07/07/2026
El agua se comporta de manera diferente según la textura del suelo. En un suelo arenoso, las partículas son grandes y dejan muchos espacios entre ellas, por eso el agua infiltra rápido y drena hacia capas profundas. Esto evita encharcamientos, pero también puede provocar pérdida de humedad y nutrientes si no se maneja bien el riego.
En un suelo franco, la proporción entre arena, limo y arcilla es más equilibrada. El agua puede entrar con buena velocidad, pero también queda almacenada en cantidad suficiente para que las raíces la aprovechen. Por eso este tipo de suelo suele ser ideal para muchos cultivos, siempre que tenga buena estructura y materia orgánica.
En un suelo arcilloso, las partículas son muy finas y retienen más agua, pero la infiltración es lenta. Si llueve demasiado o el terreno está compactado, puede aparecer escorrentía superficial, acumulación de agua y falta de oxígeno en las raíces.
Entender estas diferencias ayuda a decidir la frecuencia de riego, mejorar el drenaje y manejar mejor la fertilización.