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El agravio a los mu***osÁlvaro García Linera  CELAG                “Habían aguardado toda una década mordiéndose los die...
06/12/2019

El agravio a los mu***os

Álvaro García Linera CELAG “Habían aguardado toda una década mordiéndose los dientes para no escupir sobre los indios y mostrarles su desprecio; y ahora, amparados en las bayonetas, no dudan en descargar todo su odio de casta”.

“Ni los mu***os estarán seguros ante el enemigo si este vence…” (W. Benjamin)

Un multitudinario cortejo fúnebre recorre las calles de El Alto y La Paz. Por delante van dos féretros y detrás miles y miles de dolientes. Son gente humilde; pobladores de El Alto, artesanos, campesinos, vecinos, madres, indígenas de las provincias de La Paz, Potosí, Cochabamba y Oruro. Han caminado con su dolor cerca de diez kilómetros, y a su paso salen trabajadores, comerciantes y estudiantes llorosos que se persignan, aplauden y entregan agua y pan a los que marchan. La ciudad está paralizada, y la gente de los barrios populares está de luto. Solo el 20 de noviembre, en la zona de Senkata, ocho pobladores fueron asesinados con armas de fuego militar, más de un centenar fueron heridos de bala, llegando a treinta y cuatro los mu***os en los últimos nueve días del golpe de Estado en Bolivia.

Han bajado desde El Alto para reclamar justicia por sus mu***os; han caminado tanto para que las personas vean lo que está pasando, ya que los medios de comunicación amordazados no hablan de la tragedia sufrida; marchan horas y horas para decirle al mundo que no son terroristas ni vándalos; que ellos son el pueblo.

Y es que desde el día del golpe de Estado todas las movilizaciones de sectores populares y campesinos que salieron a defender la democracia y el respeto al voto ciudadano fueron objeto de una feroz campaña de desprestigio que desbordó las redes y los medios de comunicación. No se hablaba de obreros, ni de vecinos, ni de indígenas. Se trataba de “peligrosas hordas”, de “vándalos” que amenazan la paz social. Y cuando los habitantes de la valiente ciudad de El Alto y los indígenas y campesinos bloquearon carreteras, un rabioso lenguaje se apoderó de los golpistas y medios de comunicación: “terroristas”, “narcotraficantes”, “salvajes”, “criminales”, “turbas borrachas” “saqueadores” y otros adjetivos fueron utilizados para descalificar y criminalizar la protesta de las clases menesterosas.

Desde entonces, mujeres de pollera con hijos en la espalda, niñas escolares que acompañan a sus padres, jóvenes universitarios, obreros soldadores, campesinos de poncho y vendedores de helados son el nuevo rostro de los “peligrosos sediciosos” que quieren incendiar el país. Esta estigmatización de la plebe sublevada, especialmente si son indios, no es nueva. Durante la Colonia, en el siglo XVI, Fray Ginés de Sepúlveda comparó a los indígenas con los monos; el cura Tomás Ortíz los calificó de “bestias”; en el siglo XIX se hablaba de “razas degeneradas”; y las dictaduras del siglo XX mutaron hacia la delincuentización del indio insurrecto, calificándolo de “subversivo“, “sedicioso”, que quiere poner en riesgo la propiedad, el orden y la religión.

Ahora, las clases medias tradicionales realizan una vergonzosa fusión verbal entre el lenguaje colonial con el de contrainsurgencia. Ni sus intelectuales orgánicos educados en universidades extranjeras pueden escapar a este llamado de la sangre y el prejuicio racial. Para ellos las marchas de vecinos son reuniones de “delincuentes borrachos”, los bloqueos de caminos de campesinos son actos de “terrorismo” y los asesinados por la bala militar son ajustes de cuentas entre “maleantes”. La forzada mesura con la que todos estos años los escribas conservadores habían calificado a los indios empoderados, hoy se desbocan como un torbellino de prejuicios, insultos y descalificaciones racializadas.

Habían aguardado toda una década mordiéndose los dientes para no escupir sobre los indios y mostrarles su desprecio; y ahora, amparados en las bayonetas, no dudan en descargar todo su odio de casta. Es el tiempo de la venganza y lo hacen enfurecidos. Es como si quisieran borrar no solo la presencia del indio que los derrotó, y por eso son capaces de matar con tal de que Evo no sea candidato; además desean arrancar su huella de la memoria de las clases humildes asesinando, encarcelando, torturando, amenazando a quienes pronuncien su nombre. Por eso queman la Wiphala que Evo introdujo en las instituciones del Estado; por eso queman las escuelas que él hizo construir en los barrios populares; por eso aplauden y brindan por la militarización de las ciudades. Ya no hay espacio para la dignidad ni el decoro de una clase que se revuelca frenéticamente en el lodo del autoritarismo, la intolerancia y el racismo.

Y es contra ello que marchan las clases humildes de El Alto y las provincias. Bajan por miles, doscientos mil, trescientos mil. El número ya no importa. El poder que ellas defienden no es el de una persona ni el que Weber teorizó como capacidad de influir en el comportamiento de otro. Para las clases populares la experiencia de poder de estos últimos catorce años es el de ser reconocidas como iguales, el de tener derecho al agua, a la educación, al trabajo, a la salud en similares condiciones que el resto de los ciudadanos. El ejercicio del poder para el pueblo ganado en las urnas, más que la de una capacidad de mando ha sido la de una experiencia corporal diaria de poder mirar de frente a los demás sin tener que avergonzarse del color de piel o la pollera de madre; es haber sido tomados en cuenta como seres humanos; es el poder vender en el mercado, labrar la tierra o ser autoridad sin ninguna barrera de apellido. De ahí que, si bien la experiencia del poder estatal para las clases subalternas -como lo vio Gramsci- es, en primer lugar, la construcción práctica de su unidad como bloque social, la manera de verbalizar y comprender moralmente ese poder ha sido la conquista de la dignidad, es decir, su experiencia de pueblo como cuerpo colectivo autodignificado.

Por eso la mujer de pollera y el obrero lloran cuando el fascismo quema la Wiphala, lloran cuando Evo es expulsado, lloran cuando son impedidos de entrar a las ciudades. Lloran porque están despedazando el cuerpo simbólico y real de su unidad y de su poder social. Y cuando llevan sus mu***os por delante en medio de miles de crespones negros y boleros de caballería fúnebres, lo hacen para pedir a las clases pudientes el respeto a sus mu***os, a esos mu***os que son el umbral último donde los vivos, sea de la clase o condición social que sean, deben detener su orgía de sangre y odio, para venerar la virtud de la vida.

Pero la respuesta de los golpistas es atroz, inmoral, dantesca. Disparan gases lacrimógenos, disparan balas, desplazan sus tanquetas y los féretros quedan en el piso, envueltos en una nube de gases escoltados por gente que se arrodilla y se arriesga a la asfixia antes que abandonarlos.

”No respetan ni a los mu***os” grita la gente. No es una frase de protesta, es una sentencia histórica. La misma que pronunciaron los padres de los agredidos de hoy, cuando otro golpe militar en el fatídico noviembre de 1979 ametralló desde unos aviones norteamericanos Mustang a los dolientes que rezaban y hacían ofrendas a los familiares difuntos en el día de los mu***os o “todos santos”. Los aventureros del golpe militar de entonces, después de su efímera borrachera de victoria, quedaron aparcados en la cloaca de la historia, lugar en el que con toda seguridad estarán pronto los golpistas de hoy. No se puede agraviar impunemente a los mu***os, porque en la cultura del pueblo ellos forman parte de los principios básicos reguladores del destino de los vivos.

La brutalidad de los golpistas hoy obtiene el miedo de la gente, pero ha abierto las puertas de un resentimiento generalizado. Las suturas con las que las seculares grietas clasistas, regionales y raciales habían sido cerradas han estallado por los aires dejando unas heridas sociales sangrantes. Hoy hay odio por todos lados, de unos contra otros. Las clases medias tradicionales quisieran ver el cadáver de Evo arrastrado por las calles, como el del expresidente Villarroel en 1946. Las clases plebeyas quisieran ver a los ricos cercados en sus barrios padeciendo de hambre por la falta de alimento. Una nueva guerra de razas anida en el espíritu de un país desgarrado por la felonía de una clase que halló en el prejuicio colonial de superioridad la defensa de sus privilegios.

Ya lo dijimos, la fascistización de la clase media tradicional es la respuesta conservadora a su decadencia social fruto de la devaluación de sus aptitudes, capitales, oportunidades y saberes legítimos frente a la “invasión“ de una nueva clase media de origen popular e indígena con repertorios de ascenso social más eficaces en el Estado indianizado de la última década. No es que han tenido una depreciación de su patrimonio -que de hecho aumentó pasivamente debido a la expansión económica generalizada del país- sino de sus oportunidades y apuestas sociales de mayor ascenso social aprovechando el crecimiento exponencial de la riqueza nacional.

Pero esto no ha limitado un hecho relevante de las estructuras de clases sociales y de los procesos de hegemonía política: la irradiación estatal de las clases medias. En sentido estricto el Estado es, en su regularidad, el monopolio del sentido común de una sociedad. En tanto que el poder político es, con mucho, la creencia y convicción de unos del poder de otros, es en cierto modo también un tipo de sensación intersubjetiva. Se trata del espeso mundo de las narraciones profundas con efecto estatal. La “opinión pública”, esto es, las narrativas, símbolos y sentidos de comprensión de la legitimidad que pugna por realinear el sentido común político, en gran parte es concentrada por las clases medias tradicionales por disposición de tiempo, recursos y especialización laboral.

En Bolivia, el ascenso social de nuevas clases medias indígena-populares ha venido acompañado por nuevas narrativas y sentidos de realidad pero no con la suficiente solidez como para irradiarse o contraponer la racialización del discurso de las clases conservadoras y ser soporte de una nueva “opinión pública” predominante. Las clases medias tradicionales poseen la experiencia en las formaciones discursivas y en los sedimentos históricos del sentido común dominante, lo que les ha permitido expandir retazos de su modo de ver el mundo más allá de la frontera de clase, incluso en partes de las nuevas clases medias y sectores populares. De hecho, la nueva clase media más que una clase social con existencia pública movilizada es una clase estadística, es decir, aún no es una clase con irradiación estatal.

De ahí las dramáticas formas con las que las fuerzas indígena-populares intentan escenificar y narrar sus resistencias. Se trata de otras maneras de construcción de opinión pública y de articulación del sentido común que se irradia a otros sectores sociales, pero a raíz del hecho de fuerza del golpe de Estado, ahora subalternizadas, fragmentadas.

Mientras tanto, el fascismo cabalga como un jinete enloquecido al interior de las murallas de los clásicos barrios de clase media. Ahí, la cultura y las razones han sido erradicadas sin disimulo por el prejuicio y la revancha. Y parece ser que solo el estupor fruto de un nuevo estallido social o de la debacle económica que asoman en el horizonte, producto de tanto odio y destrucción, podrá agrietar tanta irracionalidad escupida como discurso.

Fuente: http://www.celag.org/el-agravio-a-los-mu***os/

--“Que nunca nos falte: un sueño por el que luchar, un proyecto que realizar, algo que aprender, un trabajo que hacer, un lugar a donde ir, algo que compartir, y una mujer a quien amar ....”

"Habían aguardado toda una década mordiéndose los dientes para no escupir sobre los indios y mostrarles su desprecio; y ahora, amparados en las bayonetas, no dudan en descargar todo su odio de casta".

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La autoproclamación de Jeanine Añez a la presidencia de Bolivia con una enorme biblia en la mano en la que se lee “Los cuatro evangelios” es una muestra más de cómo “la fe” aparece, en esta nueva fase de colonialismo, como un instrumento político que divide a la ciudadanía, y que la enfrenta para sembrar aquí y allá guerras civiles de alta o baja intensidad. Estados Unidos está más que dispuesto, parece decidido a recuperar Latinoamérica bajo la doctrina Monroe: algo que les pertenece. El golpe de Estado en Bolivia y los derechos de ese pueblo y de todos los pueblos de la región peligran. Enrique Dussel, académico, filósofo, historiador y teólogo argentino, naturalizado mexicano, analizó el contexto de América Latina, “donde nos enfrentamos a nuevas categorías que surgen de una realidad colonial, nos encontramos desvalidos de teoría para poder encarar esto”.

En una entrevista brindada al Canal 21 de México con Carmen Aristegui, el filósofo Enrique Dussel afirma que desde el fin del siglo pasado, los movimientos progresistas -que algunos los llaman de izquierda- cubrieron América del Sur, “pero de pronto hubo un paso atrás, empezó una reorganización de la derecha comandada por la OEA”.

Dussel se refiere puntualmente a la situación de Bolivia, que junto con Haití era el país más pobre de América Latina, y que ha aumentado anualmente su porcentaje de riqueza, y su PBI como ningún otro. Dice que es necesario “pensar muchos temas nuevos que no se habían hecho objeto de estudio”. El primero sería pensar cómo un sector de clase, que habiendo estado en la pobreza, gracias al éxito de estos gobiernos progresistas, ingresa a una especie de clase media y pasa a tener otras aspiraciones, que ya no significan salir de la pobreza. “Hay un cambio de subjetividad, pasan a ser consumistas neoliberales, que creen que ciertos proyectos tradicionalmente de derecha pueden solucionar sus nuevas aspiraciones”.

Para Dussel se ha observado muy poco la subjetividad, y asegura que estamos frente a un fenómeno nuevo, con las iglesias neoevangélicas apoyando el proceso brasileño y boliviano, con un hombre desaforado como Camacho que dice algo que teóricamente es esencial: “Vamos a sacar de los lugares públicos a la pachamama y vamos a imponer la biblia”.

Dussel explica que esa biblia “no es la del catolicismo y de derecha tradicional, es la biblia de los nuevos grupos evangélicos que justamente toman la cultura popular y los pueblos originarios como un oscuro paganismo, que el cristianismo –su cristianismo- debe reemplazar a rajatabla. Esa biblia no es católica de derecha, es una biblia que viene de las sectas norteamericanas y cambia la subjetividad de un indígena que tiene su cultura y lo quiere transformar en un hombre moderno, que deje las borracheras y que ahora sea más ascético, que se proponga trabajar y entrar en la sociedad capitalista burguesa”. Todo como parte de un estereotipo ya inoculado: poco pueblos hay más laboriosos que el boliviano.

Se trata, en palabras del reconocido filósofo, de poner en la escena una biblia del evangelismo norteamericano, en una actitud perfectamente orgánica, “en querer destruir la tradición indígena, que se suma al racismo tradicional y al machismo, y al mismo tiempo con un sentido burgués y pronorteamericano, es una nueva interpretación de la sociedad. Es un cristianismo fundamentalista, fanático, donde la riqueza es considerada una gracia de dios. Es novedoso, y está prendiendo en muchas partes”.

Lo cierto es que en Bolivia se da por una parte la blanquitud ra***ta que desprecia al indígena. Son las cholas bolivianas humilladas, siendo rapadas, violadas, ultrajadas. Hemos visto en distintos videos cómo lloraban “las mujeres de pollera”, las cholas feministas, cuando los soldados les cortaban sus trenzas. La pollera y las trenzas tienen un alto significado simbólico para ellas. “Esto coincide con la doctrina de la OEA dirigida por Almagro. Eso da un panorama desconocido para América Latina, que hay que enfrentar con mucha seriedad. Es un fundamentalismo de derecha evangélico. Son nuevas categorías que surgen de una realidad colonial, que en Europa y en Estados Unidos no pueden interpretar, nos encontramos desvalidos de categorías teóricas para poder encarar esto”.

Pero el pueblo, según Dussel, va a reaccionar. Va a encarar lo que está pasando, “por las tradiciones aymaras, que ya han sido influenciadas por cinco siglos de catolicismo, van a enfrentar a los grupos evangélicos. Vamos a ver a grupos de lucha religiosa, que es esencialmente política”.

Hoy en América Latina los grupos neopentecostales se han propagado muchísimo, son cuentapropistas. Dussel explica cómo un pastor “aprende de otro un cierto lenguaje, un cierto uso de ciertos textos bíblicos, arma un argumento que no es propiamente mesiánico sino ideológico y político contemporáneo con textos bíblicos, y pone su comunidad a la cual se le cobra un diezmo, y se enriquecen”. Cualquier buen orador puede vivir de eso. El neoevangelismo se propaga como un negocio: “Logran tener mucha presencia en nuestro pueblo, porque está angustiado, está pobre, está sufriente, y no sabe el sentido de todo eso. El pobre que deja de ser pobre agradece a Dios, porque gracias a Dios tiene un trabajo, tiene una casita, cumple con su deber, y deja sus tradiciones”.

Se trata de la biblia reinterpretada desde un hombre norteamericano, “es el origen de la posibilidad de una nueva vida. Eso es hoy utilizado por la OEA, que se está retirando de Medio Oriente; estuvieron en Irak, Irán, Afganistán, Libia, haciendo desastres, y se alejaron de América Latina. Aquello ya lo dejan de pensar, han sido derrotados por los rusos, vuelven a América Latina porque la quieren recuperar, y estamos en esa situación. Es el enemigo disfrazado, ya no quieren disputar elecciones porque saben que las pierden, estamos en un momento muy peligroso”.

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