18/07/2019
Nunca Aragón se soñó un rey-Quijote como Kikito, un Sancho-grillo como Plastópoles, ni una Circe-Dulcinea como La Gran Dorada.
Tampoco se soñó el muy católico don Fernando un emporio como el que Kikito está hoy aglutinando con sus andanzas.
Me estoy regalando un veranazo en el bosque al son de la épica conquista del Catay colombino, a manos de la muy real sangre real de este, por rezagado, tan adelantado monarca líquido de la era de Acuario.
A través de sus pasajes se van dibujando las estancias del escudo solar del "mythos" aragonés redivivo.
Acompañando al rey en su colosal empresa se deja uno evangelizar por el mar de fondo que vive tras sus corduras disfrazadas de dislate y, día tras día, al caer el sol, acabo soñando con las luminosas habitaciones del ígnoto palacio imperecedero a cuya sala del trono espero tardar en llegar, pues las páginas ya leídas se me están consumiendo vertiginosamente entre los dedos.
¡Shiargtum salve al rey! Que lo es de Aragón, dos Sicilias, Ultramar y del Mambo.