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05/06/2026

"Pueblo Enfermo terminal"...
Por Alberto De Oliva Maya

De nuevo, Alcides Arguedas no se equivocó. Solo que se quedó corto… Cuando escribió Pueblo Enfermo, seguramente jamás imaginó que Bolivia evolucionaría de la simple enfermedad social a una especie de pandemia colectiva donde la ignorancia ya no avergüenza, sino que gobierna; donde la brutalidad se volvió discurso político; donde la mediocridad se convirtió en liderazgo y donde el caos es administrado como si fuera política pública.

Hoy Bolivia no es solamente un pueblo enfermo. Es un paciente terminal conectado artificialmente a discursos vacíos, bloqueos criminales, dirigentes delirantes y gobernantes que creen que “dialogar” eternamente, mientras el país se incendia, es una muestra de inteligencia democrática… Y mientras tanto, la nación se desangra.

Porque hay que ser honestos… ¿Qué otro país normal del planeta puede soportar más de 90 puntos de bloqueo, miles de millones de dólares en pérdidas, 240 mil desempleados, saqueos, violencia, familias caminando horas por comida, gente muriendo por falta de paso y aun así escuchar a sus gobernantes repetir como loros amaestrados: “Seguiremos apostando al diálogo”

¿Qué diálogo? ¿El diálogo con quienes secuestran carreteras? ¿Con quienes le quitan comida a familias humildes? ¿Con quienes destruyen la economía de millones para defender los intereses políticos de un pequeño grupo de fanáticos que se creen dueños del país?

Porque esa es la verdad incómoda que nadie quiere decir de frente: No representan al pueblo. Representan a una mínima parte de una Bolivia atrapada en el resentimiento, la dependencia y la cultura del sometimiento político. Y lo más trágico es que el resto observa resignado. Como si fuera normal que un país entero sea rehén de cuarenta o cincuenta tipos con piedras, dinamita y odio acumulado. Como si fuera lógico que producir, trabajar, exportar, sembrar, invertir o simplemente querer vivir en paz se haya convertido en un acto casi revolucionario.

Mientras tanto, las noticias parecen escritas por un guionista alcohólico: “Aprehenden a 15 personas tras intento de bloqueo…” “Más de 2.000 millones de dólares en pérdidas…” “Familias denuncian que bloqueadores les quitan alimentos…” “240 mil desempleados…”
“Gobierno insiste en el diálogo…” Y aun así todavía aparecen iluminados diciendo que el problema es “la falta de empatía con los movimientos sociales”.

No señores. El problema es la cobardía institucional. La ausencia total de autoridad. La glorificación de la estupidez. La romantización del bloqueo. Y una generación política incapaz de entender que gobernar no es sentarse a negociar eternamente con quienes destruyen el país.
Porque cualquier persona con un mínimo de sentido común — y sobre todo con los huevos suficientes para pensar en el futuro de sus hijos — ya habría entendido que no se puede construir una nación premiando a quienes viven de destruirla.

Pero Bolivia decidió otro camino. El camino de la improvisación. Del populismo miserable. De la viveza criolla convertida en doctrina. Del dirigente ignorante elevado a filósofo revolucionario. Del mediocre convertido en referente moral. Del delincuente disfrazado de defensor del pueblo.

Y ahí estamos… Divididos entre una Bolivia que quiere tecnología, inversión, producción, salud, modernidad y oportunidades… Y otra que todavía cree que bloquear carreteras, cercar ciudades y destruir la economía es una forma legítima de lucha social.

Dos países conviviendo dentro de un mismo territorio. Uno mirando al futuro. Y el otro aferrado al atraso como si fuera identidad cultural.

Lo más doloroso no es la crisis. Lo más doloroso es la costumbre. La normalización del desastre. La resignación colectiva de aceptar que vivir mal ya forma parte de nuestra identidad nacional.

Por eso Arguedas tenía razón. Éramos un pueblo enfermo.

Pero hoy somos algo peor: "Un país que aprendió a convivir con su enfermedad… y hasta a defenderla", y los zurdos progres socialistas tienen gran parte de la culpa.

Y quizás algún día, cuando ya no quede nada que bloquear, nada que saquear y nada que destruir, la historia escriba finalmente nuestro epitafio: “Aquí yace un país que lo tenía todo… pero prefirió enterrarse vivo por falta de valentía, preparación y sentido común.”

28/05/2026

El antiamericanismo como patología intelectual
Fernando Untoja
El antiamericanismo contemporáneo no es una postura política: es una coartada psicológica. No nace del análisis, sino de la pereza intelectual; no se sostiene en datos, sino en consignas; no produce pensamiento crítico, sino obediencia ideológica. Es el refugio perfecto para quien quiere indignarse sin entender y señalar sin hacerse cargo. Se repite como dogma en universidades, foros y marchas: “Los gringos nos roban”, “Nos dominan”, “Nos invaden y se lo llevan todo”. Frases aprendidas, no pensadas. Repetidas, no discutidas. Convertidas en identidad antes que en argumento.
Lo grotesco es la contradicción: el sueño íntimo de muchos de estos antiamericanos es vivir en Estados Unidos. Estudiar allí. Trabajar allí. Consumir allí. Ejercer allí las libertades que niegan en el discurso, pero desean en silencio. Nadie escapa a Cuba buscando futuro. Nadie cruza selvas para llegar a Venezuela. Nadie arriesga su vida por Nicaragua. El destino siempre es el mismo: el país que dicen odiar.
Eso no es crítico. Es hipocresía estructural. El marxismo —degradado, simplificado, convertido en catecismo— ha hecho un daño profundo a generaciones enteras. No porque proponga justicia social, sino porque enseñó a pensar en términos de excusas permanentes. Todo fracaso tiene un culpable externo. Toda miseria es responsabilidad ajena. Todo desastre es producto del “imperio”. Así se evita la pregunta verdaderamente peligrosa: ¿qué hicimos mal nosotros?
Se sigue defendiendo a Cuba mientras su población pasa hambre real, no metafórica.
Se grita “libertad” para dictadores mientras se justifica la represión de ciudadanos concretos.
Se denuncia el “capitalismo” desde teléfonos, redes y plataformas creadas exactamente por ese sistema.
No es ignorancia. Es cinismo. En los últimos años, este pensamiento se ha fusionado con un postmodernismo tóxico que culpa a la vida misma. Prosperar es sospechoso. Disfrutar es inmoral. Progresar es “privilegio”. El éxito debe ser explicado como explotación, nunca como esfuerzo. Se castiga la excelencia y se romantiza el fracaso colectivo. No se busca igualdad: se busca nivelar hacia abajo.
El antiamericanismo ya no critica el poder: niega la realidad. No compara modelos, no mide resultados, no observa consecuencias. Funciona como una religión secular: tiene dogmas intocables, pecadores bien definidos y un enemigo absoluto que explica todo. Y como toda religión cerrada, prohíbe pensar.
Criticar a Estados Unidos es legítimo. Convertirlo en el origen de todos los males propios es infantil. Ningún país destruye a otro sin la colaboración activa de sus élites corruptas, sus instituciones fallidas y sus ciudadanos silenciados por ideologías que justifican lo injustificable.
El problema no es el “imperio”. El problema es usarlo como excusa moral para el fracaso. Por eso vemos escenas absurdas: jóvenes marchando por dictadores, académicos relativizando hambrunas, activistas defendiendo sistemas en los que jamás aceptarían vivir. No es compromiso político. Es cobardía intelectual. Pensar exige valentía. Romper con la ideología exige honestidad. Aceptar la realidad exige responsabilidad. Y eso —precisamente eso— es lo que este discurso evita a toda costa.

28/05/2026

Una Mirada Aymara ... Bolivia y el miedo histórico: ¿puede una sociedad re-aprender?

Fernando Untoja

Bolivia atraviesa una crisis que no puede explicarse únicamente por indicadores económicos, disputas políticas o agotamiento institucional. Detrás de la inflación, la escasez de dólares, la incertidumbre y la polarización, existe también una dimensión más profunda: una memoria social herida que condiciona emocionalmente la manera en que la sociedad interpreta el presente.
Las sociedades, al igual que los individuos, acumulan traumas. En psicología cognitiva se sabe que una persona traumatizada puede reaccionar automáticamente frente a situaciones inesperadas porque ciertas experiencias del pasado permanecen activas en su memoria emocional. El cerebro aprende a defenderse. Pero también puede re-aprender. Puede reconocer sus mecanismos automáticos de miedo y re-significar sus heridas.

Algo semejante parece ocurrir en Bolivia.
La historia boliviana está atravesada por derrotas, exclusiones y frustraciones acumuladas: colonialismo, jerarquías raciales, guerras perdidas, mediterraneidad, golpes de Estado, hiperinflación, pobreza estructural y crisis recurrentes. Estas experiencias dejaron marcas profundas en la conciencia colectiva. El miedo al abandono, el temor a la exclusión y la desconfianza frente al futuro se convirtieron lentamente en parte de la cultura política nacional.
Sin embargo, sobre esas heridas históricas también se construyó un largo proceso de adoctrinamiento ideológico. Durante décadas se difundió una narrativa donde el capitalismo aparecía como sinónimo de explotación, el imperialismo como explicación universal de todos los fracasos y el mercado como amenaza permanente contra los pobres y las identidades colectivas. El resultado fue una sociedad emocionalmente predispuesta a desconfiar de la libertad económica, de la iniciativa privada y de los procesos de modernización abiertos al mundo.

Así, cada crisis económica reactiva viejos temores históricos. La incertidumbre no es interpretada solamente desde la racionalidad económica, sino desde memorias emocionales acumuladas. Frente al miedo colectivo reaparece la búsqueda de protección estatal, resurgen discursos nacionalistas y se reactiva la necesidad de encontrar enemigos responsables de la crisis: el empresario, el mercado, el extranjero, la región adversaria o el adversario político.
Bolivia parece atrapada en una lógica defensiva donde el pasado continúa reaccionando sobre el presente.

Pero ninguna sociedad puede construir futuro viviendo únicamente desde el trauma. Una sociedad que interpreta toda transformación como amenaza termina paralizando su capacidad de innovar, producir y cooperar. El miedo permanente destruye la confianza, y sin confianza no existe inversión, ni institucionalidad sólida, ni horizonte compartido.
Por eso el gran desafío boliviano quizá no sea solamente económico o político. Tal vez sea también psicológico y cultural: re-aprender colectivamente.
Re-aprender no significa olvidar la historia ni negar las injusticias reales que existieron. Significa evitar que las heridas del pasado se conviertan en mecanismos automáticos de interpretación del presente. Significa comprender que el mercado no es necesariamente sinónimo de dominación, que la apertura al mundo no implica perder identidad y que la libertad económica puede también convertirse en instrumento de movilidad, creatividad y dignidad.
Pero toda sociedad que re-aprende necesita también recuperar optimismo histórico. Ninguna nación se transforma desde el miedo permanente. Los pueblos avanzan cuando vuelven a creer que el esfuerzo puede tener recompensa, que el futuro puede ser mejor que el pasado y que la creatividad humana puede abrir nuevas posibilidades de convivencia y prosperidad.

Bolivia necesita reconstruir una cultura de confianza. Necesita volver a creer en la capacidad de sus individuos para producir, emprender, innovar y cooperar sin depender siempre de la tutela política o del conflicto permanente. El optimismo social no nace de negar la crisis, sino de comprender que ninguna herida histórica condena eternamente a una sociedad.
Las sociedades maduras no son aquellas que olvidan sus traumas, sino aquellas que logran re-significarlos sin quedar atrapadas en ellos.
Tal vez el verdadero cambio histórico consista en eso: aprender a mirar el futuro sin reaccionar permanentemente desde el miedo acumulado del pasado.

24/05/2026

Una vez MÁS

23/05/2026
23/05/2026

GOBERNADORES Y ALCALDES DEJEN DE ESCONDERSE Y TOMEN DECISIONES AUTÓNOMAS

𝐒𝐨𝐛𝐫𝐞 𝐥𝐚 𝐋𝐞𝐲 𝐌𝐮𝐧𝐢𝐜𝐢𝐩𝐚𝐥 𝐀𝐧𝐭𝐢𝐛𝐥𝐨𝐪𝐮𝐞𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐑𝐮𝐫𝐫𝐞𝐧𝐚𝐛𝐚𝐪𝐮𝐞

Alguno podría pensar que lo que hizo Rurrenabaque, al emitir una Ley Municipal Antibloqueos es inconstitucional y fuera de sus competencias. En realidad no es así.

Los gobiernos autónomos municipales sí tienen competencia para regular el tema, y no solo la Guardia Municipal, sino, sobre todo, la Policía Boliviana está obligada a hacer cumplir esa ley.

No solo los caminos locales y el transporte local, sino la administración y el control del tránsito local son competencia exclusiva municipal (CPE, art. 302.I.18). Por tanto, es su potestad garantizar el libre tránsito dentro su territorio.

Para todos está claro que el Estado es garante de los derechos humanos. Pero, el Estado no es únicamente el gobierno central -como muchos suelen asumirlo- sino todo el conjunto de gobiernos e instituciones públicas. ¿Cómo podemos saber cuál de los gobiernos debe garantizar qué derechos? pues revisando la distribución de competencias que hace la Constitución.

Cada gobierno debe garantizar los derechos en los temas de su competencia.

Así que, ¡bravo Rurrenabaque!

Eso es ejercer la autonomía y soltar el pensamiento centralista que está tan incrustado en la mente de la sociedad boliviana que cree que con la Constitución de 2009 no hubo ningún cambio más que lo plurinacional.

Carlos Bellott 23/05/2026

20/05/2026

NI INDIGENAS, NI ORIGINARIOS, NI BLANCOS, NI MESTIZOS ¡SOMOS BOLIVIANOS¡

17/05/2026

RECORDANDO LA VIGENCIA DE “PUEBLO ENFERMO” DE ALCIDES ARGUEDAS
“Todo es inmenso en Bolivia, todo, menos el hombre”. Frase lapidaria donde las hubiera. Alcides Arguedas escribe que es “cuestión de visualidad”: en Bolivia es grande la naturaleza, sus montañas, sus ríos, sus llanuras, su flora y su fauna; en contraste con esa majestuosidad aplastante, desmesurada y sorprendente, aparece la pequeñez disminuida de su gente (su única grandeza fueron las hazañas de la independencia y la conquista de su libertad, conseguidas por “hombres superiores a su época y libres de esas pasiones deprimentes… una raza extinguida”).

Esta es su enfermedad radical y está enraizada en el “carácter nacional”. Esta es la conclusión hiriente pero cierta que nos entrega Alcides Arguedas y presenta cuatro causas para explicar ese conjunto humano “enfermo”: la étnica, la regional, la social y la política. Ahora bien, por su vigencia, nos detendremos en estas dos últimas. ¿Cómo retrata Arguedas la política? Antes de entrar en materia, se podría decir que si bien Pueblo enfermo tiene más de un siglo de haber sido escrito (1909-1910), a pesar de esto parece tratarse de un fresco reciente y muchas de sus páginas poseen una vigencia que rezuma turbulenta actualidad.

La política nacional también es de políticos pequeños y, por tanto, presenta un formato rebajado. Un “campo de revueltas y malsana arena (…) es el campo preferido de las naturalezas inquietas y de las voluntades vidriosas. En él se lucha con más vigor que en ningún otro y entran en juego pasiones e ideas, con igual intensidad”. Está dominado por los caudillos y su alto sentido de personalismo, pues “pretenden tener el privilegio de la iniciativa y hasta desconocen y niegan un criterio igual o superior al suyo”. Son presas de la manía de grandeza y, más para la pesadumbre del mal que para el regocijo del bien, poseen un “brío incontenible”, feroz, por lo terrible, avasalladora e implacable de su conducta. Estos caudillos son una especie criolla de “divinidades asiáticas con sus treinta o cuarenta brazos tendidos hacia un solo punto: el tesoro nacional”.

No hay ideales, o esta es la capa superficial, en lo profundo y la fuente de la que se embeben, la búsqueda de satisfacción propia. En realidad, muy bien se podría decir que en Bolivia no hay partidos políticos, sino que se tratan de grupos de interés. “Por eso los partidos políticos, si ponen en sus exaltadas luchas energías avasalladoras, no es para alcanzar el poder como cima de aspirabilidad consciente, sino porque alcanzándolo se satisfacen satisfacciones de toda índole y se da cabida en los negocios públicos a una gran porción del grupo social”. Para ello no escatiman en adular al pueblo y sus partidarios en adular a sus caudillos, aunque esto con fecha de caducidad: una vez que perciben que están de salida, en la fase crepuscular, miran hacia el nuevo astro auroral. “Los hombres cambian de ídolos con veleidad prodigiosa. Hoy uno, mañana otro; y siempre al que está arriba, al que manda” –la suya es una clara sumisión contractual: son serviles con el poderoso para servirse del poder en igual orden y grado–.

Otro rasgo de la política nacional, en la boca de los caudillos y en la letra de la constitución todo sabe a perfección celestial. Los legisladores hablan de un orden y legalidad que no existen; los administradores de un bienestar que escasea; y los militares de unas glorias efímeras. “Al leer tales declaraciones cualesquiera, el más empecinado, no vacila un momento en sostener que la República de Bolivia es la república ideal, que a más alto progreso no llegaría ni la soñada por Platón”. Estas maravillas las reciben los oídos, pero los ojos ven una realidad harto diferente que descubre toda esa “cómica simulación” y esa “perpetua mentira”.

¿Y la oposición? Combate todo lo anormal y chocante cuando está en la vereda de enfrente al Palacio de Gobierno, buscando seducir al pueblo disconforme; pero “al vencer y subir, cae en los mismos yerros y sigue la misma política de complacencias, dudas, faltas meditadas, todo eso, en fin, que hace de Bolivia un pueblo anormal, raro y enfermo del peor de los males: la falta de honradez administrativa”. Para subir, denunciar y prometer; una vez en la cima, olvidar y contravenir. De esta forma, el eterno retorno al mismo descampado de siempre: la penuria y la pena colectivas y colegiadas.

La sociedad boliviana es una asociación disociada: fragmentada, de odiosidad dispersa y hasta de malignidad calculada. Todo ello circula por las venas de ese cuerpo agigantado y sinuoso. No existe una cohesión lograda y tampoco una visión compartida. “No escatiman en adular al pueblo y sus partidarios en adular a sus caudillos, aunque esto con fecha de caducidad: una vez que perciben que están de salida, en la fase crepuscular, miran hacia el nuevo astro auroral.

“La patria no importa nada; lo esencial es el campanario”, es decir, en lo social, cada uno para uno mismo (y los parientes como los amigos), y en lo político, todos para el Uno y el Uno de espalda a Todos. ¿La moral? “Descarriada, porque la gente siente que “engañar al Estado no es engañar a nadie”. Otra de sus particularidades, la sociedad es un universo que gira alrededor del Estado: su fuente de energía y gravitación. No se trata de una sociedad fuerte, con poderosos motores internos, sino casi cobijada y obnubilada por el Estado. “Otra de las singularidades del carácter nacional es la propensión general de alcanzarlo todo mediante la ayuda del Estado”. No es autónoma, sino heterónoma: mira hacia el Estado, para todo y sobre todo, para obtener un empleo (“pasión empleomaníaca”), y es mirada por el Estado, con un sentido de paternalismo y despotismo. Esa marejada de átomos que hacen a una sociedad se presenta como un movimiento de seres pequeños en un mundito de miniaturas.

“Es el medio, que hace así. En toda la vida no ha habido grandes caracteres que se impongan por cualidades de mérito: pobres en ejemplos, somos también pobres en querer: imitamos lo que está al alcance de nuestra percepción”. Un juego de espejos que refleja una feria de alasita humanas. Pocos son los hombres fecundos y casi todos “cometieron el imperdonable error de poner toda su actividad creadora al servicio de pasiones políticas que todo lo marchitan”. Entonces se hace patente la pobreza aspirativa. “Los cerrados horizontes, la vida social monótona, la pobreza económica, obliga a contentarse con poco, a no saber aspirar”. Y esto acarrea otro mal de indudable perjuicio social: la “anulación de las facultades críticas, el sometimiento pasivo, la resignación triste, la complicidad cobarde”.

El poder que se antoja terreno, demasiado terreno, sin embargo, se pretende divino, aspira a no tener contestación humana alguna. La categoría moral de las personas se rebaja y la categoría moral del gobierno se degrada. Una y otra, enfermas, tienen al país siempre a un paso de la sala de terapia intensiva.

En Bolivia, ¿no son inmensos los seres humanos? ¿Somos incurablemente pequeños? Alcides Arguedas escribe que se trata de un tema visual, pues comparado el hombre boliviano con su entorno natural, resulta pequeño porque no hizo de sí ni de nuestro país algo igualmente majestuoso, pero creemos que se trata de nuestras instituciones. Estas son pedestales, levantan a unos hombres por encima de otros, y lo que vemos luce minúsculo. Mediocre. ¿Por qué? La política –campo contra el que también arremete Alcides Arguedas con mil razones–, los partidos tanto de izquierda como de derecha, no miran hacia el bien común, sino hacia el bien propio. Y para alimentar este interés son más funcionales los mediocres y pequeños, que los excelentes y grandes. En consecuencia, el resultado no es un Estado pro-social, sino un Estado mediocrizador y anti-social. De ahí nuestra falta de inmensidad antropológica: el Estado no es una pista para que hombres y mujeres levanten vuelo, más bien es un campo donde se anegan en sus mil pequeñeces y acaban en un réquiem mortecino.

O sea, incapacidad de construir un Estado serio y seriamente entregado a los excelentes, sin mirar su color, su raza, su credo, ni su género. Tomar en cuenta, lo único que de verdad cuenta: una carrera abierta al mérito, dondequiera que se presente, porque el talento se las ingenia para nacer en los sitios más inesperados. Es buena una democracia emparejada con la meritocracia si permite que un grupo cambiante de hombres gobierne y sean precisamente las personas de mérito y no de demérito –una élite constantemente seleccionada, encumbrada y alimentada del seno de una democracia con oportunidades iguales para todos–. Baste recordar que Sócrates fue hijo de una partera, Voltaire hijo de un procurador y Shakespeare lo era de un carnicero. Las sombras humanas si se encumbran, potencian sus alas y por tanto el espacio de sombra; mientras que, si las personas luminosas potencian las suyas, su luz prende, alimenta y la propaga a todos quienes se encuentran bajo su alero.

Permitir que esta verdad se apague no sólo es un atentado de lesa intelectualidad, sino se trata de un suicidio colectivo, porque la gravedad de la mediocridad atrae a todos los cuerpos hacia la bajura y no hacia las alturas del progreso y el desarrollo.

César Rojas es sociólogo y comunicador social.

17/05/2026

De Andrés Gómez Vela

El gobierno puede derrotar el bloqueo… y perder el país
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Estás cansado de los bloqueos. Yo también. Quieres llegar al trabajo, que haya gasolina, que tus hijos vayan a clases sin miedo, que el país funcione.

Por eso, quizá pienses que el gobierno debe desbloquear las carreteras por la fuerza usando policías y militares. Parece lógico y necesario. Es más, parece que fuera la única salida.

Pero supongamos que el gobierno logra desbloquear las rutas. ¿Crees que los movilizados volverán tranquilamente a sus casas, derrotados y resignados?

No.

Y si ocurriera, volverían a organizarse más adelante. La violencia resolvería el bloqueo de hoy, pero no la crisis que lo provocó.

Ahí está la diferencia central: un problema puede contenerse; una crisis vuelve una y otra vez hasta que se resuelve políticamente.

Vayamos más lejos. Hay quienes proponen “aplastar” definitivamente a los movilizados. Hablan de mano dura. De imponer orden. Algunos incluso usan un lenguaje brutal contra los movilizados.

Pero pensemos fríamente: ¿eso resolvería la crisis? ¿O terminaría fracturando todavía más al país?

Los conflictos políticos no desaparecen solamente con fuerza. En la presente coyuntura, la violencia del Estado podría desbloquear caminos, pero bloquearía algo más profundo: la posibilidad de reconstruir legitimidad.

Entonces aparece la otra opción: dialogar. Aquí muchos reaccionan indignados: “¿Cómo vamos a dialogar con quienes piden la renuncia del presidente?”

Precisamente por eso. Antes de rechazar a alguien, necesitas entender por qué llegó a ese punto.
¿Qué les prometieron?
¿Qué expectativas se rompieron?
¿Por qué sienten que fueron engañados?
¿Por qué algunos sectores que votaron por Rodrigo Paz y Edman Lara hoy se sienten traicionados?

Escuchar no significa rendirse. Significa comprender la dimensión real del conflicto.

Un paréntesis en este diálogo virtual: ¿está bien ganar elecciones con demagogia?

Muchos criticábamos a Evo Morales por eso. Pero la demagogia no deja de ser peligrosa solo porque cambie el nombre del político.

Cuando un político promete soluciones fáciles para problemas complejos, gana apoyo rápido, pero también construye frustraciones gigantescas. Y cuando esas expectativas se derrumban, aparece el enojo social.

Cierro paréntesis, retomo la idea central.

A todos nos pasa algo parecido en las discusiones políticas: queremos ganar el debate. Polarizamos. Ridiculizamos al otro. Convertimos al adversario en enemigo.

Entonces, creemos haber vencido. Pero no resolvemos nada.
Por eso, te propongo algo distinto: razonar como un escéptico con esperanza.

Un escéptico no empieza odiando ni creyendo ciegamente. Empieza haciendo preguntas.

¿Hay pruebas de que todos los movilizados están financiados por el narcotráfico?
¿Todos son violentos?
¿Todos quieren destruir la democracia?
¿O estamos simplificando un conflicto mucho más profundo?

Un gobernante democrático tiene la obligación de escuchar incluso a quienes lo cuestionan. Fue elegido para gobernar un país diverso, no solamente a quienes piensan igual que él.

En este momento, estamos frente a algo más serio que un simple problema político. La diferencia es clave: en un problema, el gobierno controla el conflicto; en una crisis, el conflicto empieza a controlar al gobierno.

La crisis de hoy ya está poniendo en duda: la autoridad del gobierno, su capacidad de gobernar y la estabilidad institucional.

Las crisis no se resuelven solo con policías ni con discursos. Necesitan soluciones políticas.

Y las soluciones políticas empiezan escuchando incluso a quienes incomodan.

Al final, tú y yo queremos lo mismo: un país estable, con desarrollo, sin odio permanente.

¿Cuál es el camino ((estrategia) para lograr esa meta? ¿Aniquilar a la mitad del país que piensa distinto? ¿O reconstruir los puentes mínimos que todavía nos permiten convivir como nación?

17/05/2026

BOLIVIA DEBE DEFINIR SU FUTURO INMEDIATO EN LOS PROXIMOS DIAS, EL "SER BOLIVIANO" ES EL CAMINO, NO SOMOS 36, SOMOS 1.

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