25/05/2026
Los lunes pesan distinto cuando eres migrante.
No es solo el cansancio del trabajo; es llegar a casa y sentir que el cuerpo está aquí, pero una parte del alma sigue caminando por las calles de tu país.
Salgo del trabajo con las manos cansadas y la mente llena de números, órdenes y palabras en un idioma que todavía mastico despacio. En el metro todos parecen tener prisa por llegar a algún lugar que sienten suyo. Yo también vuelvo a casa, pero a veces todavía me pregunto cuándo este lugar empezará a sentirse realmente como hogar.
Llego al piso, dejo las llaves sobre la mesa y el silencio me recibe primero. Entonces miro el teléfono esperando un mensaje de mi madre, una foto de mis sobrinos o un audio diciendo: “¿Cómo estás?”. Y aunque siempre respondo “todo bien”, nadie escucha el cansancio escondido detrás de esas palabras.
Los lunes son difíciles porque me recuerdan por qué me fui.
Porque trabajar lejos de tu tierra no es solo buscar dinero; es aprender a vivir con nostalgia sin dejar que te rompa.
Pero también hay algo fuerte naciendo en mí.
Cada lunes sobrevivido es una prueba de que no me rendí.
Que sigo aquí, construyendo futuro aunque a veces duela.
Y mientras preparo la cena sencilla de siempre, pienso que quizá algún día todo este sacrificio tendrá sentido.
Entonces respiro hondo, miro por la ventana de esta ciudad que todavía me resulta extraña y me digo en voz baja:
Mañana será otro día… y aquí sigo.