07/04/2026
*LA SONRISA DE KEIKO*
La sonrisa de Keiko Fujimori no es un gesto espontáneo; es la burla de quien sabe que, pase lo que pase, la justicia nunca le tocará el hombro. Es la mueca de una lideresa que construyó su poder sobre un Congreso que dominó con puño de hierro y que hoy, a pesar de todo, vuelve a candidatearse mientras los peruanos nos preguntamos si esto tiene algún límite.
La mayoría que no usó para gobernar, sino para hundirnos
Entre el 2016 y el 2019, su partido tuvo 73 de 130 congresistas, una mayoría histórica. En vez de legislar para resolver los problemas del país, Fuerza Popular usó ese poder para frenar cualquier intento de cambio y, lo más grave, para financiarse con dinero del Estado. Cada uno de sus congresistas aportaba S/1,500 de su mensualidad al partido; es decir, más de 100 mil soles mensuales que salían de nuestros impuestos y terminaban engrosando la caja chica de la organización. Ese dinero no es un "aporte voluntario", es un desvío encubierto de recursos públicos para sostener una maquinaria política.
Leyes a la medida y una vacancia que marcó un antes y después
Esa misma mayoría blindó a funcionarios corruptos, impulsó reformas a su conveniencia y, finalmente, protagonizó la vacancia de Pedro Castillo, desatando una crisis institucional que nos dejó una sucesión de presidentes títeres mientras el Congreso —con Fuerza Popular a la cabeza— seguía moviendo los hilos. El resultado no podía ser peor: la delincuencia, el sicariato y la corrupción se institucionalizaron, y el país entró en una espiral de ingobernabilidad de la que aún no logramos salir.
La justicia que se esfuma
Los números son escalofriantes. La Fiscalía solicitó 35 años de prisión para Keiko por presunto lavado de activos y organización criminal, en el marco de un entramado que habría recibido 1.2 millones de dólares de Odebrecht para su campaña del 2011 y 3.65 millones de Credicorp sin declarar. A pesar de ello, un fallo del Tribunal Constitucional anuló el juicio. Mientras tanto, ella sigue en libertad, candidateándose una y otra vez, y ese gesto que algunos llaman "sonrisa" es, en realidad, la certeza de que el sistema nunca la alcanzará.
Cuando la veas sonreír frente a las cámaras, recuérdalo bien: no está sonriendo por nervios, se está riendo de nosotros. Se ríe de cada peruano que ve cómo su futuro se hipoteca mientras ella juega a la política sin consecuencias. Se ríe de un país que, una vez más, parece dispuesto a olvidar.
¿Hasta cuándo vamos a permitir que se rían de nosotros?