06/07/2023
DE LAS BUENAS LECTURAS. CONTENIDOS DE RADIO. HOY: UN ARTISTA DEL TRAPECIO DE FRANZ KAFKA.
Y llegamos a los diez programas del ciclo DE LAS BUENAS LECTURAS, en la 93.1, Radio Municipal, y lo celebramos, el pasado domingo 2, compartiendo cuentos, poemas, formas literarias que se ponen en diálogo con canciones y van urdiendo la trama de una dinámica muy atractiva para la audiencia que pasa esta horita del domingo, que va de tres a cuatro de la tarde, en la mejor compañía; porque no hay mejor compañía que las buenas lecturas, y la buena música.
En esta décima emisión, ajustados al criterio de seguir las efemérides literarias, compartimos un cuento de Franz Kafka, nacido en la ciudad de Praga el 3 de julio de 1883, y considerado uno de los escritores capitales del siglo XX.
Se trata de Un artista del trapecio, breve relato que, sin embargo, alcanza como muestra del talento del autor para servirnos esas atmósferas opresivas y absurdas que caracterizan su literatura. Entre el autor y nosotros, sus lectores, media el arduo y fundamental trabajo del traductor que es, nada más ni nada menos, que nuestro Jorge Luis Borges, genio argentino y universal.
Al final del cuento, usted, como los oyentes, podrá disfrutar de la canción que hemos elegido poner en diálogo con este cuento. Se trata de Los ejes de mi carreta de don Atahualpa Yupanqui, milonga que interpreta, con un profundo sentimiento, Jairo.
El tópico que hemos elegido para reunir el cuento con la canción es el de la SOLEDAD, aunque merece destacarse que, la soledad del “yo lírico” de la milonga de Yupanqui no tiene los ribetes patológicos que exhibe la del el trapecista kafkiano; se trata más bien de una de esas soledades inevitables, gestadas, acaso, en el contexto geográfico, en las fatigosas distancias que se fueron configurando en nuestro no menos fatigoso proceso de poblamiento -si comparamos nuestra población actual con la que deberíamos tener, concluimos en que somos un país, todavía, despoblado, entre esos dos números, el que dice cuántos somos y el que hipotetiza cuántos deberíamos ser de habernos desarrollado según nuestro infinito potencial, media nuestra condición de nación fallida-.
La penosa soledad del trapecista kafkiano tiene que ver con la vida y la cultura de vida del siglo XX que son bastante parecidas a las que deja ver nuestro presente; aunque, claro está, en el vértigo de nuestros días, la tecnología, que es dadora de grandes progresos, provee también dispositivos que, mal usados, engendran sus propios y solitarios adictos.
La yapa: ¿Sabías que Kafka dibujaba? Por burocráticas y kafkianas razones, sus dibujos en tinta china, fueron inaccesibles durante décadas. Se publicaron por primera vez el año pasado, tomamos prestado uno, para ilustrar esta columna.
UN ARTISTA DEL TRAPECIO. FRANZ KAFKA (Traducción: Jorge Luis Borges)
Un artista del trapecio –como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre– había organizado su vida de tal manera –primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica– que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades –por otra parte muy pequeñas– eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.
De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades especiales con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa porque, como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además, era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la carpa y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de gira, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conexiones de luz en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.
A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.
Así habría podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar que lo molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente.
El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia de trapecio.
En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina –pero en algún modo equivalente– de su manera de vivir.
En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio.
A pesar de todas estas persecuciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.
Una vez que viajaban, el artista en la redecilla, como soñando, el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio lo apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios uno frente a otro.
El empresario accedió enseguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos ejercicios serían más variados y vistosos.
Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:
–Sólo con una barra en las manos ¡cómo podría yo vivir!
Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarle. Le prometió que, en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo, con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.
https://youtu.be/VDSDvTE80Ss