29/03/2026
“Arranca una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos”.
Domingo de Ramos es, en esencia, una escena de esperanza colectiva. Un pueblo que aclama, que se organiza espontáneamente, que participa. No es un pueblo espectador: es protagonista. Tiende mantos, corta ramas, abre camino. Hay una comunidad que cree, incluso sin tener todas las certezas.
Y ahí aparece una enseñanza clave para nuestro tiempo: creer no es ingenuidad; es una decisión. Confiar no es negar las dificultades; es elegir un horizonte.
En este contexto, el mensaje es claro: no alcanza con reclamar soluciones; hace falta involucrarse en el proceso. No alcanza con señalar lo que falta; hay que animarse a construir lo que viene.
Como bien señala Daniel Sturla en sus reflexiones, este tiempo nos invita a revisar desde dónde acompañamos los procesos colectivos: si desde la comodidad de la crítica o desde el compromiso activo.
El desafío no es menor y la escena del Evangelio deja una certeza: cuando hay humildad en el liderazgo y participación en el pueblo, se abren caminos que parecían imposibles.
Tal vez hoy, más que nunca, necesitemos eso: menos estridencia y más sentido. Menos desconfianza automática y más construcción compartida. Menos espectadores y más protagonistas.
Porque al final, los procesos que realmente transforman no son los que se imponen, sino los que logran ser creídos.
Fede Aroma.