29/09/2024
OLVIDADOS DE DIOS
("El miedo sólo sirve para perderlo todo." - Manuel Belgrano)
El viejo cartel con una cruz verde fue finalmente vencido por el vendaval; uno de sus soportes se salió de lugar y quedó colgado del restante generando un movimiento pendular que provocó un golpeteo repetido contra la pared lateral de la Clínica Privada del Dr. Rappaport, en el perdido pueblo de Coronel Herrero. En la misma pared, y a tan sólo medio metro del sitio donde golpeaba el cartel, se encontraba la ventana del dormitorio de médicos de guardia. Allí se hallaba el flamante galeno Dr. Alexis Rodríguez, quien intentaba encontrar la postura adecuada para comenzar a conciliar el sueño.
Luego de probar diferentes métodos, el joven médico decidió que era mejor levantarse de la cama e ir en busca de algo de compañía que lo distraiga de su abrumador aburrimiento; al fin y al cabo, el ruido estruendoso que venía desde la ventana no le permitiría dormir en toda la noche. Así fue que dejó la habitación, caminó por el desierto hall principal del sanatorio, subió la escalera al primer piso y fue a dar al pasillo que llevaba al office de enfermería.
En el lugar debía haber estado José Camilo Pugliese (o Jotacé, como solían llamarlo), el único enfermero que se quedaba por la noche cuando había pocos pacientes internados; pero no halló a nadie. Las luces del edificio comenzaron a parpadear y, con cada ráfaga de viento prolongada, permanecían largos segundos apagadas.
La situación empezó a desagradar a Alexis y prefirió salir en busca del enfermero. Para darse valor, tarareó en vos baja una melodía que interrumpía cada vez que las luces se apagaban y retomaba cuando éstas se encendían nuevamente. Cuando llegó a la mitad del pasillo que lleva a las habitaciones de los pacientes, la luz se cortó... Alexis esperó... contó hasta cinco, luego hasta diez, y finalmente hasta veinte; pero la luz no regresó. En la oscuridad, y en la mitad del pasillo, le ganó el pánico. Volvió sobre sus pasos y entró corriendo al office de enfermería como quien alcanza un refugio en medio de un diluvio. El enfermero aún no estaba.
“¿Jotaceé?” Al escuchar su propia voz como un aniñado falsete se avergonzó por reconocerse tan asustado.
“¡Shhhhhhh!” - se escuchó desde el pasillo. Y las luces parpadearon hasta encenderse tenuemente.
“¿Desperté a un paciente? ¿Será Jotacé? ¿Dónde mi**da está este tipo?” Pensó.
“¿No puede dormir, doctor?” El enfermero, vestido con un impermeable, irrumpió con una linterna apagada en una de sus manos.
“Se... se soltó el car... cartel y... y , este, bueno, golpea cerca de la ventana y, bueno, u... usted sabe, hace mucho ruido y, bueno, fi... fíjese, sumado al viento, y la lluvia, y todo... Pero... ¿dónde estaba usted? ¿Dando alguna medicación?”
“No. Bajé al sótano a probar el grupo electrógeno, pero no funciona. Si se corta la luz: sonamos.”
“Entonces, ¿usted cortó la luz?”
“Sí, pero en cualquier momento se cae un poste en la calle y se corta de verdad.”
“Y si me cae un paciente... ¿qué hago sin luz?”
“Llama al hospital y hace lo que puede hasta que lo vengan a buscar... ¡No se le ocurra internarme a nadie con la luz cortada!”
“Bueno... Dios quiera que no pase nada de eso...”
“¡Je! ¡Dios! Dios hace rato que se olvidó de nosotros...”
“¿Por qué dice eso?”
“Ah, no. Si quiere que le cuente, por lo menos póngase a cebar algunos mates. Creo que es justo.”
Alexis obedeció y se dispuso a calentar agua y cambiar la yerba.
“Hace veinte años, cuando el Dr. Rappaport puso esta Clínica, Herrero era una localidad que parecía destinada a convertirse en uno de los poblados más importantes de la zona. Fue en esa época que asfaltaron la carretera, se inauguró la estación de trenes y empezó a parar el tren dos veces al día. Todo eso se debió a la fábrica de fideos y pastas secas. Usted es muy joven, pero por ahí se acuerda: ‘Fideos Pagliaro, rinden más y nos cuestan caro’ ¿se acuerda?”
“No... la verdad.”
“Igual, si no se acuerda, no importa. Bueno, gracias a la fábrica comenzó a poblarse el lugar con obreros, sus familias y mucha otra gente que se animó a poner su propio negocio. El Dr. Rappaport fue listo: aquí no había un solo médico, ni sala de primeros auxilios, nada. Si alguien necesitaba un médico debía ser llevado en auto hasta San Victorio; imagínese: 50 kilómetros sin ambulancia. Si el caso era grave, seguro que se quedaba en el camino... La cuestión es que el Doc hizo un arreglo con el Viejo Pagliaro y abrieron una sala en la fábrica para los obreros. Luego, el resto de la gente también fue a atenderse y la sala quedó chica. El Viejo le bancó al Doc la apertura de la Clínica y fueron socios. Pero la cosa no duró mucho...”
“¿Qué pasó? Páseme el mate.”
“Tome... El Viejo no tenía buena salud (por eso invirtió en la Clínica), y murió hace doce años. Fue en la habitación 15. Me acuerdo como si fuera hoy, mire. Lo internamos con edema de pulmón una noche de tormenta como esta; estaba muy mal y era imposible llevarlo a San Victorio. El Dr. Rappaport se pasó toda la noche al lado de la cama. Yo entraba y salía cada rato; a eso de las cinco de la mañana, el Doc salió y me dijo: ‘Jotacé, ya falta poco... no podemos llevarlo a ningún otro lugar, sufre mucho y delira. Prepará el cóctel.’ Así fue que mezclé un neureléptico con un barbitúrico y cloruro de potasio. Cuando lo llevé a la habitación vi algo espantoso... ¡pero, deme algún mate de ves en cuando!”
“Eeeh... sí, disculpe, tome… ¿Qué fue lo que vio?”
“El Viejo estaba sentado apoyando la espalda en la cabecera de la cama. Su rostro estaba azul, sudaba frío y jadeaba (eso ya no era respirar); sin embargo tenía fuerzas para hablar: maldecía a todo el Mundo, al pueblo, a la Clínica, a sus hijos, al Doc y hasta a Dios. Cuando lo oí maldecir a Dios, le inyecté el cóctel en un bolo. Abrió los ojos bien grandes, dejó de respirar y relajó todo el cuerpo. Murió al instante… Tome, no lo deje tanto tiempo cebado y sin tomar porque se enfría y se lava.”
“Disculpe, eh... y ¿cómo sigue la historia? Me imagino que fue un duro golpe para el Dr. Rappaport.”
“Sí que lo fue; pero no cómo usted lo imagina. Los hijos del Viejo no querían participar del negocio de la Clínica y el Doc tuvo que comprarles la parte. Estos tipos eran muy distintos a su padre. El Viejo era muy respetado, pero no era muy querido por la gente; sus hijos, directamente lo odiaban. Eran dos varones: Lorenzo y Antonio; y digo eran porque los dos ya siguieron al Viejo al In****no. También murieron acá... El caso es que en dos años fundieron la fábrica y al pueblo. El primer acto irresponsable fue despedir a Rodolfo Irigoyen, el capataz de la planta elaboradora. Este hombre había sido uno de los pocos que se había ganado el afecto del Viejo. Lorenzo lo echó el mismo día que se hizo cargo de la empresa. Irigoyen se quedó en Herrero y, hace nueve años, estando borracho apuñaló a Lorenzo luego de emboscarlo. Recuerdo que lo trajeron casi mu**to; le había perforado el hígado y perdía mucha sangre. Repetía sin parar: ‘Fue el Pappo, él lo mandó, fue el Pappo...’ hasta que se murió. A Irigoyen lo encontraron mu**to unos días más tarde en la celda dónde estaba. Dijeron que se ahorcó el mismo, pero nadie cree eso...”
“Y... ¿y Antonio? ¿Cómo murió él?”
“Ese estaba loco. Se decía que tomaba dr**as de todos los colores. Estuvo internado muchas veces y, realmente metía miedo cuando se lo veía ‘brotado’. Se ponía violento, golpeaba y gritaba; había que tenerlo atado a la cama. Una noche, tan lluviosa como aquella en que murió su padre, el médico de guardia lo internó en la habitación 15. Yo le aconsejé que no era bueno, pero la Clínica estaba llena y a ese tipo no se lo podía poner en habitación compartida. Sus gritos molestaban a todos los pacientes, lo dopamos duro pero, así y todo, no se callaba. Nos fuimos acostumbrando a sus gritos hasta que cerca de las cinco de la madrugada no se lo oyó más. Fui a ver a la habitación y ahí lo vi... No me dé más mates, están fríos y lavados.”
“Está bien, pero ¿qué vio?”
“Lo encontré sentado en la cama, en la misma posición que el Viejo, su boca estaba entreabierta con una mueca espantosa, sus puños estaban apretados y habían desgarrado las sábanas, sus ojos estaban bien abiertos (como los de su padre) y su mirada apuntaba hacia la puerta en donde yo estaba. Me asusté y fui a buscar al médico de guardia; cuando él vio el panorama desde la puerta, tampoco quiso entrar. Llamamos al Dr. Rappaport y, cuando él llegó, (una hora después) tomamos coraje y entramos los tres a ver que había pasado. Su cuerpo estaba rígido como una estatua, no podíamos acostarlo en la cama. Yo tuve que cortar las sábanas porque nos fue imposible separarle los dedos de las manos. Esa misma noche, el Dr. Rappaport decidió clausurar la habitación 15 y se deshizo de la cama; nunca supe dónde fue que la mandó. Pero eso no es todo... ¡Ups! Se cortó la luz, nomás. Bueno, abra el cajón de arriba y saque las velas. Prenda algunas con las hornallas y yo me voy a revisar las habitaciones. ¿Por qué, después, no se va a dormir un poco?”
Alexis no respondió, encendió las tres velas que encontró y le pasó una a Jotacé. Este, tomó la vela y la linterna y se alejó por el pasillo. Volvió enseguida, pero a Alexis le pareció una eternidad.
“Debería aprovechar para dormir, doctorcito, sino mañana...”
"Creo que tiene razón... ¿ha... hay alguna habitación libre en el piso?”
“Me temo que no, salvo la 15; pero no creo...”
“¡N... no, no importa! Me vuelvo a mi dormitorio... n... no se preocupe...”
“No, si yo no me preocupo. Vaya y llévese una vela, porque la linterna la necesito.”
“Gracias. Hasta mañana.”
“Hasta luego.”
Alexis tomó su vela y caminó por el pasillo rumbo a la rampa para camillas. Con una mano sostenía la vela y con la otra cuidaba celosamente la llama. Tenía terror que se le apagara. Cuando por fin llegó abajo, miró hacia la puerta principal de la Clínica que se veía al fondo del corredor. El agua golpeaba el vidrio y el sonido semejaba al que produce alguien al golpear con urgencia para ser atendido. Los relámpagos le iluminaron el hall y pudo orientarse mejor para llegar a su guarida. Alexis sacó pecho y caminó erguido hacia su pieza. Entró, cerró la puerta con llave y dejó la vela sobre la mesita que estaba al lado de la cama. Un golpe cerca de la ventana los sobresaltó... era el cartel que todavía se balanceaba, pero con más amplitud. El joven suspiró y se resignó a dormir con esa molestia.
Se acercó a la ventana y bajó firmemente la persiana para que ésta no permitiese penetrar el reflejo de los relámpagos. Se acostó, tomo valor y apagó la vela. Se tapó con las cobijas hasta la cabeza y esperó que el sueño llegase.
Esperó... esperó.... y esperó. No pasaba nada; era evidente que no podría dormir. Cada sonido que se podía escuchar parecía dirigirse hacia donde él estaba. Los golpes en la pared lo inquietaban cada vez más. Decidió que lo mejor sería volver con Jotacé e intentar dormitar en el office. Buscó a tientas su encendedor para reencender la vela pero, en el intento, la golpeó y ésta cayó al suelo y se deslizó. Entre fastidiado y ansioso buscó nuevamente el encendedor sobre la mesita y, luego de tirar la lámpara y el reloj despertador, lo encontró y usó para iluminarse.
Las manos le temblaban y la vista se le nublaba. Notó que estaba bañado en sudor frío. Buscó la vela y logró encontrarla debajo de la cama, junto a la pared. Se quemó los dedos con el calor de la llama y soltó el encendedor. Harto, se arrastró bajo la cama y tomó la vela. Al salir se golpeó la cabeza y maldijo con rabia. Tanteó por el suelo y halló el encendedor a los pies de la cama. Se sentó en el sitio y, finalmente, encendió la vela. Lo primero que vio una placa de que decía "Habitación 15”.
Alexis exhaló un grito de horror y soltó la vela que cayó sobre la alfombra y ésta empezó a arder de inmediato. El joven saltó sobre la cama e intentó levantar la persiana, pero la cuerda estaba muy dura. No podía ir hacia la puerta porque las llamas se habían esparcido por toda la alfombra. Rodeado por el fuego comenzó a gritar pidiendo socorro, pero se dio cuenta que ni él mismo podía escucharse. En su desesperación intentó cruzar la habitación y encontró la puerta trabada. Cuando pudo darse cuenta que la llave estaba en el otro extremo del cuarto, las llamas ya lo habían alcanzado; cayó al suelo, golpeó la puerta una vez, otra… y no golpeó más.
Jotacé derribó la puerta con un hacha y comenzó a apagar la llamas usando un matafuegos. Mientras arrojaba la espuma repetía sin cesar: “Yo le dije, doctor. Estamos Olvidados de Dios. Yo le dije, doctor...”
GUILLERMO ALBERTO BALTAR.
1993