24/09/2023
Colectiveros llevachicos, eran los de antes.
Jose Vernassa tenía un Chevrolet de 1946, verde cotorra en dos tonos, desde la línea de abajo de las ventanillas, hacia arriba, el color se aclaraba varios tonos más pero siempre cotorra. Ese color elegido, por moda o porque sería algún resto de pintura imperdonable para desechar, representaba el tierno designio al que se dedicaba Don José: chofer, celador, asistente y convidador de tostadas calentitas a las siete de la mañana. Una gran jaula de niños sobre ruedas, como cotorritas australianas.
Lo conocimos en una época que mi madre buscaba la fe. Mi tía Clara era evangelista y le aconsejo visitar ese culto que quedaba a unos treinta kilómetros de nuestra casa, el problema era cómo llegar ¡No te preocupes Lidia esta todo pensado! Te vienen a buscar a la puerta en colectivo y te traen de vuelta. El colectivo resultó ser el verde cotorra y allí los Rosselló nos fuimos, sábados por la tarde y domingos por la mañana hasta el mediodía, todos los fines de semana nos encontrábamos con José y su sonora bocina que nos llevaba a buscar la fe. Mi padre no estaba muy conforme con eso, pero acompañaba a mi madre en sus dudas existenciales, hasta que un integrante de dicha congregación lo estafó en su tan buscada fe. Se ve que al reclamar el pago, el otro le hizo la gran pregunta ¿Usted cree en Dios? Papá dejo de ir y mi vieja también, pero nos enviaban a mi hermana y a mí para que sigamos buscado la fe, por ahí la encontrábamos. Esos domingos aprendimos muchas historias de la biblia que mal no vinieron y Don José siempre listo para devolvernos a nuestro hogar, con alguna anécdota para contarnos, con ese pucho entre los labios que, retando a las leyes de Newton, porque hablaba muy rápido y no se le caía --Lo tiene pagado con plasticola- razonó mi hermana Pero José se las arreglaba con todo, se le rompía la patilla del anteojo; colocaba un hilo que se enroscaba en la oreja haciendo de esta una especie de panqueque y él reía con nosotras. En un espacio que había delante del asiento largo del fondo a veces elegido para hacernos una siesta, él solía llevar unos baldes con comida caldosa para sus perros, que vaya a saber de dónde la traería, nos contaba que el perro al verlo llegar le decía: mamauuuuu ¿pero José no será que estas medio mamau vos? Y él reía….Estas chicas
Durante un tiempo dejamos de ver a Don José, dejamos de ir a la Iglesia evangelista porque a la fe no la podíamos encontrar, con el tiempo la encontramos la habíamos tenido siempre dentro nuestro… tan cerquita.
Mamá nos envió a un colegio privado con la idea de que yo, que estaba en sexto grado, después siguiera la secundaria allí; mi hermana Nora estaba en segundo grado. No estábamos muy contentas con el cambio, dejaríamos a nuestros compañeros de la escuela pública, la número nueve con su ceibo de pajaritas rojas. Todo ya estaba decidido, la sorpresa la tuvimos el lunes al comenzar en la otra escuela, tipo seis y media ¡tuuuuuu tuuuuuu! El sonido nos resultó familiar, la tristeza desapareció porque Don José, él mismo, se ocuparía de nuestros translados ¡Siiii! Otra vez la aventura con el colectivo verde cotorra que cruzaba las bocacalles con murmullos de cotorritas australianas.
Nos pasa a buscar casi de noche, somos unas de las primeras. Derecho varias cuadas y dobla a la izquierda y dobla a la derecha, traquetea, se sacude y ya oteamos un olorcito dulce, nos estamos acercando a la fábrica de tostadas Mendez, allí levanta a los hijos del dueño; que suben almidonaditos y peinados a la gomina, pero José baja a buscar la bolsa, nos trae recortes de tostadas calentitas, reparte entre los chicos y de cotorras australianas nos convertimos en roedores y sigue el viajecito, bien despiertos y con ganas de aprender, a veces llegábamos después que había tocado la campana y nos quedábamos en fila esperando que terminara la oración a la bandera, José firme tomaba la mano del primero de la fila y nos entregaba al patio donde ya flameaba la bandera.
La vuelta a casa era lenta; como siesta de verano, callados, cansados y con hambre. A las cotorritas se nos balanceaba la cabeza al compás del traque traque del motor del chovrolet. A veces José detenía el motor, estacionaba y como sabueso detectaba que algún chico se había “desgraciado” acá alguno se cagó y lo encontraba, por lo general eran chiquitos y del jardín de infantes ¿Qué hacía José? Sacaba del porta equipaje ropa interior de niño, lo llevaba al asiento de atrás para no avergonzarlo, le sacaba lo sucio y le ponía la ropita limpia; luego entregaba niño y ropa cagada a su mamá. Señora trate de devolverme la bombacha porque no tengo muchas y los chiquitos se cagan seguido ¡vio!
En una oportunidad un niño golpeó a mi hermana en la espalda y la tiro en el pasillo, a José no se le escapaba nada, por ese espejo gigante por el que nosotros también veíamos su cara, él estaba entre nosotros y vio al que lo hizo. Detuvo bruscamente el colectivo y como un Batman justiciero se dio vuelta, usaba un guardapolvo gris desabrochado que volaba como capa. Tomo al chico de una oreja y lo sentó en el estribo con la puesta abierta ¡Vos te quedas quieto, porque te vas a caer sino ¡Justamente con la Norita que no jode a nadie! Hizo unas cuadras y se ve que le sirvió para enfriarse un poco y pensó en el riesgo, lo mandó a su asiento. Lo recuerdo con mucho cariño y pienso que hoy, estaría preso por algunas de esas acciones, como los que daban un lindo sopapo, una patada en el c**o o un zamarreón. Los extremos siempre son malos y es tan anodino el punto medio, tan discutible. A mí me gusta colocar una cañita a los arbolitos cuando son chiquitos.
Epílogo:
Un día mí hermana fue a la casa de Ana una compañera de la escuela secundaria en Los Nogales 1515, allí donde Directorio se abre, vio en la calle un gran tumulto de personas, ocupaban la calle y la vereda de una casa vecina. Don José había mu**to y todos le querían rendir homenaje, despedir a una simple y buena persona.