28/05/2026
Una Mirada Aymara ... Bolivia y el miedo histórico: ¿puede una sociedad re-aprender?
Fernando Untoja
Bolivia atraviesa una crisis que no puede explicarse únicamente por indicadores económicos, disputas políticas o agotamiento institucional. Detrás de la inflación, la escasez de dólares, la incertidumbre y la polarización, existe también una dimensión más profunda: una memoria social herida que condiciona emocionalmente la manera en que la sociedad interpreta el presente.
Las sociedades, al igual que los individuos, acumulan traumas. En psicología cognitiva se sabe que una persona traumatizada puede reaccionar automáticamente frente a situaciones inesperadas porque ciertas experiencias del pasado permanecen activas en su memoria emocional. El cerebro aprende a defenderse. Pero también puede re-aprender. Puede reconocer sus mecanismos automáticos de miedo y re-significar sus heridas.
Algo semejante parece ocurrir en Bolivia.
La historia boliviana está atravesada por derrotas, exclusiones y frustraciones acumuladas: colonialismo, jerarquías raciales, guerras perdidas, mediterraneidad, golpes de Estado, hiperinflación, pobreza estructural y crisis recurrentes. Estas experiencias dejaron marcas profundas en la conciencia colectiva. El miedo al abandono, el temor a la exclusión y la desconfianza frente al futuro se convirtieron lentamente en parte de la cultura política nacional.
Sin embargo, sobre esas heridas históricas también se construyó un largo proceso de adoctrinamiento ideológico. Durante décadas se difundió una narrativa donde el capitalismo aparecía como sinónimo de explotación, el imperialismo como explicación universal de todos los fracasos y el mercado como amenaza permanente contra los pobres y las identidades colectivas. El resultado fue una sociedad emocionalmente predispuesta a desconfiar de la libertad económica, de la iniciativa privada y de los procesos de modernización abiertos al mundo.
Así, cada crisis económica reactiva viejos temores históricos. La incertidumbre no es interpretada solamente desde la racionalidad económica, sino desde memorias emocionales acumuladas. Frente al miedo colectivo reaparece la búsqueda de protección estatal, resurgen discursos nacionalistas y se reactiva la necesidad de encontrar enemigos responsables de la crisis: el empresario, el mercado, el extranjero, la región adversaria o el adversario político.
Bolivia parece atrapada en una lógica defensiva donde el pasado continúa reaccionando sobre el presente.
Pero ninguna sociedad puede construir futuro viviendo únicamente desde el trauma. Una sociedad que interpreta toda transformación como amenaza termina paralizando su capacidad de innovar, producir y cooperar. El miedo permanente destruye la confianza, y sin confianza no existe inversión, ni institucionalidad sólida, ni horizonte compartido.
Por eso el gran desafío boliviano quizá no sea solamente económico o político. Tal vez sea también psicológico y cultural: re-aprender colectivamente.
Re-aprender no significa olvidar la historia ni negar las injusticias reales que existieron. Significa evitar que las heridas del pasado se conviertan en mecanismos automáticos de interpretación del presente. Significa comprender que el mercado no es necesariamente sinónimo de dominación, que la apertura al mundo no implica perder identidad y que la libertad económica puede también convertirse en instrumento de movilidad, creatividad y dignidad.
Pero toda sociedad que re-aprende necesita también recuperar optimismo histórico. Ninguna nación se transforma desde el miedo permanente. Los pueblos avanzan cuando vuelven a creer que el esfuerzo puede tener recompensa, que el futuro puede ser mejor que el pasado y que la creatividad humana puede abrir nuevas posibilidades de convivencia y prosperidad.
Bolivia necesita reconstruir una cultura de confianza. Necesita volver a creer en la capacidad de sus individuos para producir, emprender, innovar y cooperar sin depender siempre de la tutela política o del conflicto permanente. El optimismo social no nace de negar la crisis, sino de comprender que ninguna herida histórica condena eternamente a una sociedad.
Las sociedades maduras no son aquellas que olvidan sus traumas, sino aquellas que logran re-significarlos sin quedar atrapadas en ellos.
Tal vez el verdadero cambio histórico consista en eso: aprender a mirar el futuro sin reaccionar permanentemente desde el miedo acumulado del pasado.