08/08/2026
LECTURA VII
¿Y SI COCHABAMBA FUERA EL TITANIC?
Cuando la confianza reemplaza a la preparación, el desastre deja de ser una posibilidad y se convierte en una amenaza.
Hay historias que no deberían ser recordadas únicamente por lo que ocurrió, sino, sobre todo, por aquello que pudieron enseñarnos.
El Titanic fue considerado una obra extraordinaria para su época. Un barco enorme, moderno y lujoso, construido bajo la confianza de que era prácticamente imposible que se hundiera. Pero aquella confianza no pudo detener al iceberg.
Hoy me pregunto:
¿Y SI COCHABAMBA FUERA EL TITANIC?
No porque estemos destinados a sufrir una tragedia, sino porque existe un peligro mucho más silencioso y, precisamente por eso, es mucho más difícil de reconocer: Creer que estamos preparados simplemente porque tenemos instituciones, grupos de respuesta, equipos de emergencia y personas dispuestas a ayudar, y quizás el problema no sea que el iceberg no exista, quizás el problema sea que todavía no queremos verlo.
SANTA CRUZ YA NOS ESTÁ MOSTRANDO EL ICEBERG
Mientras nosotros seguimos navegando en aguas aparentemente tranquilas, Santa Cruz acaba de recibir nuevamente una advertencia.
Los incendios de gran magnitud registrados recientemente en el hermano departamento han puesto en evidencia, una vez más, las enormes dificultades que puede enfrentar una sociedad cuando una emergencia supera las capacidades disponibles de respuesta, y esa experiencia debería ser mucho más que una noticia que observamos desde lejos. Debería ser una señal de alerta para Cochabamba, no para señalar culpables, no para buscar protagonismos, y mucho menos para iniciar una competencia entre quienes tienen como misión salvar vidas.
La interrogante verdaderamente importante es otra:
¿Qué tan preparados estamos realmente para enfrentar una emergencia de gran magnitud en Cochabamba?
Porque cuando ocurre una tragedia, los discursos dejan de tener importancia, los reconocimientos dejan de tener importancia, las fotografías dejan de tener importancia, ya no importa quién fue considerado de primera, segunda o tercera línea, en ese momento, cuando una emergencia supera nuestras previsiones, solamente queda una pregunta: ¿Tenemos la capacidad real de responder?, y esa capacidad no se construye el día de la emergencia, se construye mucho antes.
LOS “HÉROES SIN CAPA” TAMBIÉN NECESITAN QUE LOS PREPAREMOS
Durante años hemos escuchado llamar a los bomberos voluntarios “héroes sin capa”, se reconoce públicamente su entrega, se agradece su sacrificio y se destaca el valor de quienes acuden cuando otros intentan alejarse del peligro, pero existe una contradicción que debemos tener el valor de señalar. No se puede llamar héroe a alguien y, al mismo tiempo, dejarlo solo cuando necesita las herramientas para cumplir su misión.
Muchos grupos voluntarios han tenido que buscar recursos por sus propios medios, han realizado campañas, actividades, colectas y gestiones para conseguir equipos, han tenido que negociar permisos laborales o de estudio para poder acudir a una emergencia, han tenido que buscar transporte, protección personal, herramientas y capacitación, y entonces aparece una pregunta que como sociedad también deberíamos hacernos: ¿DÓNDE ESTÁBAMOS CUANDO ESOS VOLUNTARIOS SALÍAN A LAS CALLES A PEDIR APOYO PARA EQUIPARSE?, porque cuando ocurre una emergencia todos queremos que aparezcan, queremos que tengan un medio de transporte, queremos que tengan equipos de protección, queremos que tengan herramientas, queremos que estén capacitados, queremos que lleguen rápido, y queremos que estén dispuestos a arriesgarlo todo para ayudar. Pero muchas veces olvidamos algo fundamental: Para estar preparados también se necesitan recursos.
La voluntad no reemplaza una herramienta de rescate, el coraje no reemplaza un equipo de protección, la experiencia no reemplaza una ambulancia equipada, el deseo de ayudar no reemplaza una planificación institucional, y ningún voluntario debería tener que improvisar las condiciones necesarias para salvar una vida.
Aquí es donde nuestra metáfora del Titanic vuelve a cobrar sentido, porque no podemos esperar que la tripulación enfrente el iceberg con las manos vacías.
EL PROBLEMA NO ES QUIÉN ES EL MEJOR
Y si hablamos de preparación, también debemos hablar de algo que puede convertirse en otro riesgo: la fragmentación.
En Cochabamba existen diferentes instituciones y grupos de respuesta, algunos tienen más recursos, otros tienen menos, algunos poseen mayor trayectoria, otros están creciendo, algunos cuentan con capacidades especializadas, otros cumplen funciones complementarias, y eso no debería convertirnos en rivales.
Un desastre no pregunta a qué institución pertenecemos, el fuego no pregunta qué uniforme llevamos, el derrumbe no pregunta quién tiene más antigüedad, una inundación no pregunta quién tiene más reconocimiento, y una persona atrapada bajo una estructura tampoco va a preguntar cuál institución fue considerada de primera categoría. Va a necesitar que alguien llegue, y, sobre todo, va a necesitar que ese alguien esté preparado, por eso resulta peligroso hablar de hegemonías, supremacías o exclusividades en gestión del riesgo, porque una emergencia de gran magnitud no se resuelve con protagonismos. SE RESUELVE CON CAPACIDADES. Y esas capacidades deben complementarse.
La verdadera fortaleza de una ciudad no está en tener un único grupo que diga estar preparado para todo, está en contar con una red de respuesta preparada, coordinada, equipada y articulada, donde cada institución conozca sus capacidades, sus límites y, sobre todo, sepa cómo trabajar junto a las demás, porque cuando aparezca el iceberg, no habrá tiempo para decidir quién tenía razón. Habrá que actuar.
¿Y LAS AUTORIDADES?
Si queremos hablar seriamente de preparación, no podemos detenernos únicamente en quienes estarán en la primera línea, también debemos hablar de quienes tienen la responsabilidad de construir las condiciones para que esa primera línea pueda funcionar.
La gestión del riesgo no comienza cuando suena una sirena o una llamada de emergencia, comienza mucho antes, comienza con planificación, con prevención, con presupuesto, con capacitación, con equipamiento, con coordinación, con simulacros, con protocolos, y, sobre todo, con la decisión política de comprender que invertir en prevención nunca es gastar dinero: es reducir las consecuencias de una tragedia que quizá todavía no ocurrió.
Por eso, esperar a que Cochabamba tenga su propio incendio de gran magnitud, su propio derrumbe, su propia inundación o su propio desastre para recién preguntarnos qué hicimos mal sería un error, para entonces probablemente ya no estaremos hablando de prevención, estaremos hablando de consecuencias, y quizá ese sea el verdadero problema de nuestro Titanic: Que todavía estamos navegando tranquilamente.
Hoy, el cielo está despejado, la ciudad funciona, las instituciones realizan sus actividades, los voluntarios entrenan, las autoridades continúan administrando, todo parece estar en orden, pero eso no significa que estemos preparados, porque, en algún lugar delante de nosotros, puede existir un iceberg que todavía no vemos.
NO ESPEREMOS AL ICEBERG
Este texto no pretende ser un ataque contra nadie, tampoco pretende desconocer el trabajo de las instituciones, de los funcionarios, de los profesionales o de los voluntarios que diariamente hacen esfuerzos para responder ante las emergencias.
Precisamente por respeto a ese trabajo, debemos atrevernos a hablar de lo que todavía falta, si realmente valoramos a quienes arriesgan su vida por los demás, debemos comenzar a demostrarlo de una manera diferente: Equipándolos, capacitándolos, coordinándolos, incluyéndolos, escuchándolos, y entendiendo que la respuesta ante una emergencia no puede construirse alrededor de protagonismos institucionales, sino alrededor de una sola prioridad: LA VIDA HUMANA.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntarnos quién es el mejor, dejar de preguntarnos quién tiene más reconocimiento, dejar de preguntarnos quién debe estar delante de quién, y comenzar a preguntarnos algo mucho más importante:
¿Qué podemos hacer juntos para que Cochabamba esté realmente preparada?
Porque el día que llegue una emergencia de gran magnitud, nadie podrá detener el reloj para reorganizar las instituciones. No habrá tiempo para conseguir equipos, no habrá tiempo para establecer protocolos, no habrá tiempo para decidir quién tenía razón, ese día tendremos que responder con lo que hayamos construido antes, y será entonces cuando descubriremos si realmente estábamos preparados…
o si simplemente navegábamos convencidos de que nuestro Titanic nunca podría hundirse.
Arq. Raúl Guzmán B.L.V.
Es COMANDANTE Y COORDINADOR NACIONAL
de la Fundación THASNUQ