzaba una milanesa de soja. Pero después me daba hambre y comía algo dulce. Algunas veces eso me daba culpa y tenía que ir al baño y provocarme el vómito.
Ahora si me preguntan ¿de dónde sequé eso o cuándo fue la primera vez que lo hice? No me acuerdo, no me acuerdo por qué lo hice ni cómo, pero una vez que lo hice y me ayudó a borrar la culpa de comer algo que para mí no estaba permitido, lo volvía a hacer.
Yo me empecé a manejar así, comía poco, todo light y si alguna vez no aguantaba y comía algo malo para mí (como chocolate, pan, alfajores, galletas), ahí nomás tenía que ir al baño.
Por suerte no fue un hábito que se me arraigó tanto, por lo que gracias a Dios no tengo ninguna secuela física.
Me acuerdo de un día que después de vomitar, me fui a mirar al espejo de la pieza de mi mamá y me largué a llorar. Estaban en la pieza mi hermana y quien en ese momento era mi mejor amiga, les conté lo que había hecho y me dijeron que eso tenía que hacerlo ver por un psicólogo, que no estaba bien. Yo no quería creerles ni hacerles caso. Prefería seguir en eso, llevar una vida anormal, no salir con mis amigos por preferir quedarme llorando en mi cama, esperando que la pobre de mi mamá viniera con gran tristeza de verme así, a intentar convencerme de que saliera, que la ropa me quedaba bien, que no era gorda, que era linda. Y algunas veces lo logró y salía, otras veces terminaba saliendo por la insistencia del grupo del barrio, pero otras simplemente me quedaba.
Era triste abrir los ojos y automáticamente pensar en mi cuerpo, en todas las partes que me molestaban cuando estaba acostada. Tocarme para ver en qué parte del cuerpo me sobraba más grasa. Y así todo el día, en cada posición en la que estaba, en cada lugar al que iba, mirarme en cada reflejo o espejo que se me cruzara y ponerme peor.
Mirar a las demás chicas en hockey por ejemplo me hacía muy mal. Eran todas lindas y flacas y jugaban bien, ¿qué podía hacer la gordita ahí?
Muchas veces mezclaba mis enojos o tristezas con la comida, me costaba seguir comiendo si por ejemplo mis papás estaban discutiendo, me daba impotencia y me iba.
Volviendo al tema del último año del colegio, yo necesitaba estar flaca, quería un vestido abierto en el que tenía que mostrar la panza. Entonces mi cabeza le hacía creer a mi estómago que no tenía hambre, y así evitaba muchas comidas. Los nervios de organizar todo servían de excusa para explicar mi gradual pero notoria disminución de peso. El vestido de egresados hasta el último día me lo tuvieron que achicar porque mi cuerpo ya no era el mismo de unos meses atrás. Si bien nunca llegué a verme muy mal, era un peso bajo para mi, pero yo me sentía muy bien, linda, podía usar la ropa que quisiera que todo me quedaba bien. Sentía que en hockey era más rápida o buena. Pero no me daba cuenta que todo ese bienestar era irreal, era a costa de un gran sufrimiento.
Después empecé la facu y recuperé un poco de peso, entonces nuevamente me sentía mal, me preocupaba todo el tiempo por mi cuerpo, tanto que ni si quiera podía trabajar en el tablero porque se me desviaba la mirada hacia mis piernas y me colgaba pensando en lo gorda que estaba. Todo primer año fue así, me costó mucho romper con esos pensamientos.
Tenía que hacer algo para que esto que me pasaba no me ganara. Entonces de nuevo en mi amiga de hockey, me acordaba que en entrenamiento nos habían dicho que ella había empezado un tratamiento por desórdenes alimentarios. Entonces la llamé. Nos juntamos, le conté algunas cosas que me pasaba y me dijo que si era una enfermedad, que tenía que hacer un tratamiento. Bueno y gracias a ella entré.
Yo entraba como si no pasara nada, tranquila y sonriente. Hasta que vi las pautas. No mirarse al espejo?? Y como vivo sin mirarme al espejo?? Me quería matar, tapar los espejos de la casa, tener q comprarme ropa sin mirarme, era horrible. Y me costaba mucho cumplirla. Otra cosa que me hizo cambiar la cara fue que mi terapeuta me obligó a comer cosas que me daban miedo. Me acuerdo que tuve que comer toda una semana alfajores para ver que no me pasaba nada, pero casi me muero! Al principio me quitaron de a poco los miedos a la comida y eso me sirvió bastante. Avanzaba rápido porque hacía todo lo que me decían que me iba a servir. El tema de las porciones fue siempre un problema, porque en mi casa no estábamos acostumbrados a comer mucho entonces tener que servirme un plato lleno o “muchísima comida” como decía mi papá, les costaba mucho. Más adelante me servía sola y no había cena en la que mi papá no dijera algo del plato jaja.
Ya había mejorado mucho, cuando me presenté para reina de la Vendimia. Era un tema delicado, mucha exposición en un momento en el que todavía no aceptaba mucho mi cuerpo. Pero así todo lo enfrenté, y hoy reconozco que fue una de las cosas que más me sirvió para entender que cada uno es como es y tiene una belleza particular, que mi contextura física es diferente a otras con las que yo soñaba. Crecí mucho con esta experiencia.
Y con la fama volvió el amor. Compartía ahora con alguien más mi vida, alguien más me escuchaba. Por suerte para él, yo ya contaba como algo pasado todos mis síntomas de cuerpo y comida, sabiendo que tenía mucho mas que mejorar. Temas de mi personalidad que no me dejaban ser libre. Una de las cosas que más me costaba era decir lo que sentía, demostrar mis sentimientos de manera sana, pedir ayuda, hablar. Y creo que parte de esto fue lo que trajo a nuestra vida a él. Nuestro primer hijo.
Qué fuerte y extraño fue saber que mi vida iba a cambiar radicalmente. Qué difícil no pensar en lo que iban a decir, en lo que iba a pasar, en lo que iban a pensar mis papás, más que nada mi mamá, de quien siempre fui muy dependiente. Pero bueno, lo enfrentamos, los dos juntos empezamos a vivir otra vida sabiendo que había alguien más por quien seguir.
Y justamente eso fue lo que me hizo seguir el tratamiento. Mas de diez veces creo que amagué con dejarlo, que no daba más, que ya me sentía bien, que no me alcanzaba el tiempo para hacer todo. Aún sabiendo que tenía que seguir. Pero a esta altura ya lo único que me frenaba a dejar era él, mi hijo. Pensaba en todo lo que había pasado y no quería ser una madre enferma, no quería lastimarlo a él ni a Nico. No quería que se avergonzara de su mamá. Y con esa personita como aliciente seguí.
Por suerte el embarazo pude vivirlo ya con una visión más sana de mi cuerpo. Me sentía bien, a veces me costaba verme en tal o cual peso pero entendía por qué era, cuál era la causa de tantos cambios físicos que experimentaba.
Tuve que hacerme fuerte a tantas discusiones que teníamos con el Nico. No era fácil para nada lo que nos estaba pasando. Algo nuevo para los dos. Un cambio total. Y de un día para el otro tener que aprender a ser pareja, a pensar de a dos, a pensar para tres, a convivir en un lugar que no es nuestro.
Pero todas esa situación me ayudó, junto con el Nico, a mejorar de a poco mi problema de comunicación. De alguna manera u otra teníamos que hablar, resolver problemas. Y cada vez era mas sencillo para mi hablar.
También tenía muchas inseguridades antes de tener al bebé, pero con la ayuda de todos, el grupo, mis terapeutas y mi familia pude hacerme fuerte y tranquilizarme mucho.
Después de nueve meses de espera, paciencia, nervios, peleas, llegó él. Con sus inmensas manos, su hermosa boca y su bella carita, llegó a formar una familia, a alegrar a todos con sus gestos y payasadas.
También tuve que amoldarme a los tiempos de una madre estudiante y empleada pública. Que no es poco. Me costaba al principio. No quería ir al tratamiento. Pero las chicas no me iban a dejar que abandonara en este momento, entonces ellas venían a mi casa los primeros meses a hacer los encuentros y terapias. De lo que les estoy eternamente agradecidas.
El último tiempo fue para ver algunos detalles de comida y cuerpo que me quedaban pero principalmente para seguir mejorando aún más mi comunicación, para seguir aprendiendo a decir lo que realmente siento.
Y hoy estamos acá, me siento tranquila, feliz. Con un gran peso menos. Y sabiendo que todo lo que aprendí en estos tres anos, tiene que ser parte de mi vida para siempre.
Muchísimas gracias a todo el grupo por escucharme, aconsejarme, entender mi manera de hablarles, ayudarme a reconocer algunas actitudes y a poder mejorarlas.
A Marinés por darme toda su confianza desde el primer día, por querer siempre lo mejor para mí, por obligarme a tantas cosas, por hacerme atrasar un ano en la facultad, perdón, por hacerme entender que lo primero era mi salud, por ensenarme tantas cosas, por creer en mí, y sobretodo por quererme tanto ( o eso dice).
Gracias Mariana por tu infinita paciencia, tus prácticos consejos, por ensenarme a crecer, tanto sola como acompañada. Gracias por tu cariño.
Gracias mamá por no dejarme nunca, por empujarme a mejorar, porque entendiendo o no la enfermedad, nunca me dejó de apoyar y ayudar en todo lo que podía. Gracias por aceptar mis decisiones y dejarme crecer.
Gracias Caro por acompañarme en esto desde el principio, por cuidarme y bancarme muchas cosas.
Gracias papá por apoyarme aún cuando no podías creer que a mi me pasara esto, por no darme la espalda a pesar de que no te parecían algunas cosas del tratamiento.
Gracias mi amor porque fuiste gran ayuda en la última etapa de este proceso, gracias por apoyarme a pesar de que también te embolaba que tuviera que seguir viviendo al tratamiento. Gracias por tenerme infinita paciencia en todo, y por cambiar también a la par mía. Gracias por ir al lado mío en este camino que decidimos hacer juntos.
Y agradezco a cada uno de ustedes por ayudarme de diferentes maneras.
Flor