02/06/2026
Cada subsidio temporal es la confesión silenciosa de un fracaso permanente.
El Gobierno acaba de destinar más de 44 millones de soles para subsidiar a empresas de transporte en Lima y Callao debido al incremento de los combustibles. La medida se presenta como ayuda excepcional. Pero lo verdaderamente importante no es el subsidio. Es el sistema que hace necesario el subsidio.
Lo que estamos viendo no es una crisis de transporte. Es una crisis de diseño institucional.
La economía enseña que cuando se alteran los precios, se destruye información. Los precios transmiten escasez, costos y preferencias. Cuando la política intenta corregir sus efectos mediante transferencias, deja intacta la causa y administra las consecuencias.
El problema oculto es más profundo. Durante décadas se construyó un modelo donde el transporte depende de autorizaciones, regulaciones, privilegios administrativos y decisiones políticas. Luego aparecen costos crecientes, baja productividad y servicios deficientes. Finalmente llega el subsidio.
La secuencia siempre es la misma.
Primero se limita la competencia. Después se encarece la operación. Luego se socializan las pérdidas.
Y la factura termina en manos de quienes trabajan, producen, emprenden, ahorran e invierten.
Señal para empresarios: cuando un sector depende cada vez más de transferencias estatales para sostener su funcionamiento, el problema ya no es económico. Es institucional. El poder político comienza a sustituir los mecanismos de coordinación del mercado.
La verdadera discusión no es si el subsidio durará 60 días. La discusión es cuántos sectores más seguirán dependiendo de decisiones burocráticas para sobrevivir.
Una sociedad próspera no se construye financiando excepciones. Se construye con reglas que vuelvan innecesarias las excepciones.
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Aquí no explico economía. La juzgo.