18/01/2026
UN NORTEAMERICANO QUE MURIÓ POR CUBA
Grande es la admiración y el respeto del pueblo cubano por Henry Reeve, un joven norteamericano que combatió en las filas del ejército libertador contra el colonialismo español en el siglo XIX.
Como los Estados Unidos, Cuba es un país nacido de la mezcla de muchas culturas y en todas sus guerras patrióticas se han destacado combatientes de diversas nacionalidades.
Uno de ellos fue Reeve, quien llegó a ser hombre de confianza del Mayor General Ignacio Agramonte, una de las más relevantes figuras del independentismo cubano.
“El Inglesito”, así fue conocido por sus compañeros de armas, nació Nueva York, el 4 de abril de 1850 y con apenas 20 años se enroló como soldado en una expedición que vino a la Isla para incorporarse a la guerra iniciada meses atrás contra España.
Tuvo su bautizo de fuego cuando el grupo expedicionario del cual formaba parte se enfrentó a una columna española en la región oriental cubana de Holguín y en el que resultó herido y varios de sus compañeros perdieron la vida.
Reeve, según uno de sus biógrafos, fue apresado y condenado a muerte: amarrado y de rodillas le dispararon para fusilarlo, pero milagrosamente las balas sólo rozaron su cuero cabelludo y logró escapar y llegar hasta El Camagüey.
Fue así que pudo incorporarse a las huestes insurrectas, bajo las órdenes del Mayor General, Ignacio Agramonte, quien había ganado temeraria fama por las “cargas al machete”.
El talento militar, osadía, audacia y notoria valentía de Reeve, según cronistas de la época, le ganó pronto la confianza de sus superiores y el respecto de la tropa
Como reconocimiento a su intrepidez en las acciones combativas, fue ascendido, en el campo de batalla, a teniente coronel, y propuesto ante el Gobierno de la República de Cuba en Armas para el grado de coronel del Ejército Libertador.
Es muy significativo que Reeve fuera uno de los 35 hombres seleccionados por Agramonte para que le acompañaran en el rescate del brigadier Manuel Sanguily.
Esa exitosa acción, extremadamente audaz y peligrosa, que ha quedado en la historia cubana como una de las mayores proezas militares y como ejemplo de compañerismo y lealtad.
Tras la caída en combate de Agramonte, el 11 de mayo de 1873, el joven norteamericano pasó a las órdenes del General Máximo Gómez, otro genio militar de las guerras contra España, junto a quien participó en la invasión a la región central de la Isla.
Cubierto de gloria, ya con el grado de brigadier fue destacado al mando de la brigada de Colón, en el occidente del país, al frente de la cual realizó operaciones para tratar de llevar la insurrección hasta las puertas de La Habana
El 4 de agosto de 1876, mientras su destacamento de 160 hombres acampaba en un lugar conocido como La Sierra de Yaguaramas, supo que hacia él marchaban unos 500 españoles y sin pensarlo dos veces, ordenó a su tropa cargar al machete contra ellos.
La primera arremetida de los cubanos provocó numerosas bajas en las filas del adversario, pero al Inglesito, que, según testigos se había lanzado sobre el punto más fuerte, le mataron el caballo y cuando su ayudante intentó montarlo en otro le ordenó que se retirara.
Herido en la ingle, logró neutralizar con su machete a un español que intentaba rematarlo, y, de acuerdo con la versión de un testigo presencial, a pesar de recibir un balazo en el pecho y otro en el hombro, se mantuvo de pie, con el machete en una mano y el revolver en la otra.
Rodeado por el enemigo y gravemente herido, continuó peleando hasta que, ante la alternativa de caer prisionero, se inmoló de un disparo en la sien derecha. Su cadáver fue exhibido por los españoles como un trofeo de guerra en Colón, donde fue sepultado.
Así, con apenas 26 años, aquél joven norteamericano, ejemplo de valentía y de solidaridad en la manigua insurrecta, entró en la historia fundacional de la patria cubana que hoy le recuerda y le rinde permanente homenaje.
SMV