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POR BOLIVIA !!!
13/07/2026

POR BOLIVIA !!!

20/06/2026

INDIGENAS URBANOS OCCIDENTALES CON LIDERES TRASNOCHADOS Y ANCLADOS EN LA NOCHE DE LOS TIEMPOS DEL AYLLU Y LA ROMANTIZACIÓN DE LA POBREZA Y LA FACISTA IDEA DE LA SUPREMACIA RACIAL Y MORAL AYMARA, ESTÁN SIENDO USADOS POR LA AMBICIÓN DE PODER, ESE PODER QUE NO CAMBIO NADA PARA ELLOS, ESE PODER QUE LOS DISFRAZA DE PONCHO Y ABARCAS QUE YA NO USAN, SINO PARA EJERCER VIOLENCIA CONTRA QUIENES QUIEREN LA ESTABILIDAD Y PROSPERIDAD DE BOLIVIA, VAN DIRECTO A SU PROPIA CAIDA. EL UNICO CAMINO ES EL SER BOLIVIANO EN DIVERSIDAD.

20/06/2026

La roca golpista y socialista se hace pedazos

Fernando Untoja Ch.

Hay ideas que nacen ya condenadas. Se presentan como redentoras, hablan en nombre del pueblo, prometen la justicia y anuncian la salvación; pero llevan en su interior el principio de su propia ruina. Son semejantes a esas rocas que parecen indestructibles, aunque el tiempo ya las ha vaciado por dentro y esperan únicamente el golpe que revele sus grietas.
Los recientes bloqueos han puesto ante los ojos del país una verdad que muchos se negaban a contemplar. Al principio se habló de combustible, de salarios, de leyes, de reivindicaciones agrarias y de necesidades populares. Las organizaciones movilizadas se presentaron como intérpretes del sufrimiento nacional. Parecía que la nación entera hablaba a través de las carreteras bloqueadas.
Sin embargo, las máscaras tienen una duración limitada.
Las demandas desaparecieron poco a poco. La gasolina dejó de ser el problema. Las reivindicaciones sociales se desvanecieron. Las necesidades del pueblo fueron relegadas. Una sola consigna permaneció en pie: la renuncia del Presidente. En ese instante el conflicto dejó de ser social para convertirse en político.
Y entonces apareció el verdadero soberano del movimiento. Hasta ese momento permanecía detrás de las consignas, detrás de las organizaciones y detrás de las multitudes. Pero finalmente habló. El amo del Chapare vino a disipar las últimas dudas. Su voz reclamó la radicalización, la prolongación de los bloqueos y la intensificación del conflicto.
Toda revolución termina por revelar a sus sacerdotes. Los hombres podían creer que luchaban por el combustible o por el pan, pero descubrieron que se los convocaba para una disputa por el poder. El efecto fue inmediato. Algunos obedecieron. Otros comenzaron a dudar. Muchos simplemente guardaron silencio.
Porque las sociedades pueden aceptar sacrificios cuando creen defender necesidades comunes, pero se resisten cuando descubren que han sido convertidas en instrumentos de una ambición particular.
Sin embargo, ocurrió algo que los estrategas de la agitación jamás previeron. La sociedad comenzó a cansarse. El comerciante observó sus pérdidas. El transportista vio sus vehículos detenidos. El trabajador comprobó que los precios subían. Las familias comenzaron a preguntarse quién pagaría los daños. Los centros urbanos, que al principio observaban con prudencia el conflicto, empezaron a manifestar cansancio, frustración y rechazo.
La violencia aumentó. Las amenazas se multiplicaron. Los llamados a la radicalización se hicieron más frecuentes. Pero cuanto más duro se volvía el bloqueo, más débil se hacía su legitimidad. La fuerza que no encuentra autoridad moral termina consumiéndose a sí misma.
Muchos exigieron el estado de excepción. Otros reclamaron la intervención inmediata de la fuerza pública. El gobierno, criticado por unos y despreciado por otros, optó por la paciencia, soportando insultos y presiones, insistiendo en el diálogo mientras el conflicto se desgastaba lentamente.
La reciente firma del acuerdo entre la COB y el gobierno terminó de revelar la nueva realidad política. Los sindicatos agrarios movilizados quedaron al margen. El antiguo bloque que durante años se presentó como una roca histórica comenzó a fracturarse. No son únicamente las alianzas las que se rompen. Son las creencias.
Durante años se confundió organización con ciudadanía, movilización con legitimidad y corporación con democracia. Se creyó que una nación podía gobernarse mediante sindicatos permanentes, bloqueos periódicos y estados de movilización continua.
Pero las naciones viven de otra sustancia: del trabajo, de la confianza, del orden y de la esperanza. La roca golpista y socialista se hace pedazos no porque haya sido derrotada por sus adversarios, sino porque contenía dentro de sí las semillas de su propia destrucción. El extremismo promete redención inmediata y termina produciendo cansancio, pobreza y desencanto.
Los hombres que pretendieron hablar en nombre del pueblo descubren finalmente que el pueblo posee la incómoda costumbre de pensar por sí mismo. Las carreteras se vacían. Los discursos se extinguen. Los héroes regresan en silencio.
Y mientras los últimos grupos retornan a sus comunidades cargando más preguntas que certezas, una interrogación permanece suspendida sobre Bolivia: ¿cuántas veces más se intentará sacrificar a la nación en nombre de una abstracción política? Las sociedades sobreviven a las revoluciones. Lo que raramente sobrevive es el prestigio de quienes las provocan.

18/06/2026

PRIMERO: LA C.O.B. Y LOS BLOQUEADORES DEBEN LIBERAR AL PAÍS Y LEVANTAR LOS BLOQUEOS, DESPUÉS SE ANALIZARÁ LEGALMENTE LA SITUACIÓN DE DELINCUENTES Y DETENIDOS

16/06/2026
05/06/2026

"Pueblo Enfermo terminal"...
Por Alberto De Oliva Maya

De nuevo, Alcides Arguedas no se equivocó. Solo que se quedó corto… Cuando escribió Pueblo Enfermo, seguramente jamás imaginó que Bolivia evolucionaría de la simple enfermedad social a una especie de pandemia colectiva donde la ignorancia ya no avergüenza, sino que gobierna; donde la brutalidad se volvió discurso político; donde la mediocridad se convirtió en liderazgo y donde el caos es administrado como si fuera política pública.

Hoy Bolivia no es solamente un pueblo enfermo. Es un paciente terminal conectado artificialmente a discursos vacíos, bloqueos criminales, dirigentes delirantes y gobernantes que creen que “dialogar” eternamente, mientras el país se incendia, es una muestra de inteligencia democrática… Y mientras tanto, la nación se desangra.

Porque hay que ser honestos… ¿Qué otro país normal del planeta puede soportar más de 90 puntos de bloqueo, miles de millones de dólares en pérdidas, 240 mil desempleados, saqueos, violencia, familias caminando horas por comida, gente muriendo por falta de paso y aun así escuchar a sus gobernantes repetir como loros amaestrados: “Seguiremos apostando al diálogo”

¿Qué diálogo? ¿El diálogo con quienes secuestran carreteras? ¿Con quienes le quitan comida a familias humildes? ¿Con quienes destruyen la economía de millones para defender los intereses políticos de un pequeño grupo de fanáticos que se creen dueños del país?

Porque esa es la verdad incómoda que nadie quiere decir de frente: No representan al pueblo. Representan a una mínima parte de una Bolivia atrapada en el resentimiento, la dependencia y la cultura del sometimiento político. Y lo más trágico es que el resto observa resignado. Como si fuera normal que un país entero sea rehén de cuarenta o cincuenta tipos con piedras, dinamita y odio acumulado. Como si fuera lógico que producir, trabajar, exportar, sembrar, invertir o simplemente querer vivir en paz se haya convertido en un acto casi revolucionario.

Mientras tanto, las noticias parecen escritas por un guionista alcohólico: “Aprehenden a 15 personas tras intento de bloqueo…” “Más de 2.000 millones de dólares en pérdidas…” “Familias denuncian que bloqueadores les quitan alimentos…” “240 mil desempleados…”
“Gobierno insiste en el diálogo…” Y aun así todavía aparecen iluminados diciendo que el problema es “la falta de empatía con los movimientos sociales”.

No señores. El problema es la cobardía institucional. La ausencia total de autoridad. La glorificación de la estupidez. La romantización del bloqueo. Y una generación política incapaz de entender que gobernar no es sentarse a negociar eternamente con quienes destruyen el país.
Porque cualquier persona con un mínimo de sentido común — y sobre todo con los huevos suficientes para pensar en el futuro de sus hijos — ya habría entendido que no se puede construir una nación premiando a quienes viven de destruirla.

Pero Bolivia decidió otro camino. El camino de la improvisación. Del populismo miserable. De la viveza criolla convertida en doctrina. Del dirigente ignorante elevado a filósofo revolucionario. Del mediocre convertido en referente moral. Del delincuente disfrazado de defensor del pueblo.

Y ahí estamos… Divididos entre una Bolivia que quiere tecnología, inversión, producción, salud, modernidad y oportunidades… Y otra que todavía cree que bloquear carreteras, cercar ciudades y destruir la economía es una forma legítima de lucha social.

Dos países conviviendo dentro de un mismo territorio. Uno mirando al futuro. Y el otro aferrado al atraso como si fuera identidad cultural.

Lo más doloroso no es la crisis. Lo más doloroso es la costumbre. La normalización del desastre. La resignación colectiva de aceptar que vivir mal ya forma parte de nuestra identidad nacional.

Por eso Arguedas tenía razón. Éramos un pueblo enfermo.

Pero hoy somos algo peor: "Un país que aprendió a convivir con su enfermedad… y hasta a defenderla", y los zurdos progres socialistas tienen gran parte de la culpa.

Y quizás algún día, cuando ya no quede nada que bloquear, nada que saquear y nada que destruir, la historia escriba finalmente nuestro epitafio: “Aquí yace un país que lo tenía todo… pero prefirió enterrarse vivo por falta de valentía, preparación y sentido común.”

28/05/2026

El antiamericanismo como patología intelectual
Fernando Untoja
El antiamericanismo contemporáneo no es una postura política: es una coartada psicológica. No nace del análisis, sino de la pereza intelectual; no se sostiene en datos, sino en consignas; no produce pensamiento crítico, sino obediencia ideológica. Es el refugio perfecto para quien quiere indignarse sin entender y señalar sin hacerse cargo. Se repite como dogma en universidades, foros y marchas: “Los gringos nos roban”, “Nos dominan”, “Nos invaden y se lo llevan todo”. Frases aprendidas, no pensadas. Repetidas, no discutidas. Convertidas en identidad antes que en argumento.
Lo grotesco es la contradicción: el sueño íntimo de muchos de estos antiamericanos es vivir en Estados Unidos. Estudiar allí. Trabajar allí. Consumir allí. Ejercer allí las libertades que niegan en el discurso, pero desean en silencio. Nadie escapa a Cuba buscando futuro. Nadie cruza selvas para llegar a Venezuela. Nadie arriesga su vida por Nicaragua. El destino siempre es el mismo: el país que dicen odiar.
Eso no es crítico. Es hipocresía estructural. El marxismo —degradado, simplificado, convertido en catecismo— ha hecho un daño profundo a generaciones enteras. No porque proponga justicia social, sino porque enseñó a pensar en términos de excusas permanentes. Todo fracaso tiene un culpable externo. Toda miseria es responsabilidad ajena. Todo desastre es producto del “imperio”. Así se evita la pregunta verdaderamente peligrosa: ¿qué hicimos mal nosotros?
Se sigue defendiendo a Cuba mientras su población pasa hambre real, no metafórica.
Se grita “libertad” para dictadores mientras se justifica la represión de ciudadanos concretos.
Se denuncia el “capitalismo” desde teléfonos, redes y plataformas creadas exactamente por ese sistema.
No es ignorancia. Es cinismo. En los últimos años, este pensamiento se ha fusionado con un postmodernismo tóxico que culpa a la vida misma. Prosperar es sospechoso. Disfrutar es inmoral. Progresar es “privilegio”. El éxito debe ser explicado como explotación, nunca como esfuerzo. Se castiga la excelencia y se romantiza el fracaso colectivo. No se busca igualdad: se busca nivelar hacia abajo.
El antiamericanismo ya no critica el poder: niega la realidad. No compara modelos, no mide resultados, no observa consecuencias. Funciona como una religión secular: tiene dogmas intocables, pecadores bien definidos y un enemigo absoluto que explica todo. Y como toda religión cerrada, prohíbe pensar.
Criticar a Estados Unidos es legítimo. Convertirlo en el origen de todos los males propios es infantil. Ningún país destruye a otro sin la colaboración activa de sus élites corruptas, sus instituciones fallidas y sus ciudadanos silenciados por ideologías que justifican lo injustificable.
El problema no es el “imperio”. El problema es usarlo como excusa moral para el fracaso. Por eso vemos escenas absurdas: jóvenes marchando por dictadores, académicos relativizando hambrunas, activistas defendiendo sistemas en los que jamás aceptarían vivir. No es compromiso político. Es cobardía intelectual. Pensar exige valentía. Romper con la ideología exige honestidad. Aceptar la realidad exige responsabilidad. Y eso —precisamente eso— es lo que este discurso evita a toda costa.

28/05/2026

Una Mirada Aymara ... Bolivia y el miedo histórico: ¿puede una sociedad re-aprender?

Fernando Untoja

Bolivia atraviesa una crisis que no puede explicarse únicamente por indicadores económicos, disputas políticas o agotamiento institucional. Detrás de la inflación, la escasez de dólares, la incertidumbre y la polarización, existe también una dimensión más profunda: una memoria social herida que condiciona emocionalmente la manera en que la sociedad interpreta el presente.
Las sociedades, al igual que los individuos, acumulan traumas. En psicología cognitiva se sabe que una persona traumatizada puede reaccionar automáticamente frente a situaciones inesperadas porque ciertas experiencias del pasado permanecen activas en su memoria emocional. El cerebro aprende a defenderse. Pero también puede re-aprender. Puede reconocer sus mecanismos automáticos de miedo y re-significar sus heridas.

Algo semejante parece ocurrir en Bolivia.
La historia boliviana está atravesada por derrotas, exclusiones y frustraciones acumuladas: colonialismo, jerarquías raciales, guerras perdidas, mediterraneidad, golpes de Estado, hiperinflación, pobreza estructural y crisis recurrentes. Estas experiencias dejaron marcas profundas en la conciencia colectiva. El miedo al abandono, el temor a la exclusión y la desconfianza frente al futuro se convirtieron lentamente en parte de la cultura política nacional.
Sin embargo, sobre esas heridas históricas también se construyó un largo proceso de adoctrinamiento ideológico. Durante décadas se difundió una narrativa donde el capitalismo aparecía como sinónimo de explotación, el imperialismo como explicación universal de todos los fracasos y el mercado como amenaza permanente contra los pobres y las identidades colectivas. El resultado fue una sociedad emocionalmente predispuesta a desconfiar de la libertad económica, de la iniciativa privada y de los procesos de modernización abiertos al mundo.

Así, cada crisis económica reactiva viejos temores históricos. La incertidumbre no es interpretada solamente desde la racionalidad económica, sino desde memorias emocionales acumuladas. Frente al miedo colectivo reaparece la búsqueda de protección estatal, resurgen discursos nacionalistas y se reactiva la necesidad de encontrar enemigos responsables de la crisis: el empresario, el mercado, el extranjero, la región adversaria o el adversario político.
Bolivia parece atrapada en una lógica defensiva donde el pasado continúa reaccionando sobre el presente.

Pero ninguna sociedad puede construir futuro viviendo únicamente desde el trauma. Una sociedad que interpreta toda transformación como amenaza termina paralizando su capacidad de innovar, producir y cooperar. El miedo permanente destruye la confianza, y sin confianza no existe inversión, ni institucionalidad sólida, ni horizonte compartido.
Por eso el gran desafío boliviano quizá no sea solamente económico o político. Tal vez sea también psicológico y cultural: re-aprender colectivamente.
Re-aprender no significa olvidar la historia ni negar las injusticias reales que existieron. Significa evitar que las heridas del pasado se conviertan en mecanismos automáticos de interpretación del presente. Significa comprender que el mercado no es necesariamente sinónimo de dominación, que la apertura al mundo no implica perder identidad y que la libertad económica puede también convertirse en instrumento de movilidad, creatividad y dignidad.
Pero toda sociedad que re-aprende necesita también recuperar optimismo histórico. Ninguna nación se transforma desde el miedo permanente. Los pueblos avanzan cuando vuelven a creer que el esfuerzo puede tener recompensa, que el futuro puede ser mejor que el pasado y que la creatividad humana puede abrir nuevas posibilidades de convivencia y prosperidad.

Bolivia necesita reconstruir una cultura de confianza. Necesita volver a creer en la capacidad de sus individuos para producir, emprender, innovar y cooperar sin depender siempre de la tutela política o del conflicto permanente. El optimismo social no nace de negar la crisis, sino de comprender que ninguna herida histórica condena eternamente a una sociedad.
Las sociedades maduras no son aquellas que olvidan sus traumas, sino aquellas que logran re-significarlos sin quedar atrapadas en ellos.
Tal vez el verdadero cambio histórico consista en eso: aprender a mirar el futuro sin reaccionar permanentemente desde el miedo acumulado del pasado.

24/05/2026

Una vez MÁS

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