Colima Antiguo

Colima Antiguo La original pagina del Colima de antaño para los colimenses de hoy. Somos los pioneros.

Colima Antiguo no sólo son imágenes, también son recetas de cocina, documentos, música, video y todas esas cosas que nos recuerden al Colima que día a día dejamos atrás pero que no queremos que se borren de nuestra memoria. Esta página es para compartir, puedes enviar todos los materiales a [email protected], estos deberán incluir básicamente fecha y lugar donde se tomó, sería muy deseable q

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Marco A Velasco Urzua nos comparte:"les mando una  foto de miembros del STIC,esta es en una huelga en marzo de 1948, afu...
03/09/2026

Marco A Velasco Urzua nos comparte:

"les mando una foto de miembros del STIC,esta es en una huelga en marzo de 1948, afuera del Cine Lux, a ver si alguien sabe donde se encontraba"

MI PADREPor Maria G RingwaldMI PADRE acostumbraba llevarnos cada año durante las vacaciones escolares de verano, a una e...
02/09/2026

MI PADRE

Por Maria G Ringwald

MI PADRE acostumbraba llevarnos cada año durante las vacaciones escolares de verano, a una ex-hacienda en Jalisco, de donde era originaria mi madre.
El viaje se realizaba por ferrocarril, por lo que teníamos que llegar a la estación a las cinco y media de la madrugada, corriendo para que el tren no nos dejara. Subiámos apresuradamente al vagón de segunda, mientras mi padre iba de prisa a comprar los boletos, que no eran pocos.
Una vez arriba, todos corríamos para ganar asiento cerca de las ventanillas y que no quedáramos de espaldas a la máquina, porque si esto sucedía, el mareo y la vomitada eran para no contarse.
A las seis en punto se escuchaba el silbato de la máquina y al mismo tiempo al grito de “vámonos” que el garrotero lanzaba, la emoción subía hasta la garganta, al sentir que el tren empezaba a deslizarse sobre los rieles de acero.
A mí me gustaba abrir la ventanilla y acomodarme para ver lo que íbamos dejando atrás. La gente abajo diciendo adiós con las manos, mientras gritaban las últimas instrucciones al viajero que estaban despidiendo.
Lentamente el tren dejaba el cerro, pasaba la calle Hidalgo, los palafitos, la laguna de Cuyutlán y ahí era donde empezaba a acelerar, en vano, porque llegando a Campos, hacía su primera parada para que pasajeros, vendedores y cargadores, subieran las rejas de frutas que de ahí enviaban a otros lugares. Además en Campos era donde el tren tenía que hacer los cambios de vías y la carga de agua a los tinacos.
La máquina arrastraba dos o tres vagones de segunda clase, que estaban equipados con amplias bancas de madera que servían de asientos. En el primer vagón siempre viajaba una escolta de soldados. Nunca supe exactamente lo que protegían, pero creo que era el correo que ahí se transportaba también y supongo que carga valiosa. Me impresionaba verlos tan serios y portando sus armas.
Y atrás o adelante –dependiendo del sentido en que el tren fuera o viniera de Guadalajara- estaba el pullman. O sea, el vagón para la primera clase. Este vagón siempre despertó mi interés y curiosidad de niña, porque quería saber cómo era y que traía, porque algunos de ellos hasta comedor traían. Cuando yo crecí y pude pagar esos boletos, viajé en pullman, pero este ya no traía comedor y los asientos era la única diferencia entre uno y otro servicio. En el pullman los asientos iban acojinados.
El viaje, realmente empezaba cuando el tren lograba salir de Campos, porque ahí siempre se realizaba una danza de cambio y recambio de vías. Quien sabe que tanto hacían.
Y empezaba la emoción de nuevo, cuando veíamos que empezaban a pasar las plantaciones de palma de coco y plataneras. Así hasta llegar a Armería, donde realizaba una ligera parada para subida de pasajeros. Y más carga.
Lo mismo pasaba en Tecomán. Al pasar por Cuyutlán, la gente empezaba a hacer comentarios sobre la preciosa playa que ahí hay, de la ola verde, de la gran ola que a principios de ese Siglo XX, salió de su lecho marino y barrió con todo Cuyutlán; de las salinas que ya estaban trabajando y dando a conocer su precioso , blanco y brillante producto de mangnífica calidad. La sal de la Laguna de Cuyutlán.
Mención aparte se merece el entonces pequeño poblado de Madrid. Cuando el tren se iba acercando, iba disminuyendo su velocidad, como si el maquinista estuviera esperando a ver algo.
Y en determinado momento en que el tren paraba un poco, mientras la gente subía a la carrera, el boletero empezaba a gritar:
- Señoras, señores, miren a su derecha allá abajo. Miren al pobre inválido, no puede caminar, no puede trabajar, necesita una ayuda generosa de ustedes. Ayuden al pobre inválido-.
- Su voz urgía, casi exigía: -Ayuden al pobre inválido. Tírenle una moneda al pobre inválido- insistía.
Yo me asomaba a la ventana, buscando al pobre inválido y allá al fin veía a un muchacho que se arrastraba en el suelo, tratando de hacerlo apresuradamente, vestía de manta blanca y se veía que sus piernas habían sido atacadas por la polio. Llevaba los pies descalzos.
Y las monedas caían como lluvia por las ventanillas, los veintes y los pesos, rodaban para todos lados y el muchacho tratando de atraparlos, mientras el boletero atravesaba todos los vagones para que de ninguno faltara la ayuda económica al pobre muchacho inválido.
Y el tren empezaba a aumentar su velocidad nuevamente, hasta llegar a Coquimatlán, donde se subían los vendedores de chacales y guabinas abiertas por la mitad y semi disecadas.
De ahí en adelante, los vagones apestaban a pescado y orines, porque los servicios sanitarios, por la falta de agua, ya eran una porquería. Para eso, el agua potable que bajaba de quien sabe dónde y se abría una llavecita y se ponía abajo un cono de papel, para que cayera el chorrito de agua, estaba descontinuada ya también.
Lo anterior era un magnífico pretexto para que los señores, a falta de agua, bebieran la cerveza que el mismo boletero les vendía. Los clientes se quejaban de que la cerveza no estaba fría y el boletero seguía adelante sin prestarles atención.
Al llegar al Puente Negro, la gente sabía que Colima estaba a un tiro de piedra. Y ahí era la emoción.
El tren, cuando no había nada que lo retrazara, generalmente hacía cuatro horas para llegar a la estación de Colima, así es que para esa hora, el que más el que menos, ya estaba muriendo de hambre.
Llegar a la estación de Colima, era como llegar a otro mundo. Cuando el tren al fin se detenía enfrente de la estación, del andén de ésta, brotaba la algarabía de todos los vendedores que ahí estaban.
Adentro del vagón la gente se empujaba y unos con sus velices, otros con maletas hechas con fundas de almohadas, otros con tambaches y otros con cartones, pugnaban por salir mientras los de allá afuera y abajo, empujando trataban de subir.
- Ahí era donde el maquinista y su tripulación dejaban el tren para dirigirse a un restaurancito que en el edificio de la estación había. Mientras, los pasajeros se apilaban en las ventanillas del tren, esperando a que los vendedores llegaran corriendo a vender sus mercancías.
-Tacos, los tacos dorados de papa y picadillo, calientitos a cinco por un peso los de papa y a tres por un peso los de picadillo.- Y sacaban los tacos calientitos y bien dorados, de una lata alcoholera, acondicionada como horno y calentada por braseros.
- Tacos de viento –gritaban otros- ¡ A tres por veinte centavos ¡ . Los tacos de viento eran tacos dorados rellenos con repollo rebanado y un chorro de salsa de jitomate encima, con su infaltable salsa picante Tecalitlán.
- Los tamales. Los tamales.- La gente aseguraba que eran tamales de iguana
Los ofrecían como de cerdo.
-La fruta de hornoooo.- Cantaba otro vendedor, ofreciendo sus panecillos . A mi me gustaban mucho unos sorbetes rellenos de crema hecha con harina y leche. Mi encanto.
Y todos vendían!
Y todos compraban!
Cuando la media hora pasaba, el maquinista y la tripulación, con palillos en la boca y la cara de satisfacción, regresaban reanudando su trabajo.
Para eso, el tren ya iba rebosando de pasajeros, los pasillos llenos con los que no alcanzaban lugar para sentarse y colgándose del tubo que pendía del techo, para no caerse.
Y empiezan los túneles. Y se va la luz. Y la obscuridad reina. Y el humo… oh! El humo que sale de la máquina, hediendo a fierro, inunda el vagón. Y los niños tosen. Y lloran. Y las mujeres gritan fingiendo susto.
Hay que cerrar las ventanillas! -se oye un grito-. Las ventanillas! Las ventanillas! Todo mundo corea y se escuchan los fuertes golpes de las ventanillas cuando caen y se cierran. Y regresa la luz y nos vemos unos a otros, con la cara mugrosa por el tizne que arroja la locomotora.
- Y empiezan las barrancas. Me asomo demasiado y recibo una fuerte nalgada de parte de mi padre con la reprimenda: -Muchacha se va a caer.
-Mire, -contesto asustada- mire allá abajo están unos vagones patas arriba.
Lugar de frecuentes descarrilamientos era ese puente que cruza una profunda barranca. Y allá abajo muy abajo, el río corriendo y los vagones semi-escondidos en la maleza. Todo mundo trata de asomarse para ver. El tren disminuyó su velocidad y volvió a arrancar de nuevo y la gente caía sobre los que iban sentados, con la consiguiente gritería de las mujeres que viajaban de pie.
Y pasa una barranca y otra y otra y llegamos a la barranca de Beltrán, el tren ya había dado vuelta a la izquierda y el cerro quedó de mi lado y corro hacia el otro extremo para ver la barranca de Beltrán, su fábrica y el pueblo de Atenquique. Estamos ya en lo alto.
Mi padre nos dice apresurado. –Agarren todas sus cosas porque ya vamos a llegar. Sólo dan cinco minutos para bajar y no los vaya a arrastrar el tren. Ese aviso me llena de pánico y me doy la prisa que puedo para acercarme a la puerta y estar lista para brincar cuando el tren se pare por cinco minutos.

Y llegamos a nuestro destino: Tuxpan, Jalisco. Y ahí bajamos presurosos, sudorosos, apestosos a fierro, chamagosos y tiznados… pero muy contentos!

Desde la década de los años 80 del siglo XIX existieron en Cuyutlán hoteles destinados al turismo -los más elegantes de ...
02/09/2026

Desde la década de los años 80 del siglo XIX existieron en Cuyutlán hoteles destinados al turismo -los más elegantes de su tiempo- que ofrecían manjares y vinos importados de Europa. Uno de ellos (el Gran Hotel Ceballos) contaba con tranvía para evitar a sus huéspedes la "penosa y larga caminata de 500 metros" desde la estación del ferrocarril al hotel.

Foto-postal de la década 1950.

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