29/08/2026
Noches largas de café
El v***r sube en una espiral lenta, casi hipnótica, rompiendo la penumbra de la mesa. En la madrugada, el café no es una bebida: es un pacto de permanencia.
Hay un ritual casi litúrgico en el sonido de la cuchara rozando la loza, un tintineo solitario que marca el ritmo de las horas en que el mundo duerme. Mí negra compañía descansa en la taza, oscura y densa como un pozo donde se reflejan las palabras que todavía no me atrevo a escribir.
El aroma a café recién pasado tiene la virtud de desmantelar el tiempo. Huele a tostado antiguo, a silencio compartido, a las conversaciones luminosas que solo ocurren cuando la noche ya se rindió. El insomnio, que a veces llega como un castigo, se vuelve bajo esta luz, un territorio conquistado. La negrura del líquido amargo contrasta con el lienzo en blanco, y en cada sorbo hay una tregua: el calor que desciende por la garganta despierta los sentidos justo en el límite donde la fatiga se transforma en lucidez.
A estas horas, la ciudad es solo un rumor lejano al otro lado de la ventana. Quedamos únicamente la noche, la página vacía y la constante, fiel tibieza del café velando la vigilia.