07/03/2024
EL LIBRO DE LAS SOMBRAS
Lucía era una estudiante de psicología que tenía una obsesión: entender la mente humana. Quería saber qué había detrás de los sueños, las alucinaciones, las fobias y las psicosis. Por eso, se dedicaba a investigar todo tipo de teorías y experimentos sobre el subconsciente, la hipnosis y la sugestión.
Un día, encontró en la biblioteca un libro muy antiguo y extraño. Se titulaba "El libro de las sombras". Era un libro de magia negra, que contenía rituales, conjuros y hechizos para invocar a entidades malignas, alterar la realidad y controlar la voluntad de las personas. Lucía sintió una atracción irresistible por el libro. Pensó que podría usarlo para sus estudios, para explorar los límites de la mente y descubrir sus secretos más oscuros.
Así que se lo llevó a su casa y empezó a leerlo con fascinación. El libro le enseñó cómo abrir un portal al inframundo, cómo crear una muñeca vudú, cómo hacer un pacto con el diablo y cómo provocar una posesión demoníaca. Lucía se sintió tentada de probar alguno de esos rituales, pero también tenía miedo de las consecuencias. ¿Qué pasaría si algo saliera mal? ¿Qué peligros se escondían en esas páginas?
Decidió hacer un experimento. Escogió a una de sus compañeras de clase, Ana, como sujeto de prueba. Ana era una chica tímida y solitaria, que no tenía muchos amigos. Lucía pensó que sería fácil manipularla y que nadie la echaría de menos. Así que se acercó a ella y le propuso hacer un trabajo juntas sobre la psicología de la magia. Ana aceptó, sin sospechar nada.
Lucía la invitó a su casa y le mostró el libro. Le dijo que era un libro muy antiguo y valioso, que había encontrado en la biblioteca. Le dijo que contenía información muy interesante sobre la magia y sus efectos en la mente. Le dijo que quería hacer un experimento con ella, para ver si la magia funcionaba de verdad. Le dijo que solo era un juego, que no tenía nada de malo, que no le haría daño.
Ana se mostró un poco recelosa, pero también curiosa. Le preguntó qué tipo de experimento quería hacer. Lucía le dijo que quería hacer un ritual para invocar a un espíritu. Le dijo que era muy sencillo, que solo tenían que dibujar un círculo en el suelo, poner unas velas, recitar unas palabras y esperar a que el espíritu se manifestara. Le dijo que era una oportunidad única, que podían hablar con un ser de otro mundo, que podían aprender mucho de él.
Ana se dejó convencer. Lucía preparó todo lo necesario para el ritual, siguiendo las instrucciones del libro. Dibujó un círculo con tiza en el suelo, puso unas velas negras en los puntos cardinales, colocó un espejo en el centro y le dio a Ana una foto suya. Le dijo que tenía que mirar fijamente al espejo, mientras sujetaba la foto y repetía unas palabras en latín. Le dijo que esas palabras eran una invocación al espíritu, que le pedían que se mostrara y que respondiera a sus preguntas. Le dijo que no tuviera miedo, que el espíritu era amigable, que no les haría nada malo.
Ana hizo lo que le dijo. Miró al espejo, sujetó la foto y repitió las palabras que Lucía le había enseñado. Al principio, no pasó nada. Pero luego, el espejo empezó a oscurecerse. Y una sombra se formó en su superficie. Y una voz se oyó en su cabeza.
"¿Quién me llama? ¿Qué quieres de mí?"
Ana se asustó. Quiso dejar de mirar al espejo, pero no pudo. Quiso soltar la foto, pero no pudo. Quiso gritar, pero no pudo. Estaba atrapada.
Lucía sonrió. El ritual había funcionado. Había invocado a un espíritu. Pero no a cualquier espíritu. A un espíritu maligno. A un demonio. Y no solo eso. Había hecho algo más. Había hecho un hechizo. Un hechizo para transferir su alma al cuerpo de Ana. Y el alma de Ana al cuerpo de Lucía.
Lucía había usado el libro para cambiar de cuerpo con Ana. Para robarle su vida. Para escapar de la suya.
Lucía se levantó del suelo y se miró al espejo. Vio el rostro de Ana. Se tocó el cabello, los ojos, la boca. Se sintió diferente. Se sintió mejor. Se sintió libre.
Lucía se rió. Había logrado su objetivo. Había descubierto el secreto de la mente. Había cambiado su destino.
Lucía se fue de la casa, dejando atrás el libro, las velas, el círculo y el espejo. Y a Ana. A Ana en el cuerpo de Lucía. A Ana poseída por el demonio. A Ana condenada al in****no.
Pero una cosa es segura. Una cosa que nunca olvidaré.
El libro sigue ahí. Esperándome. Llamándome.
Y yo... yo no sé qué hacer.