30/05/2025
El Arbol Genealógico.
Héctor Beccerini me pidió que escribiera algo sobre “el árbol genealógico”. Como no soy un experto en el tema estuve dándole largas, aunque entendía lo que quería. Se trata de una digresión que él hace cuando llega a un cuarto del museo donde se exhiben dos murales hechos por Roberto Pennisi con los integrantes de las familias Pennisi y Greco, las más numerosas de la inmigración acesi en el puerto de Mar del Plata, cuyos descendientes constituyen una colectividad que se identifica con la devoción de Santa María de la Scala.
Para quién le interese, fueron estudiados por Bettina Favero en su libro La Última Inmigración.
Estrictamente no son árboles genealógicos, sino listados de scalotos identificados por sus distintas ramas, sin mención de sus cónyuges y con la indicación en casi todos los casos de sus apodos. Los sobrenombres son el verdadero recurso identificatorio ante la continua recurrencia de los homónimos que se debe a la devota costumbre de poner a los hijos el nombre de los abuelos.
Todo esto revela una pasión gregaria por el origen, por la estirpe y por la verdadera historia. Sirve para saber de dónde venimos, de qué grupo formamos parte, quiénes son los otros, y con relación a ese conjunto, como dice Beccerini, quiénes somos nosotros.
Los árboles genealógicos argentinos nunca son tan monolíticos e imponen forzosamente una cultura de la hibridación, del encuentro y de la pluralidad.
No me gusta pontificar, pero como escribo a pedido, tengo que reiterar el mensaje del museo a todos los jóvenes y no tan jóvenes: Es necesario que vayan ya a ver a sus padres y a sus abuelos al geriátrico y recaben todos los datos de la historia familiar, como los pedía el programa “Mis Raíces” que el museo implementó con los colegios del puerto. Deben inquirir y anotar fechas, nombres, lugares e historias. Es el primer paso de toda investigación genealógica y sin esa información nada se puede averiguar después, cuando sientan que es necesario saber.
A veces, si no se ha hablado con los abuelos o los padres, es posible obtener información por los colaterales: hermanos, primos y tíos, cuyas historias son afines. La familia de un árbol genealógico se compone de vivos y de mu***os. Los mu***os ya no hablan con palabras sino con sus vidas; nos han transmitido sus recursos, su voluntad, su incontinencia, sus limitaciones, su manera de hablar y siguen cumpliendo su función identitaria e inspiradora.
Mirando el árbol, la genealogía nos dice lo que pudimos haber heredado. Pero no heredamos todo de nuestros antepasados, sino solo una parte y eso lo decide el azar (digamos, provisoriamente, el azar). Es probable que el día de mañana la genética, que nos dice lo que realmente heredamos, reemplace con ventaja a la genealogía, pero su mensaje se leerá sobre el trasfondo de complicados estudios demográficos y migratorios, y lo que se perderá entonces es el torrente transversal de la cultura, de la historia particular y el modo de vida que viene con la tradición y con la información oral de nuestros padres y abuelos y que nos ha edificado tanto como los genes.
Agradezco a mis padres y a mi abuela, mis principales fuentes orales, porque no se extrañaron de mis preguntas. Sabían la importancia de los antiguos y se esforzaron por decirme todo lo que sabían.
Hay varias páginas de genealogía donde hacer un árbol familiar, FamilySearch es gratuita y contiene miles de registros parroquiales microfilmados, más un software genealógico que permite recuperar actas de bautismo, matrimonio o defunción por los nombres y datos individuales o combinados de cualquiera de los intervinientes, incluidos padrinos y testigos, con más los censos poblacionales de 1855, 1869 y 1895 y otra variedad de registros y colecciones.
Para seguir con las principales fuentes de información, digamos que el registro civil no está digitalizado para los años importantes de cualquier investigación genealógica, es oneroso y para pedir una partida hay que tener mucho tiempo antes el nombre del causante y lo más difícil, la fecha exacta del nacimiento, del matrimonio o de la defunción, porque no hacen búsquedas. En cuanto a los registros migratorios, los tiene el CEMLA, están incompletos y solo disponibles a partir de 1882
Con estas fuentes hay que luchar; porque la identidad es una memoria, un descubrimiento y una construcción.