Ricardo Cázares Barrios

Ricardo Cázares Barrios México requiere de la participación ciudadana para Moverse. lo podemos hacer.

por fortuna, por adopción y convicción; dispuesto a trabajar con el fin de transformar la realidad de nuestro país.
lo podemos hacer.

17/05/2026

En la imagen se puede ver a dos personas que fueron encerradas para resolver sus diferencias, prácticamente son archi enemigos en una época segregada. En esta tensa reunión en 1971, se encontraba el líder del K*K C.P. Ellis y su enemiga Ann Atwater, una madre soltera y activista afroamericana que no le temía a nada.
Todo comenzó cuando un tribunal federal ordenó la desegregación de las escuelas de Durham, esta orden desataría una ola de protestas, incendios provocados y revuelos en las calles. La ciudad era una olla a presión a punto del quiebre, preocupados por la situación que crecía cada vez más, un mediador del gobierno llegó con la idea de organizar una charrette, una especie de cumbre intensiva de diez días donde la comunidad misma debía diseñar el plan de integración escolar.
Para que funcionara, necesitaban a los líderes de los dos bandos más radicales de ese entonces. Así fue como Ann, que defendía a los estudiantes de color, y C.P. Ellis, el Exaltado Cíclope del Klan, terminaron colaborando en el evento. Por supuesto al principio el ambiente era hostil, incluso Ellis llegó a llevar armas a las reuniones y colocó una mesa llena de literatura del Klan en el pasillo.
Pero una vez adentro, nadie podía salir de ese encierro hasta encontrar una solución para los niños de la ciudad.
Conforme pasaba el tiempo, el aislamiento forzado obligó a ambos a escucharse y con las protestas resonando afuera, empezaron a notar que compartían las mismas angustias. Ambos con cada palabra que cruzaban, se daban cuenta que eran extremadamente pobres, sufrían para pagar las cuentas y sus hijos padecían las deficiencias del sistema educativo.
Durham salió a la fachada de la escuela, se paró frente a una multitud enfurecida, sacó su tarjeta de membresía de la organización que estaba en contra de las personas de color y la rompió en mil pedazos.
El momento clave ocurrió cuando los estudiantes hablaron en la cumbre, expresando que solo querían estudiar en tranquilidad y en paz. Esa noche, Ellis y Atwater se miraron y entendieron que las élites ricas de la ciudad los habían usado como peones para mantener a los blancos y los de color agarrados entre sí.
La ruptura con el Klan fue definitiva. Ellis cambió su forma de ver las cosas, y pasó el resto de su vida defendiendo los derechos laborales y la justicia social, caminando de la mano con la mujer que antes consideraba su rival.
A partir de aquí, su amistad fue tan real y profunda que duró décadas y, cuando él falleció en 2005, la familia de Ann Atwater fue la encargada de pronunciar el discurso de su funeral.
Una lección histórica sobre cómo el diálogo y el coraje moral pueden desarmar el odio más arraigado.
Fuente consultada: Durham County Library Archives.

05/05/2026
23/04/2026

A los 9 años, un cura me violó.

Era el párroco de mi colegio en Boston. Me llamaba a su despacho con excusas. Me decía que era especial, que Dios me había elegido. Yo no entendía nada. Solo sentía dolor y vergüenza.

No se lo conté a nadie hasta los 30 años. Me lo callé durante dos décadas. Me comí la culpa, el asco, el miedo.

Mi padre era alcohólico. Mi madre trabajaba en una fábrica. Éramos cinco hermanos. Vivíamos en un piso pequeño. No había dinero para psicólogos. No había tiempo para traumas.

A los 20 años, dejé la universidad. Trabajé en una tienda de discos, en una fábrica de muebles, de repartidor. Una noche, después de otro día de mi**da, me senté en un bar y le dije a un amigo: "Voy a ser actor".

Se rió. "Con esa cara de bueno, vas a hacer de asesino". Tenía razón.

Me metí en un taller de teatro. El profesor me dijo: "Tienes rabia. Úsala". Usé la rabia. La rabia contra el cura, contra mi padre, contra el mundo.

Llegó Gone Baby Gone. Llegó The Town. Llegó Manchester by the Sea. El Oscar. Pero lo que más me importa no es la estatuilla. Es el día que, por fin, a los 45 años, conté mi violación en una entrevista.

Millones de hombres escribieron para decirme: "A mí también me pasó". Por fin, dejé de sentirme solo.

Ahora tengo 52 años. Sigo en terapia. Sigo teniendo pesadillas. Pero ya no me callo.

El silencio es la jaula. Háblalo. Aunque te tiemblen las manos. Aunque te duela la garganta. Háblalo. Fuera de la jaula hay luz.

— Casey Affleck

29/03/2026

Me desperté en un whirlpool bath en Miami con un b**g al lado y sin saber en qué ciudad estaba.

Ese fue mi punto más bajo.

A los 30 años era "el rey de las comedias románticas". Mi cara sonreía en cada cartelera. Pero dentro de mí, algo se había roto. Los papeles eran siempre el mismo: chico guapo que pierde a la chica y luego la recupera. Me sentía un producto enlatado.

En 2005, dije "no" a 14.5 millones de dólares por una comedia romántica. Mi agente me llamó loco. Mi publicista me dijo que estaba suicidando mi carrera. Los estudios me pusieron en una lista negra informal. Las ofertas desaparecieron.

Me fui a Malibú. Me senté en una casa rodante al lado de la playa. Pasé dos años sin aceptar un solo trabajo. Mis ahorros se derritieron. Mi madre me llamaba preocupada. Mi hermano me decía: "Matthew, ¿qué estás haciendo?".

Yo no lo sabía. Solo sentía que si hacía otra película de chico conoce a chica, iba a dejar de ser actor para siempre.

En esa caravana, escribí un diario. Me prometí que sólo volvería cuando encontrara un papel que me desafiara. Pasaron meses. Llegó The Lincoln Lawyer. Luego Magic Mike. Luego Dallas Buyers Club. Para ese último, perdí 21 kilos, me enfrenté a directores que dudaban, y puse mi salud en riesgo.

Cuando me dieron el Oscar, el productor que me había ofrecido 14 millones por la comedia romántica estaba en la misma sala. Me miró y me guiñó un ojo. No hizo falta hablar.

Ahora la gente llama a ese período mi "McConaissance". Pero no fue un renacimiento. Fue un entierro. Tuve que matar al Matthew que todos querían que fuera para dejar vivir al que yo necesitaba ser.

Si hoy estás en un trabajo que te vacía, en una relación que te empequeñece, en una vida que no es tuya, recuerda mi b**g en Miami. A veces la locura no es decir que no. La locura es seguir diciendo que sí cuando ya no te reconoces en el espejo.

No tengas miedo de quedarte sin nada. El vacío es el mejor lugar para construir algo que realmente te pertenezca.

— Matthew McConaughey

Honramos la memoria de un destacado referente de la comunicación en Hidalgo y México.
23/03/2026

Honramos la memoria de un destacado referente de la comunicación en Hidalgo y México.

21/03/2026

Me llamaban "la chica de los bagels".

Durante tres años, mientras mis compañeras de la UCLA celebraban fiestas y prácticas en estudios importantes, yo estaba detrás de un mostrador en Westwood, con un delantal manchado de queso crema, preguntándome si había cometido el error más grande de mi vida.

Nueva York, 2016.

Acababa de llegar con una maleta y 400 dólares. Mi primera audición fue para un anuncio de yogurt. La directora de casting me miró de arriba abajo y dijo: "Vuelve cuando tengas más experiencia. O menos acento de California".

Salí caminando por la calle 42 con las manos en los bolsillos, sintiendo el frío cortarme la cara, y entré en una tienda de bagels a pedir trabajo. Cualquier trabajo.

Aprendí a distinguir el olor del sesame toast del poppy seed con los ojos cerrados. Aprendí a sonreír cuando los clientes me preguntaban si estudiaba arte dramático y yo respondía que sí, y ellos soltaban esa risa corta, compasiva, la que dice "qué linda, otra ilusa".

Durante tres años combiné el turno de las 6 de la mañana con castings donde ni siquiera llegaba a la sala. A veces llegaba directamente de la tienda, oliendo aún a harina y a salmón ahumado, y veía cómo las otras actrices, perfectas, peinadas, con sus book de fotos profesionales, me miraban y susurraban.

"Esa huele a desayuno", escuché una vez.

Lloré en el metro de vuelta a casa. Pero al día siguiente volví a levantarme a las 5, a ponerme el delantal, a servir café con leche y a sonreír.

Porque el delantal pagaba el alquiler. Y el alquiler me permitía quedarme en Nueva York. Y quedarme en Nueva York significaba que aún no había perdido.

Anoche, cuando anunciaron mi nombre en el Dolby Theatre, lo primero que olí no fue el perfume de Chanel que me prestaron para la alfombra roja.

Lo primero que olí fueron bagels.

Durante 30 segundos, mientras subía las escaleras hacia el escenario, todo mi cerebro pudo registrar era ese olor a pan tostado y salmón, y a mis manos ampolladas por el jabón industrial, y a la chica que lloraba en el metro preguntándose si algún día alguien miraría más allá del delantal.

Hoy soy Mikey Madison, ganadora del Oscar a Mejor Actriz.

Pero en mi cabeza, sigo siendo la chica que servía café y bagels mientras soñaba con que alguien le diera una oportunidad.

Si estás leyendo esto y hoy fue un día difícil, si llevas años esperando, si sientes que el mundo solo ve tu delantal y no tu talento...

Quédate.

Quédate un día más. Sirve un bagel más. Ve a un casting más.

Porque nunca sabes cuándo el olor a harina dejará de ser tu condena para convertirse en tu mejor recuerdo.

— Mikey Madison

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