17/05/2025
Desde hace varios meses, he estado leyendo obras de autores clásicos, y en una de esas lecturas, al repasar la Fundamentación de la metafísica de las costumbres de Immanuel Kant, me encontré con un principio tan claro como profundo: “Obra de tal manera que trata a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio”.
Esta máxima,me llevó a reflexionar sobre diversas realidades. En primer lugar, nos invita a reconocer la dignidad de cada ser humano, no como un instrumento para alcanzar fines personales, sino como un valor intrínseco y respetable en sí mismo. En segundo lugar, al extrapolar esta idea al ejercicio de la política, salta a la vista que dicho principio rara vez es el fundamento de la acción pública. Y en tercer lugar, reafirma que gobernar no es servirse de la gente, sino servirla.
Sin embargo, en la práctica, cuando muchos políticos llegan a ocupar cargos en las corporaciones públicas, este principio ético suele desdibujarse con rapidez. Llegan al poder con promesas de cambio y cercanía, pero una vez instalados, olvidan a las personas concretas que les dieron su voto de confianza. Comienzan a ver a la ciudadanía como una masa útil durante las campañas, como cifras que engrosan informes o como obstáculos administrativos que es necesario sortear. En ese momento, se rompe el postulado kantiano: ya no se actúa por el bienestar del otro, sino por conveniencia propia.
Cuando un político instrumentaliza a la gente para construir poder, asegurar contratos o mantener redes de favores, traiciona el mandato ético más elemental: reconocer al otro como un igual, alguien que merece ser escuchado, respetado y valorado, no manipulado ni utilizado. Es precisamente en ese olvido donde la democracia se debilita y el verdadero sentido del servicio público pierde su esencia.