16/06/2012
Noni Benegas, Madrid 16/7/2012
Mario Merlino es una rara avis. Atraviesa la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI como un meteorito. La estela que deja es única. Un poeta incomparable que bebe, sin embargo, de toda la tradición. Y es que Merlino fue medievalista, dominó su griego y su latín al par que un castellano que hunde raíces en el galaico-portugués, lengua ésta a la que en especial dedicaría su brillante carrera de traductor, por la cual obtendrá el Premio Nacional de Traducción de España en 2004.
Nace en Coronel Pringles, pequeña ciudad al sur de la provincia de Buenos Aires, a la vez que dos escritores con quienes comparte banco en la escuela y que, reunidos, forman el grupo más potente de la literatura argentina actual: César Aira, el novelista y Arturo Carrera, el poeta. “Era el más genial. El más seductor. El más inteligente de la escuela” -escribió Carrera en el obituario de El País- al día siguiente de la muerte de Mario en Madrid, a fines de agosto del 2009. Sin embargo, a diferencia de Aira y Carrera, la obra de Merlino ha permanecido siempre latente, en la sombra, debido a su ausencia del país.
Y es que, más radical o inconforme que sus compañeros de generación, marcha al exilio e, instalado en España a partir de los ’70, el poeta queda relegado por necesidad de sobrevivencia tras el traductor. A lo que se suma su llegada en un momento en que triunfan los novísimos, solemnes y formales, y luego los pos, o poesía de la experiencia, blandos y sentimentales.
Pero poco a poco su figura crece, imparable, y se va convirtiendo en un autor de culto entre los jóvenes, en el mundo alternativo de la perfomance poética, al punto que su primera selección de poemas aparece en soporte CD: Libaciones y otras voces, antología 1975-2000.
Siempre me ha gustado la idea de la poesía como conversación –escribe en el librito que acompaña al CD y agrega, citando a Lautreamont: todo aquello que es sonámbulo, turbio, nocturno, noctámbulo, viscoso, foca parlante, equívoco…
Así resume su personal alquimia: una poesía contante y sonante que busca el diálogo con el lector, y unos temas políticamente incorrectos de los que “no se habla”, o “es mejor no hablar”. El todo: una masa verbal vertiginosa y lúcida, que vibra, suena, despierta, hecha por un autor genial, seductor, inteligente. Genio y figura hasta la sepultura.
Permanentemente joven, conectado con la niñez, con la infancia de la humanidad, es un ser del octavo día de la creación (que diría Keyserling), americano hasta la médula, y sin embargo venido de un medioevo risueño que asimila con fruición. Gozador, deseoso… y culto. Domina el fraseo, el endecasílabo o la rima atonal como un Schoenberg. Un canalla y a la vez un erudito.
Neobarroso como Lamborghini, si Osvaldo es el terror, Merlino es el alarido de amor. Ambos afrontan el hecho poético tomando riesgos y mostrando sus cartas. De ahí que estas obras descuellen por encima de la tibia complacencia de la época. En una época en que tanta mala fama tiene estar enamorado, nos ha nacido un poeta del amor. Pero del amor del XXI, atrevido y procaz, elegante y desnudo a la vez, un hombre que ama al hombre, y también a la mujer, pues aspira a parir como ellas, algo raramente oído en nuestra lengua.
Una voz que no se parece a nadie, que será un descubrimiento continental y completará la “Trilogía de Pringles”.