25/04/2025
Reflexión que me enseñaron las abejas de la cooperación en un mundo donde todo es competencia.
Desde chiquita, una de las primeras clases de biología que recuerdo es la de selección natural darwiniana. “Para sobrevivir en este mundo tienes que competir.” Pareciera que esa clase de biología se la dieron a todo el mundo, porque vivimos en una realidad construida por nosotros donde hay que competir por todo. Por notas, por trabajos, por comida, por pareja, por salario… hasta por la felicidad personal.
Pero nadie me habló de Kropotkin. Un biólogo, geógrafo, naturalista y filósofo ruso que propuso que la evolución también se da gracias a la colaboración. Que ayudarse entre seres vivos es una estrategia, a veces, más eficiente para sobrevivir que la competencia.
Y si miramos alrededor, todo es colaboración. Los árboles tienen una red debajo de sus raíces que los conecta entre sí. Muchos animales colaboran para aumentar sus probabilidades de supervivencia. El organismo más grande del mundo es una red colaborativa de hongos que vive bajo tierra. Las relaciones simbióticas están por todas partes.
Todo a mi alrededor existe gracias al balance perfecto entre cooperación y competencia, pero a mí nunca me enseñaron ese lado de la moneda.
Nos acostumbramos a creer que competir es la única manera de avanzar. Pero vivimos en un mundo donde la naturaleza nos demuestra lo contrario todos los días. Y justo ahora, estamos atravesando un momento histórico en el que más que nunca necesitamos colaboración, tolerancia y alianzas. Pero en lugar de eso, nos estamos yendo a los extremos: división, proteccionismo, desconfianza, aislamiento... todo por ese discurso darwinista que nos dieron en la primera clase de biología.
Lo bueno es que estamos a tiempo