30/01/2026
PÁRESE DURO, MAESTRA. PÁRESE DURO, MAESTRO.🫵✊🏼✊🏼✊🏼💪💪💪
El magisterio no aguanta más atropellos contra quienes sostenemos la escuela pública. Hablar hoy como marxista no es un gesto retórico ni una pose romántica: es una obligación intelectual frente a una realidad concreta. La Secretaría de Educación de Bogotá se ha convertido en una expresión nítida de cómo el Estado, cuando administra la educación bajo lógicas gerenciales y disciplinarias, deja de ser garante de derechos y pasa a funcionar como aparato de coerción contra quienes producen el valor social de la escuela: las maestras y los maestros.
Desde una lectura materialista, lo que está en juego no es un malentendido administrativo ni una suma de errores aislados. Lo que vemos es una relación de poder profundamente asimétrica, donde el trabajo docente es tratado como fuerza de trabajo subordinada, controlable y castigable. El salario, que debería ser la forma básica de reproducción de la vida del trabajador, se usa como mecanismo de disciplinamiento político. El mensaje es claro y brutal: quien protesta, quien se organiza, quien se niega a obedecer sin cuestionar, paga con su sustento. Esa práctica no es accidental; es estructural. Responde a una lógica de dominación que necesita desarticular la conciencia colectiva del magisterio.
La nómina convertida en campo de incertidumbre, la movilización respondida con descuentos, la jornada laboral reinterpretada unilateralmente, no son simples decisiones técnicas. Son expresiones de una racionalidad neoliberal incrustada en la administración pública, donde la educación deja de ser un derecho social y se gestiona como un servicio que debe funcionar sin conflicto, sin resistencia y sin sujetos políticos. El docente ideal para esa lógica es dócil, silencioso y agradecido. Todo lo que se salga de ese molde se persigue, se amenaza o se precariza.
Desde Marx sabemos que el conflicto no es una anomalía del sistema, es su motor. Cuando la Secretaría actúa contra el magisterio, lo que intenta es congelar ese conflicto, invisibilizarlo y resolverlo por la vía administrativa. Pero la lucha de clases no se suspende con circulares. Cada descuento injusto, cada presión indebida, cada intento de aislar al maestro de la comunidad educativa, profundiza la contradicción entre quienes deciden desde el escritorio y quienes sostienen la escuela con su cuerpo, su tiempo y su desgaste emocional.
Por eso el llamado a “PÁRESE DURO” no es una consigna vacía ni un exabrupto emocional. Es un acto de conciencia política. Es la afirmación de que el magisterio no es un engranaje reemplazable, sino un sujeto histórico con capacidad de organización y de disputa. Exigir la salida de quienes hoy dirigen la SED no es personalismo ni revancha; es una demanda política legítima frente a una gestión que ha roto el vínculo mínimo de respeto con los trabajadores de la educación.
La escuela pública no se defiende con miedo ni con castigos. Se defiende reconociendo que quienes enseñan también luchan, piensan y se organizan. Cuando el Estado olvida eso, se vuelve contra sí mismo, porque erosiona la base social que hace posible cualquier proyecto educativo. La historia es clara: ningún aparato de poder que se sostenga en la humillación sistemática de sus trabajadores puede llamarse democrático.
Pararse duro hoy es recuperar la dignidad como categoría política. Es decir, con claridad y sin concesiones, que la educación no puede administrarse contra los maestros. Es asumir que la lucha por condiciones laborales dignas es inseparable de la lucha por una escuela pública crítica, emancipadora y verdaderamente popular. Y es entender que, cuando la institucionalidad se cierra al diálogo y gobierna desde el castigo, la transformación deja de ser una opción y se convierte en una necesidad histórica.