22/06/2025
Cuenta la leyenda, que una noche de San Juan, cuando todo el mundo bailaba en el pueblo alrededor del fuego, Magdalena subió a lo alto del Mirador, y abrazada a si misma, en un alarde de amor propio total, se prometió que nunca nadie le separaría de estos campos, del sol en el horizonte al atardecer, del aire tórrido del verano o del cortante frío de las noches tempranas de invierno.
Amaba estas tierras a las que pertenecía en simbiosis radical desde la planta de su delgado pie, hasta la punta del último pelo de su rizado cabello.
La promesa era reciproca: la tierra le daba paz, el aire consuelo, el sol energía y la noche, de cielos estrellados, sueños.
Por eso, cuando se vio obligada a casarse con un extraño venido de lejos, que le arrastraria a abandonar su promesa, la desesperación le invadió.
La noche de bodas, aún en las celebraciones del enlace, tan ajenas a ella, logró escaparse y acercarse a su mirador pensando que no cumpliría su promesa, para despedirse, segura de que aquella sería la ultima noche allí, sin saber que el destino trágico le ayudaría a cumplir su promesa.
De vuelta al pueblo, mientras las lágrimas caian en silencio por su rostro, sin darse cuenta pisó a saber qué tipo de alimaña, que retorciéndose le mordió el tobillo con saña e huyó entre la maleza seca por el sol.
Sin darle más importancia, se acostó al lado del que seria a partir de aquella noche su tormento, dormido ya, debido al vino de ribera que en la fiesta del enlace había repartido su padre, y al que el noble no estaba acostumbrado.
El destino obró su magia de la manera más cruel y trágica durante la noche.
El noble Diego, a duras p***s abrió los ojos, el dolor de cabeza era considerable, no sabía muy bien como había llegado hasta allí, pero se dio cuenta de que a su lado yacía la que desde anoche era su mujer, con una sonrisa apacible en el rostro.
Alargó su mano para tocarla, y la sensación no pudo ser más contraria a la intención: estaba fría, dura , petrificada.
Salió de la cama de un salto y entonces lo entendió todo...
A los pies de la cama había un gran charco de sangre que nacía en el pequeño tobillo de su esposa....se había desangrado lenta y silenciosamente durante la noche a causa del ataque de la alimaña.
El Conde de Pino, padre de Magdalena, levantó una ermita para rezarle y visitar su tumba, y colocó una cruz de piedra donde su hija contemplaba todos los dias el atardecer.
El espíritu de Magdalena aún impregna los alrededores, nunca más se fue de aquí, como prometió. Se hace el silencio, a pesar de que el Mirador esté repleto, justo cuando el sol se va a poner. Dicen que la calma se inventó aquí, en el Mirador de Tierra de Campos. Quizás fue en honor a Magdalena, quizás fue ella con su promesa.
(Libre adaptación literaria de una leyenda popular autillana)
Leyenda sobre la cruz situada en el Mirador de Tierra de Campos, Autilla del Pino, Palencia.