11/10/2024
🎗🎂En homenaje al 110° aniversario de la creación del Correo de Firmat, compartimos párrafos de la novela de Eduardo de la Vega, «Filo, contrafilo y punta», que narran la llegada de Fernando Toscano a Firmat, en el año 1913.
✔La carreta avanzaba lentamente por el camino real. No encontraron ganado, árboles ni cristiano alguno a lo largo de las treinta leguas que habían recorrido desde el Pergamino. Al divisar la laguna, detuvieron la marcha para contemplar el inmenso espejo azul que interrumpía y aliviaba la insoportable monotonía del paisaje.
Fernando Francisco Toscano reconoció de inmediato el pueblo. Junto a la laguna se levantaba el fuerte, y más atrás el caserío, que a la distancia parecía exiguo y apesadumbrado.
—¿Llegamos patrón? —preguntó Ramón.
—Aún no —contestó Fernando— el pueblo que está junto a la laguna se llama Melincué.
Bajaron del carro y prepararon una improvisada mesa para la comida. Había pasado el mediodía, cuando el recuerdo del guiso cocinado la noche anterior, despertó en ambos la conciencia del vacío en el estómago. Sabía mejor que en la víspera; comieron con placer y abundancia, a conciencia de que no volverían a hacerlo hasta el día siguiente.
Fernando conocía la existencia del fuerte de Melincué por sus conversaciones con Crisóstomo Suárez, un veterano del ejército que había cabalgado con el general Emilio Mitre, durante su frustrada campaña al desierto. Casi centenario y de memoria prodigiosa, Crisóstomo recordaba los detalles de aquella marcha fallida y no ocultaba su desagrado por Mitre y su improvisado proyecto. La expedición había partido de Melincué con dos mil hombres y desistió de su objetivo, debido a la ausencia de baquianos, antes de internarse en tierras ranqueles.
Los relatos de Crisóstomo incitaban su curiosidad natural por los sucesos históricos, especialmente aquellos que le eran cercanos. Para entonces, Fernando había leído en La Vanguardia sobre la historia remota de aquel antiguo puesto de frontera, que aparecía en un título de donación de tierras por parte del Gobernador de Córdoba de fines del siglo diecisiete, y reaparecía en el título de la Merced de Arrascaeta, un siglo después, señalándolo como paraje de Melingüe.
Luego del almuerzo, Fernando cayó en un letargo sibilino provocado por la digestión y el ensimismamiento. Cuando reanudaron la marcha, debió hacer un esfuerzo para abandonar el sopor y recobrar la disposición natural de sus sentidos.
—Ya casi llegamos… quedan unas cuatro leguas —dijo.
Ramón azuzó a los caballos para retomar el camino. El frío de la tarde hacía cada vez más pesada la marcha. Calculó que no llegarían hasta entrada la noche; debían pasar antes por la posta, punta de la línea de las galeras El Progreso que hacía el trayecto desde Colonia Candelaria a Melincué. Allí esperarían recibir indicaciones sobre el camino que los llevaría a la Villa Firmat.