31/10/2025
🚨 ESPECIAL DE TERR0R | En Sincelejo, tierra de fandangos, toro y bravura, todos conocen el nombre de Don Arturo Cumplido, el hombre que levantó su fortuna en medio de la sabana y de los mugidos del ganado. Dicen que comenzó siendo un simple jornalero en la hacienda Santa Teresa, pero que una noche, bajo un aguacero que no paró por tres días, hizo un trato oscuro que cambió su destino. Desde entonces, los toros que criaba parecían tener fuego en la mirada y ningún hombre podía dominarlos.
Con el tiempo, Don Arturo se volvió el alma de las corralejas. Cada 20 de enero, sus toros eran los protagonistas de la fiesta grande de Sincelejo. Pero un año, los políticos de turno decidieron dejarlo por fuera y darle el honor a otro ganadero. Aquella humillac¡ón lo llenó de rabi4. Encerrado en su hacienda, frente a un altar encendido con velas negras, juró al diabl0 que si ese día no rugían sus toros en la plaza, las corralejas se caerían y Sincelejo pagaría el precio.
La tarde del 20 de enero amaneció extraña. Un viento caliente bajó desde los montes y el cielo se fue tornando gris. Cuando el primer toro salió al ruedo, un trueno partió el aire. Las tablas comenzaron a crujir, los clavos a soltarse y en cuestión de segundos la corraleja Hermógenes Cumplido se desplomó entre polvo, grit0s y sangr3. Cuentan que Don Arturo, lejos de allí, sonreía con los ojos rojos, mientras el eco de los tambores se apagaba bajo el llant0 del pueblo.
Desde entonces, se dice que las almas de los muert0s de esa tarde quedaron penando en la arena, ofrecidas como pago por el pacto sellado en Santa Teresa. Los viejos aseguran que cada enero, cuando el cielo se oscurece sin motivo, se escucha un relincho profundo y un murmullo que hiela la sangre: “Aquí estoy yo, Arturo Cumplido… y las corralejas aún me pertenecen.”